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L a P e d r @ d a

Hugo Chávez Frías: Soy sencillamente un revolucionario

Hugo Chávez Frías: Soy sencillamente un revolucionario

Rosa Miriam Elizalde y Luis Báez
2004-12-12




En el avión presidencial, Chávez lee un capítulo del libro de los autores cubanos en noviembre de este año.

Nos esperaba en Miraflores, a las diez de la noche. Poco antes, nos habíamos encontrado con el candidato a la gobernación del Estado de Miranda, Diosdado Cabello, que salía de una reunión y estaba enterado de que nos entrevistaríamos con el Presidente venezolano Hugo Chávez Frías: “Prepárense, que seguramente será para largo.” Fueron seis horas de conversación que volaron debajo de un techo de palmas, en el patiecito que queda a un costado de la oficina presidencial, sin más testigos que el frío que en la madrugada envuelve al valle caraqueño.

Sin embargo, con Chávez el tiempo de conversación nunca es demasiado. La mayoría de los temas que llevábamos en nuestra agenda se quedaron sin tocar, mientras otros aparecieron de forma inesperada y matizaron de emoción un diálogo que pretendía seguir las pistas de algunas historias truncas que compañeros, vecinos de la infancia y familiares del Presidente nos revelaron en una peregrinación por Caracas y por los Estados de Lara, Táchira y Barinas.

Queríamos rastrear los detalles que no aparecían en las numerosas –y casi siempre extensas– entrevistas publicadas desde los días de la rebelión militar del 4 de febrero de 1992. Más que reflexiones sobre la historia convulsa de la Venezuela de las últimas décadas, sobre la cual existe otra abundante bibliografía, nos interesaban los rasgos vitales de una personalidad fuera de lo común, turbulenta y sensible. Nos habíamos propuesto descubrir otras muchas facetas de este jefe de Estado que rompe todas las convenciones: suele cantar a mitad de los discursos, y a quien los venezolanos más humildes sienten tan franco y familiar.

Sabíamos que, aun cuando se prolongara durante horas, esta sería una entrevista incompleta con un ser humano que ha vivido muchísimo más de lo que cabría esperar en alguien que acaba de cumplir 50 años de edad. Con él no sentimos esa distancia protocolar, a veces fría, que supone el encuentro con un jefe de Estado. Hugo Chávez nos recibió despejado y animoso, vestido con camisa roja y jeans azul, y nos esperó al pie del elevador, sonriente, con el bate que Sammy Sosa utilizó el 25 de febrero de 1999 en un juego de exhibición en la Ciudad Universitaria de Caracas. Ese día el Presidente ponchó al pelotero dominicano y Sammy le respondió con seis jonrones. “Este no es cualquier bate –dijo con picardía–. Con este les voy a conectar un jonrón a los gringos el día del referendo. Ya lo verán.”

Así fue.

El bate de Sammy Sosa

Van a creer que es mentira, pero yo ponché a Sammy Sosa. La culpa la tuvo él. No durmió esa noche, mientras que yo me acosté temprano. El negro parece que se fue a parrandear y llegó como a las cinco de la mañana... Lo despertaron a las diez. No se quería levantar. Con el estadio repleto, el anuncio de “Chávez contra Sammy Sosa”, y toda una porfía en los medios. Finalmente, el compadre se levantó, se dio un baño, y en eso me dijeron que había ido a un médico, porque estaba muy débil –en realidad no había dormido en dos noches. Se tomó algo así como un estimulante. Me decían: “Usted está loco, Presidente, cómo le va a pitchear a ese hombre, que pega unos batazos a no sé cuántos kilómetros por hora.”

Llegó el negro allá y le tiré una recta afuera. La dejó pasar. Detrás me dio un foul y luego, vino una curvita. ¡Ah, ponchado! Luego me propinó 6 jonrones seguidos. Todavía andan buscando las pelotas por La Guaira. Miren como quedaron marcados los pelotazos. ¡Claro, si bateó con este bate! Él me lo regaló y yo le mandé a poner un barniz para preservar la mancha de los pelotazos. Que se preparen, porque con este bate voy a conectar un jonrón, como ese que voy a dar el 15 de agosto, en el referendo. ¿Cómo fue que le dije a Fidel?: “Agáchate, Fidel, que la pelota va a pasar por arriba de La Habana, hasta la Casa Blanca. Y si ves que no llego, dame un impulsito.”

Pero con este bate de Sammy Sosa, ahí sí que el batazo no para hasta Washington…

Jugando con Gabi y Rosinés

Anoche estuve jugando con Rosinés y les voy a mostrar lo que ella y mi nieta Gabi pintaron. Primero, hicieron un dibujo entre las dos, porque estoy enseñándoles a colorear un óleo. En un descuido mío se embadurnaron las manos con óleo rojo y las pegaron en la pared. ¡Una embarradera...! Tuve que buscar alcohol para limpiarles las manos. Estaban como poseídas por el “¡uh! ¡ah!”. Fíjate lo que dice aquí: “¡Uh, ah! Chávez NO se va.”

Las dos se aman, se ven y es una locura. ¡Una locura!, y si se reúnen conmigo, locura al cuadrado, o al cubo. Ellas se dividen siempre el espacio: Gabi pinta de un lado y Rosinés del otro. Aquí Gabi pintó una ola –parece una roca, pero es una ola–, y Rosinés dibujó otra por aquí. Gabi puso el barco de rojo, y Rosinés también les dio ese color a su barco y al chinchorro que está en la costa. “¿Por qué todo rojo?”, les pregunté. “Porque estamos en tiempos de rojo”, contestaron.

Después, entre ellas estaban hablando de Florentino, mientras Rosinés pintaba la bandera. “¿Y esa bandera?”, le pregunté. Dijo la niña: “Bueno, ¡porque yo soy bolivariana y revolucionaria!” Y Gabi: “Yo también soy bolivariana y revolucionaria.”

Mamá y papá

Cuando mi papá conoció a mi madre, él andaba en un burro negro, vendiendo carne. Esos cuentos yo los oí de niño, pero mi mamá siempre me dice: “Este Huguito sí que inventa. Eso no era así.” “¿Y bueno, cómo era, pues?”, porque ese es el cuento que me contaba la abuela.

Papá era un negro buen mozo, alto, esbelto, y la conoció a ella, catira. Papá tenía 21 años... Cuando Adán nació, en 1953, mi mamá tenía apenas 18. Era una muchachita… Toda la vida juntos, y ¡cómo han pasado cosas esos viejos!

Mi mamá cuenta que el 4 de febrero de 1992, apenas salió la noticia de la rebelión, dijo: “Ahí está Hugo.” En cambio, mi papá, que ese día estaba en una finquita ocupándose de unos cochinos, se enteró por alguien que pasaba en bicicleta: “Hugo, hay un alzamiento militar.” Dicen que mi papá se quedó tranquilo. La persona le preguntó: “¿Y usted cree que fue su hijo…?” “No, él no se mete en eso.” Pero mamá, inmediatamente, se puso las chancletas y salió a buscar a Cecilia: “¡Ay, Cecilia! ¡Ay, Cecilia, es que hay un alzamiento y el Huguito debe de estar en eso.” ¡Qué cosas!

Recuerdos de Sabaneta

Se me aguan los ojos cuando leo lo que ustedes han escrito de Sabaneta. Por ejemplo, eso que les dijo Flor Figueredo.

María nos dijo que cada vez que usted pasa por allá, ella lo busca para llevarle un dulce.

¡Ah!, y María Chávez, allá en Santa Rita. ¿Fueron a Santa Rita?

Sí.

Nosotros íbamos hasta en bicicleta. Está enferma del corazón la María.

Nos contó que padece de una “broma” en el corazón y que por eso ya no le puede traer dulces a Miraflores.

Ella me lleva los dulces a dondequiera y se mete entre los soldados: “Déjeme pasar, que yo soy la tía abuela.”

Y Joaquina Frías recordó que su abuela Rosa Inés lloró desconsolada porque usted no tenía zapatos para ir a la escuela.

Ah, las alpargatas viejitas que hicieron llorar a mi abuela… ¿Rosa Figueredo está viejita, verdad? Ella era muy amiga de mi abuela. Abuela vivía en una esquina y Rosa Figueredo en la otra, a una cuadra, y eran más o menos de la misma edad. Mi abuela murió muy joven.

Qué sentimiento tan bonito recibí cuando leí lo que dijo Flor Figueredo. Ella era muy bella. Fue novia de un español, un canario, y yo la celaba. Flor se la pasaba en nuestra casa, porque era amiga de mi mamá. Recuerdo que un día me tocó dar un discurso en honor del primer obispo que nombraron en Barinas, monseñor Rafael Ángel González Ramírez. El obispo visitó Sabaneta. Yo estaba en sexto grado y me designaron para decir unas palabras a través de un microfonito. Flor Figueredo, tan linda, me dio un beso. Me sentí en las nubes. No se me olvida que me dijo: “A Huguito le va a gustar dar discursos, mira qué bien lo hace.”

Las fotos

Mi abuela era una mezcla de negro con indio. Mi mamá, catira y coqueta, coqueta. La recuerdo cuando íbamos a los toros coleados, durante las fiestas patronales de octubre en honor a la Virgen del Rosario, que es la patrona de Barinas. Mamá se ponía lindísima esa noche y yo la celaba de cualquiera que se le acercaba. Me ponía siempre pegadito a ella. Era y sigue siendo muy linda; sí, muy linda. Mi papá noble, muy noble.

Mi mamá tuvo puras hermanas: Edilia, Edith, Rosario, Elvira… El nombre de casi todas empieza por “E”. Son las hijas de mi abuela Benita, que en paz descanse… ¿Consiguieron hablar con Silva?

Sí, y con Egilda Crespo, la maestra suya de cuarto grado...

Silva me daba sexto grado y lo cambiaron. Recuerdo el día en que se despidió en el aula. Yo me puse a llorar y él me llamó: “Huguito, venga, no llore.” Me llevó para el pasillo y me abrazó.

Yo rivalizaba con Juan, un hermano de él que tenía la edad de Adán. No nos soportábamos, porque nos enamoramos de la misma muchacha, de la Coromoto Colmenares, una de las dos que me comieron los dulces de lechosa –“arañas”– de mi abuela. Les voy a contar un secreto: ellas no me comieron los dulces de lechosa; yo dejé que se los comieran. Claro, los adultos no se enteraban muy bien de esas cosas. La Coromoto me gustaba; era linda la Coromoto, y mayor que yo...

Silva tenía un gran espíritu de superación. Lo único malo que le veía era que llegaba en los recreos y se la pasaba conversando mucho, de manera sospechosa para mí, con Egilda, la maestra. Eso fue en cuarto grado, pero luego fue mi maestro en el sexto, y le tomé mucho cariño y le tuve un gran respeto...

Egilda era suplente, porque la titular de cuarto grado salió embarazada. Se llamaba Lucía Venero. Le dieron permiso y trajeron a esta muchacha de Santa Rosa. Las hermanas Crespo son bellísimas. Jamás me olvidé de Egilda.

Cuando estaba preso en Yare, me pidieron que escribiera el prólogo de un libro de Zamora, sobre la Batalla de Santa Inés. Al hacerlo, rememoré los tiempos de la escuela Julián Pino, y hablé de la maestra. Alguien le avisó a ella, porque ese prólogo salió en un suplemento dominical que publicaba Nelson Luis Martínez. Egilda me mandó una carta a la cárcel y luego fue a visitarme con mamá al Hospital Militar, donde me habían operado. A la maestra la conocí enseguida, por esos preciosos ojos azules que me fascinaron cuando era un niño.

Luis Reyes Reyes

De cadetes nos veíamos en Barinas durante las vacaciones, y en el abrazo de Año Nuevo. Él pasaba por mi casa y yo por la suya, a saludar a los viejos, a sus hermanos y en particular a la negra Virginia, su hermana, con quien a veces salíamos a las discotecas.

A Luis lo quiero mucho. Recuerdo cuando éramos muchachos en Barinas y jugábamos béisbol. Él no era malo como jugador, pero su equipo... Solo ganaron un juego y los muy pícaros lo aprovecharon muy bien. El dueño del Almacén “Todo” –así se llama el equipo donde jugaba Luis– era un árabe que financiaba la franelita, la gorra, los guantes... El árabe no sabía nada de béisbol.

El equipo con que yo jugaba, el Transporte, era bueno y casi nunca perdía los campeonatos. Yo era pitcher de relevo. Uno de esos días en que nos enfrentamos, invitaron al árabe y tuvieron tan buena suerte que ganaron. Creo que fue la única vez en la historia de Barinas que nos ganaron en el béisbol. Todo por un error: un batazo entre dos. El árabe botó la casa por la ventana. Hasta mandó a matar una vaca. Él estaba convencido de que eran los campeones, a pesar de que Luis y su gente estaban en el último lugar.

Ana Domínguez de Lombano

Hay anécdotas que se cruzan con el tiempo y se pueden confundir. Pero estoy seguro de que conocí a Ana, la hija de Maisanta, en 1979, y fui solo a su casa la primera vez. A los pocos días regresé con mi mujer y mis hijos. En ese tiempo me pasaba la vida en los cuarteles hablando de Maisanta y declamando el poema de Andrés Eloy Blanco, que habla de ese “guerrillero”. Se convirtió en un arma de batalla, en una arenga revolucionaria con arpa, cuatro y maracas. Imagínate tú, 200 soldados y yo ahí parado con un micrófono: “En fila india, por la oscura sabana,/ meciendo el frío en chinchorros de canta/ va la guerrilla revolucionaria.” Ahí le ponía el énfasis, en lo de la guerrilla.

Estábamos ese año en unas maniobras con el Batallón de Tanques. Antonio Hernández, un compañero de mi promoción –hoy cónsul nuestro en Miami– no fue a la maniobra. Se quedó en Maracay. Cuando regresé, él había leído por casualidad en el diario El Siglo un artículo escrito por Oldman Botello, “Maisanta, el general de guerrilla”. “Mira, Chávez, lo que conseguí.” Agradecí muchísimo que hubiera reparado en este texto, porque yo andaba empeñado en escribir el libro –que nunca he escrito, pero no pierdo las esperanzas de hacerlo algún día.

Ya estaba investigando. Había venido incluso a este mismo Palacio de Miraflores, a la sala del Archivo Histórico y una vez hasta me prestaron un documento, que vaya usted a saber dónde está, porque lo perdí en los allanamientos que siguieron al 4 de febrero.

Tenía unas cajas llenas de materiales: documentos, apuntes, casetes…. Lo que más me llamó la atención de aquel artículo fue la revelación de que en Villa de Cura vivía una hija de Pedro Pérez Delgado. Había una foto del autor del artículo y salí para Maracay a buscar al hombre. Recuerdo que llegué a una ferretería que queda en la esquina de la plaza Bolívar, y empecé a mostrar la foto y a preguntar por él. Un señor me dijo: “¡Ah!, ese es el diputado.” “¿Dónde lo consigo?” “Ahí, en la Asamblea Legislativa.” Botello era diputado regional del Estado de Aragua, del Movimiento al Socialismo (MAS). Esperé como dos horas en la Asamblea y cuando iba saliendo, su secretaria le indicó que un oficial lo estaba buscando.

Me explicó y me graficó en un papelito cómo llegar a la casa de la hija de Maisanta, y nunca se me olvidó: buscar la Plaza Bolívar, a la izquierda tres cuadras, y en la Avenida Sucre dos cuadras más allá, hasta Villa Las Palmas. Fui a ver a Ana sin permiso de mis jefes, porque no podía esperar ni un solo día. Villa de Cura es un pueblo pequeño, que queda como a media hora de Maracay.

Cuando toqué la puerta, efectivamente, abrió su hijo Gilberto Lombano. Traía en sus brazos a una niña, la nieta de Ana. Después salió. De inmediato tuve una gran empatía con Ana, que tiene una gran personalidad.

Ella cuenta que cuando usted le dijo que era bisnieto de Maisanta, le respondió: “No me lo tienes que decir.”

Eso dijo, y que me parecía mucho a su hijo Rafael. Y, bueno, aquella casa se convirtió también en la mía. Desde entonces iba para allá casi todos los fines de semana que tenía libre, con Nancy y con los niños. Rosa estaba chiquitica y María, recién nacida. Tienen una de esas casas coloniales grande, con un patio más bien pequeño, donde jugábamos a la bola criolla. Y hay un árbol en el medio, me acuerdo. Con uno de sus hijos, que es tremendo boxeador, bebíamos cerveza, cantábamos, salíamos al pueblo. Me encanta Villa de Cura.

A Ana le extravié algunas reliquias. El papá de Maisanta fue coronel de Zamora. Se llamaba Pedro Pérez Pérez y era indio. Su foto la perdí. Ese es un dolor que cargo con esa vieja: las fotos se me perdieron. El 4 de febrero de 1992 tenía entre mis cosas las fotografías originales que ella me había prestado unos días antes, para que les sacara unas copias. Estaban en el maletín donde guardaba buena parte de mi investigación sobre Maisanta. Ojalá algún día aparezcan.

Vi cuando se conocieron y lloraron juntas nuestras familias. Le conté a Ana: “Mira, tú tienes dos hermanos allá. Uno, que ya murió y que era mi abuelo –Rafael Infante–, y otro que aún vive, Pedro.” Comencé a relatarle de dónde venía yo. Le llevé fotos de mi mamá, de mis hermanos. Un día le dije a Ana: “Vámonos para Barinas a unas vacaciones.” La llevé también a Ospino, a la casa donde nació su papá y que solo conservaba el patio.

Fuimos también a Guanare, a una urbanización en la que cada calle tiene el nombre de un poema de Andrés Eloy Blanco. La calle Maisanta es corta, de gente de clase media. Pero hay otro lugar en Guanare que fue para ella la cumbre de ese viaje: el sitio donde logré ubicar a mi tío abuelo Pedro, el otro hijo de Maisanta.

No recuerdo haber visto alguna vez a mi abuelo Rafael. Mis abuelos nunca fueron esposos, pero Rafael Infante sí se casó después. Antes de su matrimonio, tuvo dos hijas con Benita Frías: Edilia y Elena, y luego se fue para Barquisimeto. Allá tuvo otra familia y luego murió.

Un día pasé por Guanare para hablar con mi tía Edilia, con la que siempre me gustó conversar. “Edilia, me he enterado de que tu tío Pedro está vivo.” Ustedes saben que esos casos de familia son muy delicados. Ella decía: “Mi papá me dejó y se fue”, y no quería saber de los Infante. Pero me llevó a conocer a Pedro, aunque no quiso entrar a saludarlo: “Él no me conoce, porque esa familia nunca nos visitó.” De todas formas, ella fue muy noble y me acompañó hasta la entrada de la casa del tío.

La casita estaba cerca de una pequeña plaza. Toqué a la puerta y salió un niño –siempre salen los niños a la puerta de las casas de los pueblitos–, y llamó: “Abuelo, abuelo.” Te juro, se apareció Pedro Infante y le dije: “Maisanta, carajo.”

Era un hombre de unos 80 años, altísimo, con casi dos metros de estatura, un poco dobladito por la edad. Catire, como Pedro Pérez Delgado. De tanto leer sobre mi bisabuelo y de mirar su foto, me salió del alma: “¡Maisanta!” El viejo se quedó paralizado. Me le presenté y le pedí: “Su bendición.” “¿Bendición por qué?” “Porque usted es tío de mi mamá, y por tanto, mi tío.” “Ah, muchacho, siéntese. ¿Usted es hijo de quién?” “De Elena.” “¡Ay, Elena, sí. La hija de Benita, con quien vivió mi hermano Rafael. Yo sí la quise. ¿Dónde está ella?” “En Barinas, está viva todavía” –murió poco después, bastante joven de un infarto–. “Era muy linda Benita Frías. Y a esa carajita Elena, claro que la conocí chiquitica, y le decían ‘la Americana’, porque era catira como nosotros.”

Ahí empezamos a contarnos cosas, y yo a preguntarle. Me confió que apenas recordaba a su papá, que probablemente nunca lo vio. Cuando Pedro Pérez Delgado salió hacia la guerra en Apure, estos niños tendrían 4 ó 5 años. Pedro era mayor que Rafael. Maisanta se llamaba Pedro Rafael, y por eso a sus primeros hijos les puso su propio nombre.

Pedro murió muy anciano, después de sufrir la muerte de su hijo. La última vez que lo vi, estaba deshecho por la pérdida. Al muchacho lo conocí, un catire que quería ser militar, pero falleció tras accidentarse en una moto. Eso terminó de matar al viejo Pedro.

Hice todo lo posible para que Ana y Pedro se encontraran. Me dije: “No puedo dejar de ver el encuentro de los hermanos.” Ya yo era correo entre ellos. “Tienes una hermana allá, se llama Ana”–le dije a él. Fui en mi carrito con Nancy, los muchachos y Ana. Cuando Ana vio a Pedro, se puso a llorar. “¡Ah!, mi papá otra vez.” Se sentaron a hablar ahí, no sé cuántas horas. Los dejé solos y me fui a dar una vuelta con Nancy. Luego seguimos a Barinas, para que Ana conociera al resto de la familia.

Pasamos unos días todos juntos, y Ana conoció a mi abuelita Rosa Inés, que murió en 1982, dos años después de aquel encuentro.

La infancia feliz

No recuerdo exactamente si Adán y yo dormíamos de pequeñitos en el mismo cuarto con nuestra abuela. Si los amigos del pueblo lo dicen, seguro que fue así, porque esa mujer nos tenía mimados… como toñecos. Vivíamos en una casa de palma y cuando llovía caía mucha agua dentro. Había que poner perolitas, porque el piso era de tierra y se volvía barro. Tenía un pretil afuera, frente a una calle también de tierra. Con la lluvia, se armaba una laguna donde nos metíamos a jugar con el agua a la rodilla. A Adán una vez le dieron una bicicleta. Se montaba en ella y atravesaba por la mitad de la laguna. Yo le decía: “Oye, tienes una bicicleta acuática.” Hacíamos una especie de competencia que consistía en cruzar la calle en bicicleta, para ver quién llegaba a la otra orilla sin mojarse demasiado. Claro, como a todo niño, a Adán no le gustaba prestar la bicicleta. Me la prestaba solo a mí.

Fuimos unos niños muy pobres, pero muy felices. Daría cualquier cosa por regresar a esa infancia, aunque fuera por un minuto…No, sería muy poco: digamos que por un día.

La casa era bonita, con una cocina muy amplia, donde la abuela siempre estaba trabajando. Tenía un patio grande que para mí era el mundo, todo el mundo. Allí lo tenía todo, y aprendí a caminar, a conocer la naturaleza, los árboles; cómo salían las flores y después las frutas. Aprendí a comer naranjas, piñas, semerucas, una fruta redondita y roja como una cereza que abunda en el Oriente. Ahí conocí el ciruelo, el mango. Había aguacates grandotes, y también mandarinas y toronjas. Sembré maíz y supe cómo se cosechaba y se cuidada durante el invierno, y cómo se hacía la cachapa.

El nuestro era un patio de ensueños. Todo un universo. Había almácigos y Rosa Inés, además, sembraba cebollino, cebolla, tomaticos pequeños y otras cosas para aliñar. Desde pequeños, tanto Adán como yo, nos acostumbramos a trabajar a su lado. Bueno, Adán un poquito menos…

A mi hermano mayor no le gustaba mucho vender, al punto de que muchas veces yo lo ayudaba. A mí sí me gustaba. Hay cosas que uno no puede explicar por qué le gustan… Ah, claro, era la oportunidad para hablar con la gente y sobre todo para recorrer el pueblo. Me iba, por ejemplo, a un local en el que se jugaba a los bolos, una especie de bowling, pero que utilizaba una pelota de madera. Colocaban tres varitas y había que tumbarlas. Allí vendía las “arañas” y tabletas cuadraditas de coco. También pasaba por la plaza, por el cine…

La venta era una excusa para estar en la calle. Durante las fiestas patronales, gozaba. Mi abuela, además, era muy generosa. Ella me decía: “Tú vendes ocho arañas” –que ya eso era un bolívar–, “y te quedas con una locha.” Nunca me faltaba una locha en el bolsillo. Me iba al bolo, y hasta tenía un cochinito. Así aprendí a trabajar.

Mi abuela me enseñó a leer y a escribir antes de entrar a primer grado. Utilizaba las revistas, en particular una que se llama Tricolor –por los colores de la bandera– y que todavía publica el Ministerio de Educación. Como papá era maestro de escuela llevaba las revistas a la casa. Mi abuela me enseñó a hacer las letras. Ella escribía bonito, con la letra redondita: “todas las letras se parecen” –me decía.

Nos sentábamos en la noche, muy juntos. Ella en su sillita y yo a su lado. Los dos, espantando los jejenes. Nunca la llamamos abuela, sino “Mamá Rosa”. Un día, en medio de sus lecciones, le comenté: “Mamá Rosa, aquí dice rolo.” “¿Qué dice ahí?” Ella miraba y veía solo el título de la revista Tricolor. “Aquí dice rolo”–le repetí. Puso una expresión que era muy común en ella, como para decir: estás equivocado, o no me embromes. Chasqueaba la lengua y torcía la boca en una mueca: “Ahí no dice rolo” “¿Cómo que no dice rolo ahí? R-O-L-O”, y le indiqué las últimas cuatro letras de TRICOLOR, pero de atrás para alante. “Muchacho, ¿y cómo tú vas a leer al revés? No es así, sino de izquierda a derecha.” Cada vez que recordaba esa ocurrencia, ella se reía. Se la contó a mis padres y a todo el mundo. “Mira, Huguito ya sabe leer, pero al revés.”

Adoro a mis padres, pero tengo que reconocer que la educación de Rosa Inés fue muy importante para mí. La vida a su lado fue de forja y de espíritu. Mi abuela era un ser humano puro como Luis Reyes Reyes. Ella era puro amor, pura bondad. No recuerdo haber visto alguna vez a Rosa Inés Chávez furiosa. Era una criatura con una extraordinaria estabilidad emocional y un sentido del humor muy especial. Cuando la casa se quedaba sola y ella llegaba, le preguntaba al viento: “¿Cómo estás, María Soledad?”

Ella fue la primera persona que nos habló de la guerra federal y de un general a quien le decían “Cara de Cuchillo”
–así llamaban a Ezequiel Zamora también–, contaba como detrás de Zamora se fueron los hombres del pueblo y hasta un Chávez, que jamás volvió. Ella señalaba con la mano: “Se fueron para allá, Huguito, hacia la montaña.” En Sabaneta, en las tardes claras, se logra ver el Pico Bolívar. “Para allá, donde están los cerros, por ahí se fueron.” Y en verdad fue por ahí, por el camino de Barinas.

Su mamá le habló del paso de los caballos, del sonido de las cornetas, del polvo que levantaba la caballería y de cómo mandaban a matar las gallinas para comer. También de la tropa acampada junto al camoruco, un árbol muy antiguo que todavía existe en Sabaneta y tiene por lo menos 200 años.

Hablaba de la “oscurana”, que así llamaban al eclipse. A nosotros nos daba hasta miedo: “Si hubieran visto, Huguito y Adán: llegó la oscurana y se fue el sol.” Ese eclipse ocurrió en 1910. Después precisé la fecha cuando revisé los libros de geografía e historia. Ella decía que a no sé quién se le ocurrió gritar que el mundo se iba a acabar, algunos quemaron hasta el maizal, y por tontos, se quedaron sin cosecha. Otro quemó la casa, y muchos corrieron para la iglesia: “El mundo se va a acabar…” “El mundo no se acabó, Huguito, porque al rato salió el sol.”

¿Y su abuelo, el compañero de Rosa Inés, del que casi nadie habla?

Es verdad, casi nadie habla de él. Si supiera que hace poco vino papá y mientras almorzábamos, hablamos de mi abuelo. “Papá, ¿quién era mi abuelo?” Por primera vez en casi 50 años mi padre me contó: “Mi papá era un coleador, negro, está enterrado por Guanarito.” Eso queda cerca de Sabaneta, pero en el Estado de Portuguesa, pasando el río Boconó. Me dijo que se llamaba José Rafael Saavedra.

Él se fue del pueblo y se dejó de la abuela. Poseía tierra y ganado, y cuando mi papá tenía casi 10 años, este abuelo se puso muy enfermo y mandó a decir que quería conocer a su hijo, a Hugo. La abuela no quiso dejarlo ir hasta Guanarito por el temor de que se le quedase el muchacho por allá. Claro, había que entenderla, era un pueblo lejano y en esos tiempos no había ni carretera.

En una ocasión lo comenté con mi hermano: “Adán, nosotros no conocimos los abuelos varones, pues.” Del papá de mi papá ni siquiera sabíamos su nombre, y al papá de mi mamá tampoco lo conocimos. Vine a saber un poco de su vida investigando la historia del bisabuelo. Siempre estuvimos entre abuelas: Benita, Marta Frías –que era la mamá de Benita y murió ancianita, como de cien años– y Rosa Inés. Puras abuelas, nomás.

Los juegos de Rosa Inés

Yo le echaba bromas y ella también a mí; siempre andábamos con un jueguito en mente, como si fuéramos dos niños. Cuando era estudiante de bachillerato, vivíamos Adán, Rosa Inés y yo en una casita en Barinas que ella alquilaba. Yo tenía obsesión de béisbol: “La pelota, la pelota, ya va a pelotear...” –me decía. Si amanecía lloviendo, yo amanecía refunfuñando: “No sé para qué llueve tanto, ¿cuándo dejará de llover?” Y miraba para el cielo, con el guante listo, y ella decía: “Es que no le convenía que hubiera juego hoy, le iban a dar un pelotazo o iban a perder.”

Teníamos un radiecito de pila y a ella le gustaba oír música llanera: “Huguito, búsqueme a Eneas Perdomo.” Años después conocí a Eneas y cada vez que lo veo recuerdo a mi abuela. A mí también me gustó cantar siempre, pero no lo hago bien. Sin embargo, a ella le encantaba oirme cantar rancheras, sobre todo, y alguna que otra llanera.

Por las noches me prestaba el radiecito. Me sentaba frente a una pequeña mesita de madera que teníamos, donde yo había dibujado un círculo. “Usted me rayó la mesa” –me dijo. Era parte de un juego que yo había inventado: le puse colores a un círculo donde tenía marcados los momentos más importantes del béisbol: jonrón, bola, strike, doble play, triple, etc... En el centro había un punto, que marcaba el eje por donde debía dar vueltas el cuchillo de cocina de Rosa Inés. En dependencia de donde quedara la punta del cuchillo, yo anotaba el resultado: bola, strike... A veces me pasaba horas jugando.

“Usted se va a volver loco con esa pelota” –me decía Mamá Rosa. Yo siempre jugaba a Caracas vs Magallanes. A veces solo, en ocasiones, con Adán, pero a él le daba flojera. Cuando jugaba con otra persona, cada uno tomaba un equipo diferente. Era muy divertido y yo lo disfrutaba muchísimo. A veces gritaba: “¡Jonrón!”, y armaba un lío por toda la casa. “Pero, muchacho, se va volver loco usted”–decía Rosa Inés.

Me gustaba comprar unas pasitas de uva que costaban un medio y las ponía encima de la mesa. Yo mismo me premiaba el juego con ellas. Cuando de verdad jugaban Caracas vs. Magallanes, escuchaba la radio y anotaba. Escribía mi score. Hasta recuerdo la alineación: Gustavo Gil, primer bate; Jesús Aristimuño, segundo bate; un gringo, Jim Holt, tercer bate; Clarence Gaston, centerfield; Harold King, quinto bate; otro gringo, catcher; Armando Ortiz, sexto bate... Anotaba inning por inning. Me concentraba en mi juego y, a veces, con los libros de la escuela delante, intentaba estudiar porque tenía examen. Y, entonces, mi vieja –quien, por cierto, nunca fue viejita porque murió relativamente joven, a los 69 años–, que sabía que yo era magallanero, pasaba cerquita y me decía: “Y Magallanes, cero.” Y volvía a pasar: “Y Magallanes, cero.” “Abuela, déjeme quieto que vamos a perder.” Y volvía: “Y Magallanes, cero.” Nunca se me olvidará.

Cuando empecé los trámites para ingresar en la Academia, Rosa Inés no quería que yo fuera militar. Una vez la sorprendí poniéndole velas a los santos: “¿A quién le está poniendo velas, mamá Rosa.” “Yo le pido a los santos para que usted se salga de eso.” Yo era cadete: “¿Pero, por qué?” “No me gusta. Eso es peligroso y, además, usted, Huguito, es rebelde; algún día se puede meter en un problema.”

Todos los niños tienen un sueño

Todos los niños tienen sueños y yo no tuve uno, sino dos. El primero nació uno de esos fines de año en que mi papá, quien acababa de regresar de Caracas tras un curso de mejoramiento profesional del magisterio, me regaló un ejemplar de la Enciclopedia Autodidacta Quillet. Eran cuatro tomos grandes y gruesos, con muchas figuras y gráficos. Me los bebí y viajé por el mundo a través de las ilustraciones y las historias. Hasta un pequeño curso de alemán traían aquellos libros, y me empeñé, con mi primo Adrián, en aprender ese idioma. Adrián soñaba con ser torero, miraba una foto y decía: “Cuando yo esté en la monumental de Valencia…” Ese era su sueño, y el mío era ser pintor. Gracias a aquellos ejemplares empecé a dibujar y, años más tarde, pasé unos cursos de pintura en Barinas, durante el bachillerato. Salía del liceo por la tarde y me iba a la escuela de pintura Cristóbal Rojas. Me daba clases una profesora bien bonita que nos advertía: “Lo más difícil de pintar son las manos”, y nos ponía unos moldes para que las dibujáramos. Ella nos explicó la técnica del claroscuro y la combinación de colores.

Mi otro gran sueño era el béisbol. Lo traía en el alma desde niño pero fue en Barinas donde se consolidó, cuando ingresamos en un equipo organizado en 1967 ó 1968. Mi ídolo era Isaías “Látigo” Chávez, magallanero, un muchacho de Chacao que no era familia nuestra. A los 21 años estaba ya pitcheando en las Grandes Ligas. Le decían Látigo porque lanzaba como si tuviera un látigo en la mano derecha. Nunca lo vi porque televisión uno nunca veía –vine a verla de cadete–, pero logré imaginarlo muy bien, gracias a un extraordinario narrador que tuvimos en Venezuela, Delio Amado León. Lo escuchaba por radio: “Se prepara Isaías Chávez, levanta una pierna… El Juan Marichal venezolano lanza una recta…; strike, el primero.” Eso todavía lo tengo aquí, dentro de la cabeza.

Nunca me olvidaré de una noche en que escuchaba el juego en casa de mi mamá. Estaba empatado. Anunciaron que Látigo Chávez iba a relevar al pítcher que había estado hasta ese momento y que empezaba a fallar. Venían a batear los tres mejores peloteros del Caracas, sin out: Víctor Davalillo, César Tovar y José Tartabull, que, creo, era cubano.

El Látigo Chávez los ponchó a los tres. Se armó un escándalo en la cuadra. Los magallaneros salimos corriendo para la calle: “¡Los ponchó a los tres!” Qué alegría. El Látigo era una leyenda. Yo hasta lo dibujé. Utilicé como modelo una foto suya de Sport Gráfico, una revista que perseguía por toda Sabaneta y Barinas.

El 16 de marzo de 1969, un domingo, me levanté un poco más tarde. Mi abuelita Rosa estaba preparándome el desayuno, y encendió el radio para oír música y de repente: “Última hora, urgente”, y salió la noticia que fue como si por un momento me hubiera llegado la muerte. Se había desplomado un avión, poco después de despegar del aeródromo en Maracaibo y no había sobrevivientes. Entre ellos iba el Látigo Chávez. Terrible. No fui a clases ni lunes ni martes. Me desplomé. Hasta me inventé una oración que rezaba todas las noches, en la que juraba que sería como él: un pitcher de las Grandes Ligas.

A partir de ahí, el sueño de ser pintor fue desplazado totalmente por el de ser pelotero. Empecé a darme a conocer en el ambiente beisbolero de Barinas, y al año siguiente estaba en un campeonato zonal, como pitcher. Me decían que necesitaba fortalecer las piernas, y me ponía a trotar. Corría todos los días. Mi abuelita: “Se va a volver loco usted.” Llegaba del liceo, y empezaba a lanzar piedras y cosas contra una lata que ponía junto a una palmera del patio. Hasta construí un dispositivo muy rústico para batear limones y perfeccionar los lanzamientos: “Usted me está acabando con los limones”, decía Mamá Rosa.

Se me metió una idea fija, pero fija, fija, de que tenía que ser pelotero profesional. Estuve tres años como pitcher abridor en Barinas. Eso me hizo daño, porque, además de mi obsesión que ya era exagerada, me pusieron a pitchear en la categoría superior, como relevo. El brazo no aguantó.

Pesebre para Navidad

Nos contaba Adán que la primera vez que él lo vio llorar a usted con desconsuelo y dolor fue cuando murió Rosa Inés.

Sí, vale, eso fue impresionante. A inicios de los 80 sabíamos que iba a morir muy pronto. Ella se enfermó, y en unos pocos meses se aceleró su mal. Recuerdo ese diciembre previo a 1982, un año muy importante en mi vida, de muchos pesares, de dolor y ausencia, y también, de nacimientos.

Rosa Inés murió el 2 de enero de 1982. Estaba próxima la fecha de su cumpleaños. Ella nació el día de Santa Inés, el 18 de enero. Por eso le pusieron Rosa Inés, pero le gustaba más que le lleváramos flores el 30 de agosto, día de Santa Rosa.

Estaba muy enferma. Los médicos decían que le quedaba poco tiempo de vida. Tenía los pulmones muy desgastados. Casi no respiraba. Andábamos con dificultades económicas y papá se la llevó para la casa en Barinas. En diciembre de 1981 yo estaba trabajando en la Academia Militar. Cada diciembre salía de permiso, y me iba de inmediato para Barinas, sobre todo para estar con ella, en particular en esos años en que veía que se nos estaba yendo.

En el ejército los permisos de descanso los daban por sorteo. Salíamos el 24 ó el 31. Tuve muy mala suerte con los sorteos y salía siempre con guardia el 31, aunque en realidad nunca me importó, nunca le di demasiada importancia a la Navidad, más bien buscaba alejarme del bullicio para reflexionar; daba el abrazo de Año Nuevo pero no me gustaba estar entre mucha gente. Prefería irme a la finquita de mi papá y estar solo con mi mujer, los muchachos, la abuela y los viejos.

Cuando salía libre el 24 de diciembre, uno se iba después de los actos conmemorativos por la muerte de Bolívar. Inmediatamente buscaba a Nancy, a mis muchachos, la maleta y… para Barinas; rápido, directo. Dejaba a mi esposa en casa de su mamá Rosa Colmenares –ella también es de Barinas–, y por supuesto, también a las dos niñas. Hugo nació en octubre de 1982.

A veces me quedaba con Adán, que tenía su casa en Barinas y vivía con su esposa y sus niños. Me gustaba. Estaba en las afueras y era muy tranquila. Me ponía a leer. Lo prefería porque en el barrio aparecían los amigos y la cerveza, un gentío incontrolable. Además, Adán y yo siempre hemos tenido una relación muy especial. Pero ese diciembre me dije: “No, me quedo en casa de mamá, con la abuela.” Metí una colchoneta en el cuartico de Rosa Inés, donde apenas cabía su camita, su ropita –cuatro camisones– y sus chancleticas.

Solo tenía seis días de permiso –del 17 al 25– y aproveché y le hice el pesebre de Navidad. Tenía alguna habilidad –bueno, tengo, no la he perdido– para los dibujos y para hacer figuritas. Picaba, por ejemplo, un cartón, le hacía las casitas y luego las pintaba con acuarela y le echaba escarcha. También, agarraba una madera y le daba la forma de una vaca; buscaba en el monte y construía la granja; y sacos vacíos de cal para armar algo parecido a los cerros, con unas ramitas. En la pared del fondo, pintaba el cielo azul y las estrellas, y unas lucecitas, unos animalitos. Un vidrio de espejo coloreado de azul era la laguna. A la laguna de Rosa Inés le ponía un patico y en la orilla, piedrecitas.

A ella le encantaba verme construir su pesebre. Se sentaba a mi lado y me ayudaba. Me pasaba las cosas y me daba ideas. “Huguito, ¿y por qué no le pone esto?” A veces le decía: “Déjeme quieto, Mamá Rosa”, porque ella inventaba también y de vez en cuando chocábamos, pero siempre con mucho cariño. “Mire, ¿por qué le quedó tan alto ese cerro?” “Bueno, no está alto.” “No, sí está muy alto, póngalo más bajito.” Ella dirigía, pues.

Ese diciembre recordé que Adán tenía guardada una caja con algunas cositas de pesebres anteriores –creo que todavía Carmen, la esposa de Adán, las guarda–. Había figuritas de porcelana y otras de plástico, que se conservaban para el año siguiente. Recuerdo una gallinita de plástico que tenía un pollito arriba, y a Rosa Inés le gustaba mucho. “¿Y ese pollito qué hace ahí arriba?”, y se reía. También, había dos vacas que movían la cabeza. Una vez conseguimos algo que le encantó: un muñeco al que uno le daba cuerda y tocaba el tambor: ta, ta, ta, y ella me decía: “Póngame también al tamborero por ahí.”

Cuando en ese diciembre comencé a armar el pesebre en una esquina del cuarto, ella se sentó en su camita. Estaba muy flaquita ya, y recuerdo su sonrisa. El 24 estábamos todos allí con ella, en nochebuena. Llegó el día de la despedida. Tenía que regresar a Caracas, a la Academia. Era el 26 de diciembre. Me pidió que le diera un masaje en la espalda. Ya tenía fuertes dolores. “Huguito, écheme Vick’s Vaporoub.” Se untaba aquel ungüento para cualquier cosa, lo olía cuando tenía gripe o si le dolía algo: para el brazo, Vick’s Vaporoub; para la cabeza, Vick’s Vaporoub. Yo le decía: “¿Eso sirve para todo?” “Sí” –me contestaba. Se acostó boca abajo y yo le abrí el camisón por detrás –mucho pudor tenía ella–: “Ábrame solo un poquitico”, le eché el Vick´s Vaporoub y le pasé la mano por la espalda. Hice eso otras muchas veces y siempre se quedaba dormida.

Pero ese día, cuando me despedí –nunca se me olvidarán sus ojos, porque fue la última vez–, ella estaba acostadita después del masaje y se sentó: “¿Ya se va, Huguito?” Nosotros no nos tuteábamos, había mucho amor y un gran respeto. Le respondí: “Ahí están Nancy y las niñas; pídanle la bendición a la abuela.” Era 1981, Rosa tenía casi cuatro años y María estaba chiquitica y enferma. María nació con problemas de salud y mi mamá utilizaba una expresión: “Esta muchachita es sucedía”, que quiere decir que “le sucede mucho.” Así les dicen en Venezuela a los niños que son enfermizos o se caen y se aporrean constantemente.

Nancy y las niñas salieron del cuartito, me quedé solo un rato con Rosa Inés. Me costaba mucho irme, pero tenía que hacerlo. Cuando ya me iba a despedir, le di un abrazo y me puse a llorar, y ella me dijo: “Calma”, y me agarró por los brazos y me dijo: “No llore, hijo, no llore; con tantas pastillas y tantos remedios a lo mejor me curo.” Yo lloré y lloré, abrazado a ella. Sabía que le habían traído unas pastillas muy fuertes para el dolor. Ella no sabía cuán fuertes eran esos remedios, ni lo poco que le quedaba de vida; pero yo sí. Me habían enseñado la última radiografía de sus pulmones destrozados.

Con ese consuelo que le daba, Rosa Inés demostró que en ese momento le dolía más el dolor suyo que el de ella...

“A lo mejor me curo, no llore.” Yo le vi los ojos, vale, y algo me decía por dentro: “No te voy a ver más, Mamá Rosa...” Ah, esos ojos. En ese momento sentí que ella se iba. Me fui a Caracas manejando y llorando. Creo que me paré un rato en la carretera para mirar la sabana. Iba solo, porque Nancy se quedó en Barinas con los niños para pasar el 31 con su mamá.

Un dolor de ausencia definitiva

En ese tiempo yo era teniente y mi cargo era jefe del Departamento de Deportes de la Academia Militar. Tenía un buen jefe, un coronel patriota que, antes que nosotros, anduvo en una conspiración. Yo no lo sabía en ese momento, pero lo intuía.

Durante la formación, me le presenté: “Mi coronel, necesito hablar con usted algo personal”, y le conté. Una de las cosas que más temía de cadete era que a mi abuela le pasara algo, porque nos decían que solo había permiso para ir a la casa si le ocurría algo a los padres, y yo me preguntaba a mí mismo: “¿Y mi abuela? ¿Si le pasa algo a mi abuela, me darán permiso? Me voy, aunque sea escapado”, pensaba.

Le expliqué a este buen hombre: “Mire, mi coronel, mi abuela está muy enferma y los médicos dicen que no le quedan muchas semanas. Quisiera que usted me dé un permiso, al menos una semana cuando regresen los que están descansando” –volvían el 4 de enero–. “Vaya” –me respondió. Yo le presenté la boleta. Sin embargo, no dio tiempo a nada.

Llamé a la casa el 31 de diciembre y hablé con mi mamá y con Adán. Él me dijo: “Sigue mal.” “¿Pero habla?” “Sí, pero le duele mucho; se está yendo.” Adán estaba muy triste, porque él también la quiso mucho –tal vez más que yo.

Amaneció el 1º de enero. Esa fecha para nosotros también era muy significativa, porque marcaba el aniversario de una rebelión militar, protagonizada en 1958 por Hugo Trejo que era un viejo coronel, todo un líder. En 1981 aún vivía e influyó mucho con su prédica revolucionaria. Además inspiró a un grupo de militares –entre ellos al General Jacinto Pérez Arcay, que fue su alumno–, y también sembró en nosotros, indirectamente, un ánimo de rebeldía frente a los problemas que estábamos viendo en la institución y en el país. Me gustaba hablar con él. Ya tenía el pelo blanquito; era un hombre impecable, pulcro, que me hablaba del proyecto nacional, de Bolívar, de cómo los adecos traicionaron la democracia y cómo lo echaron a él de las fuerzas armadas.

El 1º de enero era día libre. Entregué mi guardia a las nueve de la mañana y me fui en un carro que yo tenía, un bicho viejo y envenenado –botaba tanto aceite de la caja, que se podía seguir el rastro fácilmente por la mancha que iba dejando en el camino.

Me fui a Macuto, donde el coronel Trejo tenía una casita muy bonita con vista al mar. Iba a escucharlo cada vez que podía. Una vez me dio una carpeta viejísima y me dijo: “Hugo, este era nuestro proyecto, el Movimiento Nacionalista Venezolano Integral. Quiero que lo estudies.” Él sabía que estaba sembrando y en nosotros encontró tierra fértil. Entonces apenas éramos un grupito de cuatro o cinco compañeros.

Él me decía: “Hugo, vas madurando. Pronto serás capitán y podrás comenzar a ser líder de oficiales. Ese grado es muy importante, prepárate para ser un buen jefe de compañía. No te corrompas, este es un momento clave de tu vida.” Efectivamente, en julio yo ascendía a capitán. Como Pérez Arcay –a quien en esa época le había perdido un poco la pista–, Trejo fue un maestro. Murió poco antes del triunfo de diciembre de 1998.

Pasé el 1º de enero con el coronel, pero me retiré antes de lo acostumbrado, porque estaba pendiente de mi abuela. Regresé a la Academia en Caracas, me di un baño y seguí para Villa de Cura, a la casa de Ana, la hija de Maisanta.

Tenía que presentarme el 3 de enero en la Academia, para recibir oficialmente el permiso, pero el día 2 era feriado y decidí pasarlo con Ana. Llegué por la noche, en aquel carro endiablado que uno hasta empujaba el asiento para que anduviera un poquito más rápido. Llegué allá: “¡Feliz año, vieja!” –déjame aclarar antes que Ana tampoco es una vieja, tiene 91 años y parece una muchacha.

Amanecí en la casa de Ana. Había un familión grande allí. Estaban sus hijos Rafael y Gilberto, las muchachas; todos, menos Isaías, que vivía en Isla Margarita. Recuerdo que me levanté como a las nueve de la mañana del día siguiente y andaba con el cabello muy crecido; quiero decir, largo pero enrollado. Salí a afeitarme a la barbería. Fui solo, a pie, porque el carro ya casi ni rodaba. Cuando regresé vi en la cara sombría de Ana la noticia terrible que estaba esperando: “Te llamaron de Barinas”, pero no me dijo nada más. Agarré el teléfono y llamé a la casa de mi mamá. Me respondió Aníbal, mi hermano, llorando: “Se murió la vieja.”

Me puse a llorar en el patio, desconsoladamente: “Ay, Ana, mañana me iba a verla otra vez, y la voy a encontrar muerta. Ha muerto la vieja.” Salí inmediatamente, y el carro no avanzaba. Sabía que no llegaría a Barinas. Regresé a la Academia. Allí conocían la noticia. Me llevaron a la terminal del Nuevo Círculo, de Caracas, pero ese día no se conseguía pasaje para ningún lado. Llamé a Adán, llorando, desde un teléfono público. Había alcanzado un puestico disponible en un autobús que iba para Trujillo. No llegaba hasta Barinas, sino que se desviaba antes, en Guanare: “Adán me voy en un autobús de la línea tal, salgo a media noche, espérame en la alcabala de Guanare.”

Y, en efecto, cuando llegué a aquel lugar estaban esperándome Adán y un primo nuestro, Narciso Chávez, hijo de Ramón Chávez, un hermano de Rosa Inés al que vi morir joven, en Sabaneta. Cuando llegamos estaban velando a la abuela en la casa de mamá. El 3 de enero la llevamos en hombros al cementerio. Me puse el uniforme verde olivo y ayudé a cargar el ataúd. La enterramos en Barinas; allá está la vieja. Esa misma noche escribí un poema. ¿Sabe que a mí el dolor siempre me ha dado por escribir? Particularmente, ese dolor de ausencia definitiva, ese dolor que es espiritual, pero también físico. Igual me ocurrió cuando murió Felipe Acosta Carlez.

La Academia Militar

Desde niño me gustó la vida militar. Cuando miro hacia atrás, me veo jugando a la guerra en el patio de Mamá Rosa. Inventamos unos fuertes militares con latas de zinc y tablas, y nos lanzábamos a conquistarlos. Primero, nos tirábamos frutas secas de almendras, pero, después, piedras. Una vez le dimos una pedrada a mi hermano menor y le rompimos el coco, y ahí se acabaron los juegos de guerra.

Claro, teníamos reglas: si alguno era alcanzado por un almendrazo debía darse por muerto y salir del juego, pero Adán nunca caía herido. Uno le pegaba durísimo con una fruta de aquellas y él gritaba: “No, no me dio, solo me rozó.” Una vez le dimos en el centro del pecho, y él: “No salgo, porque yo tengo aquí un médico que ya me curó.” Yo decía: “Adán es brujo, porque se pasa la mano así y se cura la herida.”

Cuando llegué a la Academia me encantó. Francamente, yo había querido estudiar física y matemática, y además, ser pelotero profesional, con los Magallanes. Esa era mi meta, a la que le dediqué mucho entrenamiento, especialmente, a cómo se agarra la pelota, a la técnica del pitcheo. Pero la vida militar me apasionó, hasta el punto de que lo subordiné todo a ella.

Cuando entré en la Academia, Adán, que me lleva un año, ya estaba en la Universidad de Los Andes, en Mérida. Le dije a mi papá que quería estudiar lo mismo que mi hermano. En Barinas no había universidad. Mi papá me dijo: “Bueno, nos vamos a Mérida a hablar con tu primo Ángel para el cupo.” A mi padre y a mi madre tendremos que agradecerles toda la vida que pudiéramos estudiar, aun siendo una familia sin recursos. Ellos siempre nos dieron ese impulso, con miles de sacrificios.

Pero en Mérida no se jugaba béisbol profesional, y le dije a mi padre: “No, si no hay béisbol en Mérida, no voy.” Estaba en ese dilema, buscando la manera de irme a Caracas, cerca del Magallanes, cuando nos llevaron a una conferencia en el Auditorio. Un teniente del Fuerte de Tabacare, de Barinas, dio una charla sobre la Academia Militar a todos los muchachos del quinto año del bachillerato. “Esta es la mía, me voy para Caracas.” Pensaba que luego podía pedir la baja y quedarme en la capital, a tiempo completo en el béisbol. Era como un tránsito, como un puente, y comencé a prepararme para los exámenes físicos.

Tenía un gran amigo, Angarita, que en aquel momento estaba en el primer año de la Academia. Cuando llegó a Barinas en Semana Santa, hablé con él y me consiguió los folletos para presentarme a los exámenes que se hicieron en Barinas y aprobé aquellas primeras eliminatorias sin problemas.

Poco después trajeron un telegrama a la casa donde decía que me presentara en la Academia: “¿Qué tú vas a hacer en Caracas. ¿En una escuela militar?”, y papá asombrado. “Yo presenté examen.” “¿Cuándo?” A mamá le gustaba la idea y me apoyó, finalmente, papá lo aceptó: “Bueno, hijo, vaya, pues.” Me consiguió el pasaje del autobús, y me vine solo, asustado, a presentarme al examen definitivo en la Academia. Era la primera vez que venía a Caracas.

Regresé a Barinas muy alegre, porque había aprobado también los exámenes de la Academia, y tenía que presentarme nuevamente en la escuela. Pero me rasparon en química, en el bachillerato. Modestia aparte, era la primera vez en mi vida que raspaba una materia, pero esta vez sí me había ganado la mala nota. No estudié química, no me gustaba. Tenía un profesor al que le decíamos Venenito, que no perdonaba.

Me salvó el béisbol

En la Academia no aceptaban a nadie con una materia raspada. Lo sabía, sin embargo, me aventuré a regresar, porque me quedaba una entrevista final. En ese encuentro dije que tenía una asignatura raspada. “Bueno, si lo rasparon, usted no puede entrar.” Mis exámenes físicos eran excelentes; las notas, hasta ese momento, excelentes. En el expediente
–hace poco lo vi–, escribieron incluso que tenía habilidades. “Hay un único chance –me dijeron–, como deportista. ¿Usted juega algún deporte?” ¡Me salvó el béisbol!

Pitcheaba, pero ya padecía de dolores en el brazo. No aguantaba más de cinco innings. Después de una sesión de lanzamientos, me pasaba como cinco días con hielo. En ese tiempo no había médicos que alertaran a los deportistas sobre estos padecimientos profesionales. Por suerte, también jugaba primera base y era buen bateador. Jugué, incluso, primera base regular y había ido a los nacionales ese año, en Barquisimeto.

A los raspaos nos mandaron al estadio –por cierto, el mismo donde jugamos con los peloteros cubanos, la última vez que vinieron a Caracas–. “Vamos a probar si ustedes juegan de verdad.” Cuando entramos al campo, vi a José Antonio Casanova, quien fuera uno de los campeones mundiales de béisbol profesional y shortstop de los Senadores de Washington. También figuró como manager del Caracas durante varios años. Entonces era el entrenador de la Academia, mientras que Benítez Redondo, un cuarto bate famoso en los años 40 y 50, que llegó a las Grandes Ligas, se desempeñaba además como entrenador. Cuando los vi, me dije: “Aquí llegué al Olimpo.”

Estos viejos eran muy inteligentes. Yo andaba con una camisita, un pantalón, unas botas... Y lo primero que nos pidieron fue que nos pusiéramos los uniformes deportivos. Algunos no sabían ni calzarse las medias. Yo me uniformé rápidamente y salí con el guante, de primero, y a calentar. Se dieron cuenta de que sabía, de que no era la primera vez que jugaba.

“¿Y usted, zurdo, qué hace?”, me preguntaron. “Yo pitcheo”, y estaba de primero ahí. “Bueno, vaya.” Pero me dolía el brazo. “¡Ah!, salga, salga.” Me eliminan como pitcher. Benítez Redondo, que ya está viejito, se me acercó: “Zurdo, ¿usted juega alguna otra posición?” “Primera base, y outfielders”, respondí. Me pusieron a batear frente a un negrito de Maracaibo y conecté tres líneas bellas, derechitas, derechitas, como esas que voy a meter el 15 de agosto en el jardín de la Casa Blanca…

Las cartas

Entré en la Academia, con el compromiso de estudiar química y aprobarla en octubre. Recuerdo que teníamos que enviar semanalmente una carta. Era una obligación, pero a mí me gustaba. No solo le escribía a mi familia, sino a medio mundo. “¿Este por qué entrega tantas cartas, si con una basta?”, se preguntaban. Cierta vez un compañero, Luis Silva, me pidió que le escribiera una para Rufo Bonet. “¿Ese quién es?” “El perro de mi casa.” Para mí que estaba harto de esa obligación.

La primera carta que escribí en la Academia, una semana después de iniciados los estudios, fue para Rosa Inés. Ella la guardó siempre, y seguramente la conserva aún Carmen, la esposa de Adán que adoró a mi abuela, tanto como ella a Carmen, y ha conservado todas sus cosas. La carta decía: “Mamá Rosa, cuídeme a Tribi” –un gato que mi abuela me regaló.

A usted también le decían Tribilín en Sabaneta…

Es verdad, y por eso, probablemente, mi abuela le puso Tribilín al gato. Pues bien, le pedía que me cuidara al animalito y añadía que había presentado mi primer examen de un fusil Fal y había obtenido 100 puntos. Ya me estaba sintiendo en mi ambiente.

Me sentí como pez en el agua en la Academia Militar, que todavía es para mí –y lo será toda la vida– un recinto sagrado. Pasé trabajo allí, pero nunca lo sentí como una carga. Ni siquiera cuando me afectaban seriamente las hemorragias nasales, que comencé a padecer después de un accidente en Sabaneta. Tengo el tabique desviado debido a aquel golpe. Ocurrió cuando yo tenía ocho o nueve años, e iba con Adán corriendo, huyéndole a un camión. Fue un Día de Reyes. Mi papá nos había regalado medio bolívar a cada uno, un realito, y nos fuimos a comprar un juguete o un suplemento, no recuerdo bien. Quisimos pasar primero que el camión y yo, que iba de segundo, tropecé con una piedra y me golpeé la nariz con el filo de la acera. Me quedé desmayado y con mucha sangre. Adán se asustó y se fue corriendo hasta la casa con Iván Jiménez, un muchacho bajito, gordito –Jatajata, lo llamábamos–, y ellos le dijeron a mi mamá que me había matado un carro. Allá fue mamá llorando y mi abuela detrás. Por suerte, solo estaba noqueado. A partir de ahí me quedó esa debilidad en la fosa nasal, que se me recrudeció de cadete, debido a las largas marchas, el ejercicio y el peso del casco de acero. Una noche desperté medio ahogado por la sangre. Luego me cauterizaron y santo remedio.

Me sentí soldado desde el principio

Cuando me vestí por primera vez de azul, ya me sentía soldado. Vinieron papá, mamá y Adán al acto de investidura de cadete. Fue como a los tres meses de entrar a la Academia. Cuando me vio tan flaco, mamá se puso a llorar: “¿Qué le han hecho a usted aquí, hijo?” Pero yo estaba feliz. En ese acto, a todos los muchachos recién llegados a la escuela nos entregaron la daga y nos permitieron salir a la calle. Era mi primer fin de semana como cadete en Caracas y con mi familia. Visitamos a unos parientes, nos quedamos en un motelito y nos tomamos una foto en la plaza Miranda.

No solo me sentía un soldado, sino que en la Academia afloraron en mí las motivaciones políticas. No podría señalar un momento específico. Fue un proceso que comenzó a sustituir todo lo que hasta ese momento habían sido mis sueños y mi rutina: el béisbol, “Magallanes cero”, la pintura, las muchachas…

¿Sabes lo que hice en mi segundo permiso de salida? Compré unas flores y fui al Cementerio General del Sur, de guantes blancos y uniforme azul. “¿Dónde está la tumba del Látigo Chávez?” –le pregunté al sepulturero. Me indicó un lugar lleno de monte. Me quité los guantes y limpié la tumba. Fui como a disculparme, a rendirle una explicación. No sería como él. Ya era un soldado.

La pasión política

Adán fue uno de los que más influyó en mis actitudes políticas. Él es muy humilde y no lo dice expresamente, pero tiene una gran responsabilidad en mi formación. Mi hermano estaba en Mérida y era militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Yo no lo sabía, solo me llamaba la atención que él y sus amigos iban todos de pelo largo, algunos con barba. Aparentemente yo desentonaba con mi cabello cortico, mi uniforme.

Me sentía muy bien en ese grupo. Nos íbamos, por ejemplo, a un bar de muchachos, cerca de la casa de mi mamá. Particularmente a uno, que se llamaba Noches de Hungría, o al Capanaparo, donde cantaba Betsaida Volcán, una mujer bellísima.

Estaba naciendo el MAS, y yo andaba por ahí. Otros
–Vladimir Ruiz y los hijos de Ruiz Guevara, un viejo comunista– estaban fundando la Causa R. Éramos amigos, y me aceptaron, con uniforme y todo. También hubo su discusión, claro. Cierta vez uno de esos muchachos, un hombre joven, me dijo: “Este uniformado debe ser uno de esos parásitos.” Casi nos entramos a golpes, pero el grupo me defendió. “Respeta, vale, que este es Hugo Chávez, amigo nuestro.”

Había una gran discusión política y muchas lecturas. Ahí me fui interesando por el tema social, aunque si miro más atrás, siempre tuve, desde niño, simpatías por los rebeldes. Esa zona de Sabaneta fue una zona insurgente. De mi pueblo varios se fueron a la guerrilla, y mi padre estuvo vinculado al Movimiento Electoral del Pueblo (MEP), de tendencia socialista, dirigido por el viejo Luis Beltrán Prieto Figueroa. Aunque tenía esa inclinación hacia la izquierda y el camino abonado hacia las preocupaciones políticas, nunca me incorporé a partido alguno. En una ocasión asistí con Adán a una de sus reuniones, como oyente, vestido de civil.

Fueron dos los acontecimientos que dispararon en mí una vocación política, que radicalizaron mi pensamiento. En primer lugar, el hecho de haber formado parte de un experimento educativo en la Fuerza Armada, conocido como el Plan Andrés Bello. Nos hicieron exámenes muy rigurosos y, ya en la Academia, nos aplicaron un filtro. Entramos 375 y nos graduamos 67. Hay un corte bastante profundo entre la vieja escuela militar y la nueva, con un grupo de oficiales de primera línea, entre ellos el director de la Academia, que es nuestro actual embajador en Canadá, el general Jorge Osorio García. También, Pérez Arcay, Betancourt Infante, Pompeyo Torralba...

Ese grupo de oficiales se dio a la tarea de forjar aquel ensayo a conciencia. Incorporaron también a profesores civiles y se preocuparon por darnos una formación humanista. Con ellos estudiamos Metodología, Sociología, Economía, Historia Universal, Análisis, Física, Química, Introducción al Derecho, Derecho Constitucional… El Consejo Nacional de Universidades (CNU) exigía estudios superiores para avalar la licenciatura.

El Plan Andrés Bello contribuyó enormemente a nuestra formación, aun cuando no basta con él para entender lo que ha ocurrido en la FAN, ¿no? Hay otros muchos factores, porque también han salido de ahí unos cuantos traidores. De mi promoción y de las que vinieron después he recibido solidaridad y una compenetración mayor de las que imaginaba. Sin dudas, los que se prestaron al golpe de abril de 2002 fueron graduados anteriores a nosotros, especialmente de la promoción inmediatamente anterior, que ha sido la última línea de retaguardia de la oligarquía, el último arañazo del fascismo y del anticomunismo.

El segundo acontecimiento, asociado a lo anterior, fue el descubrimiento de Bolívar. Comencé a leer vorazmente de todo, pero en particular sus propios textos y los materiales relacionados con su pensamiento y su biografía. Noche tras noche me iba para las aulas a estudiar, después del toque de silencio, a las nueve. Nos permitían estar allí hasta las 11 de la noche, y a veces me quedaba. En ocasiones me encontraron allí dormido, encima de un pupitre y con un libro abierto. Recuerdo a un brigadier colombiano, que hoy es general en su país, quien un día me encontró así y pensé que me iba a castigar. Me dijo: “No, no, lo felicito, cadete, por su espíritu de superación.”

La primera vez que oí a Fidel

La palabra guerrilla, como les dije, nos era muy familiar. En algún momento uno oyó el nombre de Fidel y el del Che, y no lo olvidó más. En 1967 tenía 13 años y estaba en primer año de bachillerato, en Barinas.

Recuerdo haber escuchado por radio que el Che estaba en Bolivia, y yo me pregunté: “¿Por qué está solo?” Una vez se lo conté a Fidel: “Fíjate como es la vida, Fidel. Yo tenía 13 años y oía por radio que el Che estaba en Bolivia y lo tenían rodeado. Era un niño y pregunté: ¿por qué Fidel no manda unos helicópteros a rescatarlo?” Me imaginaba una película. “Fidel tiene que salvarlo.” Cuando mataron al Che: “¿Por qué Fidel no mandó un batallón, unos aviones.” Era infantil, pero demostraba una identificación absoluta con ellos, un punto de vista marcado por las simpatías que percibía en Barinas hacia ambos líderes.

Varios años después, en 1973, estábamos en las montañas, cerca de Caracas, en los entrenamientos con los aspirantes a cadetes que llegaban a la Academia Militar. Para entretenernos, escuchábamos noticias y música en los radios militares. Una de aquellas noches había un frío de espanto. Estábamos en Charallave, a unos treinta kilómetros de Caracas, y me acompañaban Pedro Ruiz Rondón –compañero de mi pelotón, y otro brigadier cuyo nombre no recuerdo. A escondidas de los oficiales, empezamos a calibrar uno de eso viejos radios GRS-9 de tubo, que tenían una manigueta para cargar la energía. De repente, se escuchó a alguien hablando, una voz que no conocíamos y que denunciaba el golpe de Estado en Chile y la muerte de Allende: “Esto está bueno” –dije yo. Era Fidel, a través de Radio Habana Cuba.

Se nos grabó una frase para siempre: “Si cada trabajador, si cada obrero, hubiera tenido un fusil en sus manos, el golpe fascista chileno no se da.” Esas palabras nos marcaron tanto, que se convirtieron en una consigna, en una especie de clave que solo nosotros desentrañábamos. Cada vez que veía a Pedro Ruiz –amigo entrañable que murió hace un año y medio, uno de los dos empezaba diciendo: “Si cada trabajador, si cada obrero...” El otro, completaba la frase. Lo hacíamos dondequiera que nos veíamos. La última vez que nos encontramos, en un avión, me repitió: “Si cada trabajador...”

Pepito Rangel

El año 1973, en la Academia Militar, está marcado también por otro hecho: recibiámos en la escuela a los nuevos cadetes. Yo era brigadier y en el primer pelotón que me asignaron, estaba José Vicente Rangel Ávalo. Cuando mencioné su nombre, se paró el nuevito: “¡Presente!” Le dije por bromear: “¿Usted es familia del comunista?” “Es mi papá.” Me quedé frío. “Ah, muy bien, siéntese.” Después lo llamé, le ofrecí disculpas y nos hicimos amigos.

Conocí a José Vicente, el padre, porque iba con Anita, su esposa, a visitar al cadete los viernes por la noche. Me gané una reprimenda una vez, porque me gustaba hablar con Rangel, que era el candidato presidencial de la izquierda, del MAS. En diciembre de 1973 hubo elecciones y ganó Carlos Andrés Pérez.

Un teniente me llamó a contar: “Brigadier, ¿por qué usted habla tanto con ese comunista?” Se había dado cuenta de que me atraía conversar con el aspirante a presidente. En otra ocasión, me enteré de que habían tomado la decisión de botar a Pepito Rangel de la Academia y le estaban buscando la falla. Oigo el comentario y llamé a su padre. Me atendió Anita: “Necesito hablar con usted sobre su hijo, pero a su casa no puedo ir.” Ella me dijo que me esperaría en un restaurante.

Por alguna razón no pude ir al encuentro y poco después, a los que jugábamos béisbol, nos concentraron en un edificio que llamábamos la Villa Olímpica. Se acercaban los juegos entre institutos y a los deportistas nos separaban del resto del batallón para poder cumplir un régimen especial: dormíamos un poco más, recibíamos atención médica directa, alimentación especial. Nadie se metía con nosotros. Era marzo de 1974. Ahí me encontré con Luis Reyes Reyes varias veces, y en una oportunidad hasta le conecté un triple que todavía no me ha perdonado.

En eso llegó el jovencito Rangel vestido de civil. El muchacho había ido a despedirse de mí. Pasó por el dormitorio y me dijo: “Vengo a despedirme; me han dado de baja.” Nos dimos un abrazo: “Saluda a tu papá, a tu mamá.” Llevaba entonces un diario y escribí: “Hoy se fue de baja José Vicente Rangel Ávalo, era una esperanza.” Fíjate, “era una esperanza”. ¿De dónde saqué yo esas tres palabras? Dentro de mí ya andaba un huracán.

Omar Torrijos y Juan Velasco Alvarado

Les quiero contar otro hecho, porque si no esta historia no se entiende. El derrocamiento de Allende generó en mí y en otros muchachos un gran desprecio hacia los militares gorilas que dirigieron el golpe. Pinochet nos resultaba repulsivo.

Tuve amistad con cuatro muchachos panameños que estudiaron conmigo, particularmente con un gran amigo, Antonio Gómez Ortega. Él me habló de Torrijos y un día me trajo la revista de las Fuerzas Armadas, con fotos en las que se veía al Presidente dando un discurso, con campesinos, con cadetes. Admiré la diferencia del lenguaje en aquel militar y me decía: Torrijos sí tiene un gobierno popular, distinto, progresista; pero Pinochet no es el camino, porque él está exactamente en el otro extremo. Tenía 20 años y ya andaba yo ubicado, pues.

Ese mismo año, en diciembre, conocí a Juan Velasco Alvarado, a partir de uno de esos hechos totalmente casuales que aceleró en mí el proceso interno, de forja, de enrumbamiento político. Se cumplían 180 años de Ayacucho y en la Academia Militar me pasaba el día hablando de Bolívar. Siendo alférez todavía, me enviaron a dar conferencias a la tropa varias veces. El capitán Carrasquero Sabala, que era el jefe del cuarto año, me llamó: “Chávez, hemos escogido a 12 muchachos para ir en una comisión a Ayacucho. Va la escolta de la bandera y un grupito más. Como usted es de los bolivarianos –ya nos llamaban así a varios de nosotros, Ortiz Contreras entre ellos–, lo hemos escogido.” Se imaginarán qué alegría.

Esa noche me fui para la biblioteca –había también allí una bella bibliotecaria, pero primero el libro, primero la patria– y comencé a estudiar qué estaba ocurriendo en el Perú. Descubrí el Plan Inca y que allí se estaba produciendo una revolución dirigida por un militar nacionalista. Pasamos en Lima varios días, haciendo preguntas a todo el mundo, alimentándome de aquel proceso e intercambiando con cadetes colombianos, panameños, peruanos y chilenos. Me hice amigo de un chileno, y le reclamaba mucho por lo de Allende. Nunca se me olvidará su nombre: Juan Heiss.

Nos llevaron a la casa de gobierno y allí estaba Velasco, en una recepción dedicada a los oficiales y cadetes, donde ofreció unas breves palabras y nos hizo llegar dos libritos, La Revolución Nacional Peruana y El Manifiesto del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada de Perú. Después de escuchar a Velasco, me bebí los libros hasta aprenderme de memoria algunos discursos casi completos. Conservé esos libros hasta el 4 de febrero de 1992. Cuando me apresaron, me lo quitaron todo.

Les cuento todo esto porque la toma de conciencia política no fue automática. Sin lugar a dudas estos hechos dispararon mis convicciones a un determinado estadío espiritual. Y ya de ahí no he retrocedido, pues.

Bolívar

A mi promoción le dieron el nombre de Bolívar. Ese fue para mí un día de emoción y júbilo. Se oponían algunos viejos militares, quienes argumentaban que el nombre de Bolívar era muy grande para un grupo, que sería enorme el compromiso que llevaríamos, que ya había otra promoción llamada de esa manera –la de 1940–. Aun así, nos dieron ese nombre y a partir de entonces no fuimos otra cosa que “los bolivarianos”, y nos sentíamos como tal.

Desde la Academia, no solo impartía de vez en cuando algunas charlas a los soldados sobre el pensamiento del Libertador, sino que cuando me tocaba sancionar a los cadetes, jamás les imponía un esfuerzo físico –dar vueltas al patio corriendo, que era lo que se hacía–, sino que los paraba en grupitos frente a la estatua de Bolívar. Les leía sus textos, o los llevaba a un salón de clases, a la hora del casino y de la diversión, y les contaba pasajes de la Campaña Admirable.

Esa pasión por Bolívar comenzó en aquellos años, estudiando la Historia Militar con el general Jacinto Pérez Arcay y con el comandante Betancourt Infante, que era otro excelente instructor de Historia. Pérez Arcay les contó a ustedes el lío del cual me salvó, luego de una conferencia en la casa natal de Bolívar, en la que me enfrenté públicamente a alguien que dijo que el Libertador era un tirano.

En mi intervención de ese día traté de argumentar la situación que enfrentó Bolívar. Sí, el gobernó realmente bajo dictadura; pero una cosa es una dictadura por necesidad, por obligación, debido a la anarquía, y otra, tiranizar a un pueblo. En una ocasión, le dijo a su pueblo: “No me pidan que hable de libertad, ¿cómo hablar de libertad, si he asumido la dictadura?”

Frente a aquella tendencia antibolivariana, de descrédito a su figura, comencé a argumentar con datos históricos esa situación. ¡Ah!, entonces alguien dice –una mujer–: “Estos son unos pichones de dictadores”, le repliqué duro y se abrió el debate. Después se paró un profesor de historia del MEP y defendió mi posición. La novedad llegó a la Academia. Tuve que hacer un informe el domingo por la noche y Pérez Arcay me salvó de aquel lío que hubiera podido costarme la expulsión de la Academia por emitir opiniones políticas.

Cuando Carlos Andrés Pérez me entregó el sable de graduado en la Academia, ya yo traía el acimut, la brújula perfectamente orientada. El Hugo Chávez que entró allí fue un muchacho del monte, un llanero con aspiraciones de jugador de béisbol profesional. Cuatro años después, salió un subte-niente que había tomado el rumbo del camino revolucionario. Alguien que no tenía compromisos con nadie, que no tenía movimiento alguno, que no estaba enrolado en ningún partido, pero sabía muy bien a dónde me dirigía. Como dijo José Ortega y Gasset, “soy yo y mi circunstancia.” Hugo Chávez ya era el hombre y su circunstancia.

Otro tipo de militar

Llegué a Barinas de subteniente, con cierta ventaja sobre otros oficiales. Tenía muchos deseos de cambiar las cosas y estaba, además, en mi patio. A lo mejor si me hubieran mandado a Maracay, no hubiera podido participar en tantas cosas.

Con mi primer cheque pagué un hotel cerca de la Plaza de Venezuela. Tenía un sueldo como de 2 000 bolívares, que era una cifra más o menos importante en esa época. A los pocos días me le aparecí a Rosa Inés con una nevera, una cama nueva, unos muebles, un ventilador, un radio grande... Pero casi no tenía tiempo de salir del cuartel. De lunes a viernes siempre dormía en el batallón que quedaba fuera de la ciudad.

Los viernes en la tarde, cuando no tenía guardia, me ponía mi jeans, mis botas de goma y mi camisita, y aparentemente era el mismo Huguito de antes, en la casa de la abuela. En Barinas estuve desde julio de 1975 hasta mayo de 1977. Fueron casi dos años, muy importantes en mi vida. Era el mismo Huguito y a su vez otro, forjado como soldado. Me metí en varios líos. Primero, Bolívar. Empecé pintando su rostro en el cuartel y hacía notar cuán en serio me tomaba su obra.

Fui el primero del Plan Andrés Bello que llegó a ese batallón, y algún oficial trató de humillarme llamándome, no por mi grado, sino por el título universitario, en tono despectivo, irónico: “Licenciado Chávez...” Cuando me llamaba así, no le respondía. “Subteniente Chávez...” “Ordene, mi Capitán.” Es decir, empecé dándome a respetar. En una ocasión me increpó: “¿Por qué no me responde cuándo le digo ‘licenciado’?” “Soy subteniente y licenciado.” Por responderle de esa manera me impuso un castigo que me negué a cumplir. Además, me gritó delante de unos soldados a los que yo les impartía clases de comunicaciones, que era mi especialidad. Le contesté: “¡No me grite delante de subalternos, mi capitán!” “¡Véngase conmigo!” “Vamos.” Y nos fuimos a ver al comandante.

Ahí empezaron mis líos, porque yo era respondón, pues. Por otra parte, andaba en varias actividades al mismo tiempo. Por ejemplo, jugaba béisbol. Todavía pitcheaba, tiraba duro la recta, jugaba primera base, cuarto bate. El primer jonrón que se dio en el estadio de Barinas lo di yo una noche preciosa en la que me iban a arrestar.

Al capitán aquel no le gustaba el deporte. Me decía: “O eres militar, o eres pelotero.” Nunca pude convencerlo de que podía ser las dos cosas a la misma vez. “Dedíquese al deporte con los soldados.” “Estoy dedicado, mi capitán.” El equipo de los soldados era bueno, pero quería jugar en el béisbol organizado. Tenía solo 22 años.

Un día me llamó el entrenador Encarnación Aponte y me invitó a jugar en el equipo de Barinas, frente a otro de Caracas que llegaba ese fin de semana. Estaban inaugurando el estadio, pues había un campeonato nacional programado ese año en Barinas. Él necesitaba un zurdo. “Pide permiso”, me decía. “Si lo pido no me lo van a dar.” Finalmente, me fui para el estadio sin el permiso. Los visitantes eran del equipo Ascenso, del Distrito Federal. En la primera entrada metí un batazo, un tubey. Después me tocó batear otra vez. No sabía que estaban narrando el juego por la radio local: “Radio Barinas trasmitiendo...”

En ese tiempo no había bate de aluminio, pero tenía uno de madera muy bueno... Mi hermano Narciso, que estudiaba en Estados Unidos, me mandó de regalo aquel de marca Adirondack, un bate largo como ese de Sammy Sosa, pero liviano. El pitcher de Caracas tiró una curvita y le di: “¡Praaa!”, y veo que la bola se va…, se va…, se fue de jonrón.

Estaban trasmitiendo por radio, y en el batallón los soldados lo escuchaban. Ya eran más de las nueve de la noche, hora de silencio en el cuartel. Armaron tal escándalo –“¡Eh, jonrón! ¡Viva mi teniente!”– que se despertó el capitán y fue a ver qué pasaba: “Oye, prendan la luz, qué lío es este?” “Capitán, estamos muy contentos porque mi teniente Chávez metió un jonrón.” “¡¿Cómo?! ¿Chávez Frías?” “Sí.” Al día siguiente me pidió arresto por violar una orden. Apelé al comandante. Me franqueé: “Mire, comandante, aquí en este batallón hay unos diez subtenientes. Si usted va por la noche a Guayanesa –un burdel famoso en Barinas–, los consigue allá con unas mujeres y una botella de ron; o en el casino militar, con sus novias, bailando, tomándose unos tragos. En cambio, a mí me gusta el deporte. No puedo entender que me vayan a arrestar por jugar béisbol, por poner en alto el nombre del batallón que usted comanda.” Toda Barinas había oído en la radio que me habían presentado como el subteniente del Batallón de Cazadores. Y sigo: “Comandante, ¿no cree que es mejor que yo esté en el béisbol y no de tragos y mujeres?” El comandante me respondió: “Usted tiene razón. Le doy permiso para jugar.” Desde ese día nadie más me molestó, y el capitán disgustadísimo.

El batallón se acercó al pueblo

El capitán me andaba cazando cualquier falla. Jugaba al béisbol en el equipo de Barinas, dos o tres veces a la semana. Generalmente salía del cuartel vestido de campaña –que era el traje diario, porque integrábamos un batallón antiguerrilla–, me montaba en un Volkswagen que yo le había comprado al comandante y, luego, me cambiaba en el dugout, junto a un soldado llamado William, de Barquisimeto, que era tremendo short-stop. Era muy usual salir de pronto para la frontera. Sin embargo, como mi especialidad era la de comunicaciones, no tenía que patrullar con pelotones. Acompañaba al comandante en los puestos de comando. El oficial de comunicaciones, por doctrina, está siempre cerca del comandante, asesorándolo para las transmisiones por radio. Eso me permitía estar cerca del jefe y del segundo.

Por esa cercanía, y porque me tomaba el béisbol a la tremenda, el comandante me pidió que me encargara del deporte en el batallón. Como conocía al jefe del Instituto Nacional de Deportes en Barinas, y a los deportistas no solo de béisbol, sino de fútbol y de básquetbol, conseguí entrenadores gratuitos. Era una especie de misión Barrio Adentro, pero a pequeña escala. Recuerdo a un uruguayo, el profesor Méndez, que iba dos veces a la semana a darles charlas y preparar al equipo de fútbol, sin pedir nada a cambio.

Fuimos campeones dos años seguidos en los juegos inter-batallones: en béisbol, fútbol, voleibol, básquetbol y atletismo. Me dediqué a convertir la sabana donde jugábamos en un campo de béisbol. Hicimos un estadio con las medidas reglamentarias. Conseguimos arena blanca y arena roja, y un camión para transportarlas; picábamos rectángulos de tierra con la grama; levantamos una cerca de palitos, y ese campo se puso bonito. Construimos dos dugout, dos casitas, y cuando vinimos a ver, teníamos tremendo estadio. Lo inauguramos con una fiesta que parecía una feria.

El comandante me autorizó para que el equipo de Barinas entrenara en nuestro estadio, que pasó a ser el mejor de Barinas después del “Cuatricentenario,” y le dimos acceso a todo el que quería ir a vernos. Me nombraron encargado de la campaña para la captación de aspirantes a la Academia Militar. Recorrí todos los liceos del Estado Barinas, unos diez, para darles las charlas a los muchachos de quinto año, y motivarlos. A algunos los llevé a Caracas y hoy ya son coroneles.

También, me autorizaron a escribir una columna en el diario El Espacio, de Barinas. Salía los jueves, bajo el título: “Proyección patriótico cultural Cedeño” –Manuel Cedeño fue un general de nuestra independencia, y así se llamaba también nuestro batallón. Era una columna que me gustaba mucho y la gente me decía que era muy bonita, hablaba de historia y de la unión cívico-militar. Escribía, por ejemplo: “Bajo el sol calcinante de los llanos, todas las tardes, los soldados del Batallón Cedeño se dirigen a hacer deportes tal, tal y tal, mientras otros salen al huerto…” Porque hicimos un huerto y también teníamos unos conejos, unas siembras de lechosas, parchitas... Era también una especie de Plan Bolívar 2000.

De cuando en cuando pasaba por Radio Barinas a promover la captación de aspirantes. Había un guión que a uno le mandaban desde Caracas, pero yo le añadía cositas. Jamás les dije que tendrían un sueldo seguro, sino que les hablaba de Bolívar y lo que de él dijo Martí. Lo había leído en uno de los libros de Pérez Arcay y me lo aprendí de memoria y hasta lo pinté en las paredes con la ayuda de los soldados, a quienes también les di clases de pintura.

Fue una etapa muy intensa, en la que andaba metido en el deporte dentro y fuera del batallón, hacía periodismo y campañas para captar estudiantes, y cuando se elegían las reinas en Barinas, hacía la presentación. No me faltaron cosas que hacer, hasta me hice animador de bingo. Lo más importante fue que el Batallón de Cazadores comenzó a tener otro perfil: ya no era una tropa antiguerrillera separada del pueblo, odiada a veces por la gente, sino la de unos muchachos que participaban en la vida deportiva y cultural de Barinas.

Los primeros signos de rebeldía

El dolor disparó en mí muchas cosas. El año 1982 fue de muerte y de vida. Nació mi hijo Hugo. Ascendí a capitán. Fue, también, el año del Samán de Güere. Ya estaba prácticamente consolidado como militar, después de haber pasado por muchas dificultades, por dudas: me quería ir, no me quería ir…

En la profesión militar, la Orden de Mérito es muy importante. Eres de los primeros o eres de los últimos. Por tanto, ser de los primeros es muy importante para el militar, particularmente para quienes hemos tomado la carrera como un apostolado. Me gradué con el número siete en la Academia, y éramos 66. Sin embargo, llegué a teniente entre los últimos, porque tuve muchos problemas. Como vaticinaría mi abuela, era rebelde, pues.

Discutía con los superiores, nunca me quedaba callado. Tuve un lío serio en un campo antiguerrillero, porque vi cómo torturaban a unos campesinos, supuestos guerrilleros, prisioneros de guerra. Les estaban pegando con un bate forrado en una cobija y daban unos gritos tremendos. Se notaba que eran pobres gentes, casi muerto de hambre, flaquitos, y me enfrenté al coronel: “No, yo no acepto esto aquí”, y le quité el bate y lo lancé lejos. Luego el coronel hizo un informe en mi contra, acusándome de haber entorpecido el trabajo de Inteligencia… Llegué incluso a pensar en irme para la guerrilla y hasta fundé en 1977 un ejército: el Ejército de Liberación del Pueblo de Venezuela. Ahora me río cuando lo recuerdo, porque sus miembros no llegábamos a diez.

Después de graduarme en la Academia y pasar por Barinas, formé parte de un batallón antisubversivo, primero en Cumaná y luego en San Mateo, en Anzoátegui. Estudiamos lo que era la guerra subversiva, pero ya yo me lo cuestionaba todo. Creo que desde que salí de la Academia ya estaba orientado hacia un movimiento revolucionario. Andaba muy inquieto, conversaba mucho con Adán y con otros compañeros de la izquierda. A esta influencia, se unió la investigación histórica sobre Maisanta. Todo ello fue alimentando mi sentimiento de rebeldía. En esa etapa comencé a leer a Fidel, Che, Mao, Plejanov, Zamora…, y libros como Los peces gordos, de Américo Martín; El papel del individuo en la historia; ¿Qué hacer? Y, claro, ya había empezado a estudiar profundamente a Bolívar.

Por cierto, algunos de aquellos libros aparecieron en la maletera de un Mercedes Benz viejo y agujereado por los tiros, que encontramos casualmente en un puesto antiguerrillero. El carro llevaba no sé cuántos años allí, arrumado dentro del monte. Agarré aquel botín, recompuse los libros, los mandé a empastar, me los leí y los guardé. Creo que todavía conservo algunos por ahí. Por tanto, me hice un hombre de izquierda a los 21 ó 22 años.

¿Cómo definir políticamente a una persona que se ha declarado maoísta, guevariano, marxista, bolivariano, peronista…?

Sencillamente soy un revolucionario.

No permitiríamos que nos tragara la corrupción

Desde los primeros días en Barinas comencé a percibir corruptelas, inmoralidades y arbitrariedades en algunos oficiales superiores. Y ya no dejaría de luchar contra ellas en los cuarteles. Un punto muy vulnerable, por ejemplo, era la comida de la tropa. Cuando tenía guardia –oficial de inspección se llama eso– solía irme a las cuatro o las cinco de la mañana al rancho donde preparaban los alimentos. Esperaba a que llegara el camioncito del proveedor, con el queso para el desayuno y la carne para el almuerzo.

Ponía los alimentos en la tabla del dietista. “¿Qué le toca a cada soldado?” “80 gramos de queso”–me decían, por ejemplo. Sacaba la cuenta y la mayoría de las veces había menos de lo que estaba fijado. O nos entregaban unas botas de montaña que se dañaban en la primera marcha. Lo anotaba en el libro de “novedades”: “Se detectó una irregularidad…” Había mil maneras de robar. Y luego, los atropellos en el Oriente contra los supuestos o reales guerrilleros.

Todo eso fue conformando un sentimiento de resistencia ante las negligencias y arbitrariedades con que me topaba en los cuarteles y que trascendían la vida militar. Empecé a mirar al país y a tratar de buscarle explicaciones a la contradicción en que me encontraba. Sentía que a mi alrededor gravitaban situaciones, conflictos cotidianos, muy alejados de los principios bolivarianos y de los valores en los que nos habíamos educado. Entonces apareció esa pregunta incómoda para la elite militar y política, pero que se caía de la mata: “¿Qué democracia es esta que enriquece a una minoría y empobrece a una mayoría?”

Ya había lanzado Juan Pérez Alfonso, uno de los fundadores de la OPEP, su alerta de que nos hundiríamos en el “excremento del diablo” –como llamó al petróleo–, y habían pasado otras muchas cosas. Carlos Andrés Pérez había entregado la presidencia en 1978 al destaparse los hechos de corrupción que lo comprometían –a él y a su amante–, y no era el único. Uno se encontraba en los periódicos todos los días escándalos de corruptela y el cinismo de los gobernadores y políticos que se habían enriquecido a costa del pueblo.

Poco a poco me fui enrolando en una especie de campaña en la que, por supuesto, involucré a mis amigos militares. Dumas Ramírez, por ejemplo, se vinculó en el movimiento desde que era capitán. También, logré captar a José Angarita. Nunca más lo he visto. Y otros más jóvenes, como Pedro Carreño, Jiménez Giusti… Casi todos de Barinas, incorporados al movimiento tras un trabajo de años. Cuando hicimos el Juramento del Samán de Güere en 1982 –ese año de muerte, de vida, y de compromisos–, ya había cuajado la conciencia de la necesidad de cambiar el estado de cosas, si no queríamos que ese ambiente que despreciábamos nos tragara a todos.

El Juramento del Samán de Güere

Andaba con Bolívar para arriba y para abajo. Daba charlas, reproducía sus pensamientos, compraba libros para regalarlos a los soldados y oficiales, y algunos deben tener ejemplares de esos que yo les dedicaba con mi puño y letra, en un afán de cultivar el pensamiento del Libertador, de Zamora, de Maisanta.

Y no era yo solo el que lo hacía, sino también varios de mis compañeros, con quienes compartía la pasión bolivariana. Seguramente por esa razón me invitaron a que le hablara a la tropa. Mi jefe, en el regimiento de paracaidistas, era el coronel Manrique Maneiro, a quien le decíamos el Tigre, porque era de piel muy blanca y tenía los ojos “rayados”. El 16 de diciembre de 1982, en la tarde, me llamó: “Chávez, quiero que mañana reunamos a todo el regimiento de paracaidistas y que usted pronuncie unas palabras para conmemorar la muerte de Bolívar.”

Me entusiasmé muchísimo y llamé a todos los batallones para transmitirles la orden de mi comandante. En ese momento era jefe de la ayudantía del coronel y auxiliar de inteligencia del Estado Mayor del Regimiento de Paracaidistas en Maracay. A la una de la tarde ya estaba lista la formación. El oficial que estaba anunciando la ceremonia me preguntó: “¿Dónde está su discurso escrito para cuando me lo pidan?” Le respondí: “Mi mayor, no tengo escrito el discurso. Yo voy a decir unas palabras.” “Bueno, pero según el reglamento, uno tiene que saber antes qué es lo que usted va a decir.” A esas alturas, ya él no podía hacer nada, así que comencé a hablar.

No era la primera vez que lo hacía de esa manera. Un “Día de la bandera” me pusieron a hablar en Barinas, cuando era subteniente, y mi discurso fue un reclamo. También levantó su roncha, porque me pidieron las palabras por escrito, y les dije: “Yo no escribo discursos.”

En Maracay, aquel 17 de diciembre, comencé recordando a Martí: “Así está Bolívar en el cielo de América, vigilante y ceñudo, (...) porque lo que él no hizo, sin hacer está hasta hoy.” Y enlacé con la situación de ese momento: “¡Cómo no va a tener Bolívar qué hacer en América todavía, con tanta pobreza, con tanta miseria; cómo no va a tener qué hacer Bolívar...” Cuando terminé el discurso como de media hora –no era una cadena, ni un Aló Presidente– sentí inmediatamente la enorme tensión de los oficiales. Se rompió la formación y salimos trotando, uno al lado del otro. El mayor Flores Gilán nos mandó a parar en firme y me dijo con un tono muy duro: “Chávez, usted parece un político.”

En ese tiempo decirle político a alguien, sobre todo en un cuartel, era una ofensa. Se había degenerado tanto la política, que era como si a uno le dijeran embustero, demagogo, qué sé yo, algo muy despectivo. Felipe Acosta Carlez fue más rápido que yo al responderle: “Mire, mi mayor, el capitán Chávez no es ese político que usted dice. Lo que pasa es que así pensamos lo capitanes bolivarianos y cuando uno de nosotros habla de esta manera, ustedes se mean en los pantalones.”

El coronel Manrique Maneiro mandó a poner en firme a todo el mundo e impuso silencio. Asumió la responsabilidad de lo que había pasado con una mentira piadosa: “Señores, quiero que sepan que todo lo que el capitán Chávez dijo, él me lo comentó anoche en mi oficina.” Nadie se lo creyó, pero salvó la situación por el momento. Cuando nos retiramos, Felipe Acosta Carlez, que era un caballo de batalla, me invitó a trotar para liberar un poco de presión.

Con nosotros dos salió también el capitán Jesús Urdaneta y el teniente Raúl Baduel, a quien apreciábamos como si fuera compañero de la misma promoción. Siempre le hemos tenido un gran respeto por su nivel, por su don de gente, su forma de ser, su calidad como amigo.

Fuimos a quitarnos el uniforme de campaña y a vestirnos de deporte. Como no conseguí las botas, me puse los zapatos del softball con tacos de goma. Eran poco más de las dos de la tarde. Fuimos a La Placera y luego en dirección al samán. Cuando llegamos al árbol los invité al juramento. Claro, estaba fresquecito todo lo que había ocurrido y andábamos con la indignación por dentro. Utilizamos el juramento de Bolívar: “Juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor y juro por mi patria que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español.” Le cambié la última expresión, por esta otra: “...por voluntad de los poderosos”. Lo repetí y ellos lo escucharon. Al regreso, yo no aguantaba el dolor de las piernas y agarré un carrito junto con Baduel.

A partir de ahí tomamos este asunto con mucha seriedad. Entre los detalles que conversamos aquel día estuvo cómo empezar a captar oficiales, según un principio riguroso: si teníamos algún candidato, se aceptaría en el movimiento solo por consenso. Nadie estaba autorizado a incorporar a otro por la libre, teníamos que ser muy cuidadosos.

Así quedamos. Pero al día siguiente estaba en mi oficina, y sentí la llegada de un carro, un auto deportivo, de marca Mustang. Era Felipe: “Mire, compadre, compadre –él hablaba así, ¿no?–, ven acá, ven acá.” Y salimos. Al frente del comando estaba el carro: “Mira, mira, ya tengo un subteniente listo.” Le digo: “Coño, catire, ¿no dijimos que era con calma?, vale, hasta que no haya consenso.” Me respondió: “Estoy seguro de que este carajito es bueno... Está dentro del Mustang, chico, y por lo menos asómate para que él vea que lo que estamos haciendo es de verdad; no vaya a pensar que yo estoy inventando aquí.” Cuando me asomé, el muchacho era nada más y nada menos que Ronald Blanco La Cruz.

Nace el movimiento bolivariano

Ya yo andaba en reuniones con algunos movimientos militares –como el de Trejo, que no acababa de cuajar–, y políticos –como el de Douglas Bravo–. Siempre insistía en la unidad, y una vez logré reunir a Trejo con Bravo en Maracay, antes de 1982, y hasta les inventé un verso : “Comandante Trejo, comandante Bravo,/ juntos haremos la Revolución, ¡carajo!”

Se habían constituido varios grupos, pero no existía nada formal hasta el día del juramento. A partir de ese día nos dimos a la tarea de conformar un movimiento, amparado en el concepto del árbol de las tres raíces, intentando articular ideológicamente las concepciones que mejor se adaptaban a la realidad venezolana y, en particular, al contexto en el que nos movíamos.

Nos dimos cuenta de que la ideología que Douglas Bravo defendía no iba a tener eco en las fuerzas armadas. El marxismo chocaba con la naturaleza misma del cuerpo militar profesional. Era muy difícil mezclar abiertamente a Marx y a Lenin con nuestra formación prusiana. Al único que logré llevar ante Douglas fue a Luis Reyes Reyes; otros grandes amigos se negaron: “¿Conspirar con Douglas? Tú estás loco.” Comprendí que por ahí no andaba la cosa.

Por eso, acudimos de lleno al pensamiento bolivariano, a su ideología, nutriéndonos de todo lo demás. Comenzamos a investigar. Designábamos grupos con tareas específicas: el estudio del pensamiento de Bolívar, Miranda, Zamora, Simón Rodríguez…

Así fue cuajando como un pensamiento diverso, que dio sus primeros frutos a finales de los ochenta, particularmente después del Caracazo, en febrero de 1989. Esta rebelión popular le dio un gran impulso al movimiento. Cuando se produjo, reanudamos con más fuerza las reuniones y conspiraciones. Ya nuestro trabajo ideológico, político, organizativo, estaba consolidado.

Pero en años anteriores a 1989, pasamos por etapas en las que llegamos a pensar que el movimiento se había acabado, que se había venido todo abajo. Estaba muy aislado y vigilado. Me pasé tres años metido en las sabanas de Elorza, sin darme cuenta al principio de que esa experiencia era exactamente lo que me faltaba para conformar una visión integral de mi país.

Con los indios de Elorza

Siento que en Elorza terminé por descubrirme a mí mismo. Ahí seguí el rastro de Maisanta, que estaba fresco todavía en la memoria de los pobladores más viejitos. Encontré a una señora en un fundo llamado Flor Amarillo, que me indicó el lugar donde lo había visto cuando era niña. Me dijo: “Llegó por ahí, donde usted amarró el caballo, se acercó a esta casa y vio a mi abuela y a mi mamá de luto.” “¿Y por qué están de luto?, ¿dónde está mi compadre?” –dijo Maisanta. Las mujeres salieron llorando y le explicaron que había llegado un coronel del gobierno de Gómez a preguntar por el padre de familia, y como no lo encontró, secuestró a una de las muchachas de la casa. Por eso la mamá y la abuela de aquella señora estaban de luto, como si penaran a una muerta. Cuando llegó Maisanta, hacía como una semana que el coronel gomecista se había llevado a la muchacha, que era tía de la señora que me relató la historia.

“Aquel hombre alto –decía ella– preguntó: ‘¿por dónde se fueron?’ Cogieron por el camino hacia las sabanas de Alcornocal, hacia el Caño Caribe. ‘Está bien, ya vuelvo’.” A los pocos días regresó con la muchacha. La rescató y la entregó a la familia. Muchos años después, esta viejita lloraba de agradecimiento al mencionarle el nombre de Maisanta. Cuando le expliqué que yo era su descendiente, me respondió: “Quiero decirle que a su bisabuelo lo hemos adorado en esta casa.”

Sesenta y tantos años después, encuentro en aquella tierra los rastros de las batallas y las esperanzas de Pedro Pérez Delgado, así como las de los indios yaruros y los cuivas. Me involucré en sus dolores hasta el alma. Aprendí a quererlos. A su lado viví experiencias terribles y, también, hermosísimas. Los indios fueron atropellados toda la vida y yo lo sabía, pero vine a tomar conciencia de eso allá, cuando era capitán, en su mismo territorio, viviendo a su lado.

Mi primer encuentro con los indios fue una gran batalla en la ribera del Caño Caribe, en Apure, cerca de la frontera con Colombia. Llegaban los terratenientes hasta el escuadrón de caballería para denunciar a los indios. Al cura de ese pueblo, Gonzalo González –ya no es cura, se casó y sigue viviendo allá con su mujer– lo quise y lo quiero mucho. Él me dijo cuando llegué a ese lugar: “Mire, capitán, muchos de esos señorones que usted ve ahora por aquí, que tienen hatos y son ricos, salían hace veinte años a matar indios, como quien mata venados. Los masacraban y los echaban de las tierras, pues.” Me contó cómo hasta los quemaban vivos.

Hubo un caso famoso, conocido como “la mataza de La Rubiera”. Invitaron a unos indios a trabajar en un fundo. Ellos fueron con sus niños, porque los indios no dejan a sus criaturas. Cuando estaban comiendo en un rancho, llegaron unos hombres blancos y los machetearon a todos. Solo dos sobrevivieron. Se tiraron el río y llegaron al pueblo dos días después, buscaron al cura, que los escondió y luego los trajo para Caracas, donde reventaron el lío. Realizaron la investigación y encontraron los cadáveres quemados. Todos esos cuentos me los hizo el cura.

A mi comando llegaban quejas de los ganaderos y siempre les decía: “Eso no es problema mío, sino de la policía; vaya al pueblo y haga la denuncia.” Nuestro escuadrón quedaba llano afuera. Los ganaderos empezaron a decir que yo no colaboraba, porque estaban acostumbrados a que el ejército atropellara a los indios. Y yo siempre les decía que esa no era mi tarea.

Pero un día llegó una señora muy pobre, llorando: “Que los indios me robaron dos cochinos. Tenía una alcancía y la rompieron y botaron el dinero. Eran puros fuertes de plata.” Me dio dolor y salí a ver qué pasaba con los indios. Seleccioné unos 15 soldados y nos fuimos con un baqueano –un viejo rastreador– que había sido soldado de las tropas de Pérez Jiménez. Aquel hombre me enseñó mucho ese día. En algún momento me dijo: “Huele a indio.” Yo no olía nada. “Aquí orinaron y fue una mujer.” “¿Cómo sabe que es mujer?” “Porque deja pocitos…, mientras que el macho lo riega todo…” Era un experto en cacería de indios.

De pronto, me advirtió que los indios estaban cerca. Los vi con los binoculares. Estaban debajo de una mata de mango comiendo las frutas. Ingenuamente, le dije al sargento: “Vamos a rodear la mata.” El baqueano me advirtió que no iba a poder llegar hasta ellos. “Voy a tratar.” “Tenga cuidado.” El viejo me acompañó, valientemente. Me puse el fusil en bandolera, con el cañón hacia abajo y di la orden de que nadie disparara, salvo si yo lo ordenaba.

Cuando los indios me vieron improvisaron un extraordinario e inmediato dispositivo de defensa. Fue como si hubieran salido veinte rayos de la mata de mango. Se dispersaron como un celaje en el monte, incluidas las mujeres con sus hijos. En un abrir y cerrar de ojos los hombres me dieron batalla. Sacaron sus cuchillos y se nos vino encima una lluvia de flechas. A mí me pasó una tan cerca que por poco me alcanza en la cabeza.

Con tantas cosas que habían pasado, ellos pensaban que íbamos a atacarlos. Agarré la pistola y disparé al aire. Mandé a los soldados a que se replegaran. Incluso, hubo hasta un encuentro físico entre un indio y dos soldados, pero por suerte no hubo heridos. Si llega a haberlo, me meto en tremendo lío, porque yo no tenía autorización para ir a perseguir indios.

Traté de tranquilizar a los soldados: “Aquí nadie dispara”, y los indios se fueron. En ese momento oí en la espesura los gritos de una india. Era pleno invierno. Llegamos a la orilla del Caño Caribe –un río ancho, muy caudaloso– y veo a una mujer en el medio del agua, que cargaba a su niño en cuadril, un bebé peloncito. Con una mano sujetaba al muchacho y con la otra, nadaba aguantando un cuchillo. A mi lado estaban los soldados y el baqueano. Nunca en mi vida olvidaré los ojos de aquella mujer que me lanzó una mirada, un relámpago de odio, y me impactó. Se hundía en el agua, con el niño, y salía otra vez. Yo estaba angustiado: “Se va a ahogar.” ¿Sabe lo que me dijo el baqueano? “Capitán, dispárele.” Y no era un mal hombre ese, hasta donde yo lo había conocido. Me sorprendió: “¿Cómo?” “Mátelos, esos son animales, y ese carajito cuando crezca va a echar flechas también.”

Por supuesto, no lo hice. Me aseguré de que la mujer finalmente cruzara el río y se reuniera con los suyos. Me sacudieron dos cosas aquel día: primero, la respuesta de los indios al verme uniformado, y aquel “mátelos, que son animales”. Estuve varios días reflexionando sobre eso.

¿Tú sabes que pasa todavía con los indios? Si te ven a ti con unos indios, dicen: “Por ahí pasaron diez indios y un racional.” Todavía se oye eso, a estas alturas. Y lo comenta a veces gente humilde, pobre, campesina. Me preguntaba cómo cambiar semejante situación, ¿qué hacer? Ahí es donde interiorizo ese drama, la estructura social salvaje y profundamente excluyente de la sociedad rural venezolana.

Me fui a la biblioteca de San Fernando de Apure, a la Oficina Regional de Asuntos Indígenas para estudiar la población indígena y ubicar en un mapa dónde vivían. Me hice amigo de Arelis Sumávila, una socióloga de la Universidad Central de Venezuela (UCV), que llevaba como veinte años estudiando a los cuivas y a los yaruros. La llamé. Me dejé crecer el cabello y me fui en una de las expediciones de Arelis, a visitar indios, vestido de civil, con otros dos muchachos. Ella nos presentó como estudiantes, que realizaban una investigación.

Pasé entre los indios varios días, durmiendo y comiendo con ellos, tratando de entender su mundo. Me acogieron como a un amigo. Me fui y luego, como a las dos semanas, regresé uniformado. Primero se alebrestaron, y yo me quité la gorra y llamé por su nombre al capitán indio: “¡Vicente!...” Ellos se quedaron paralizados, porque respetaban mucho a Arelis. Nos sentamos a hablar, y al rato estaban los soldados como si nada, entre ellos. Ahí comenzó un proceso de acercamiento, que terminó en una adoración mutua.

Cuando esos indios iban a Elorza –ellos andan siempre juntos–, llegaban al patiecito de mi casa y Nancy, la madre de mis tres muchachos mayores, compraba pan y hacía comida para 60 ó 70 personas. Un día Nancy me dio las quejas: “¿Cómo es posible? Mira, esos indios me llevaron las pantaleticas de las niñas.” Ella tenía ropa recién lavada sobre la cuerda del patio. Le expliqué: ellos no tienen idea de la propiedad privada; no tienen noción de que esto es tuyo y esto es mío. Toman lo que necesitan, como se toman las frutas de los árboles o el pez en el río.

Me contaron años después que dos jóvenes capitanes indios estaban en Caracas el 4 de febrero de 1992. Habían venido a la universidad con la amiga socióloga. Cuando transmitieron mi alocución en la televisión, uno de ellos se puso a llorar y dijo: “Ese es Chivas Frías –nunca lograron pronunciar Chávez Frías–. Yo sabía, yo sabía...”

Nuestro rechazo absoluto a la ideología imperial

A partir de la llegada de mi generación a la FAN, la influencia de Estados Unidos fue disminuyendo progresivamente. En nosotros creció un sentimiento nacionalista, que surgía entre los militares venezolanos. Por ejemplo, cuando nosotros llegamos a los campos antiguerrilleros, ya no había asesores gringos. Cada vez iban menos oficiales a estudiar a las academias militares norteamericanas. Yo estuve a punto de ir a Estados Unidos, pues quedé en primer lugar en uno de los cursos y me correspondía, según el reglamento, optar por estudios superiores en el exterior, que casi siempre eran en ese país.

No fui, pero como ustedes han comprobado en las entrevistas, muchos de los que asistieron a esos cursos, no solo no se envenenaron con la instrucción norteamericana, sino todo lo contrario, reforzaron su sentimiento nacionalista. El proceso ideológico que se fue gestando en los cuarteles tomó distancia del imperialismo. Estudiábamos a Bolívar, y la consecuencia lógica fue el rechazo absoluto de la ideología imperial.

Por ejemplo, Ronald Blanco La Cruz estuvo varios años en una academia militar en Estados Unidos. Lo vi el día que regresó a Caracas y me comentó: “Después de estos dos años en ese país vengo más convencido de que tenemos que hacer la Revolución.” Sintió el desprecio hacia los latinos, la subestimación hacia nuestros pueblos. Como diría Martí, vivió en el vientre del monstruo y conoció sus entrañas.

Por supuesto, Venezuela siente hoy como nunca el peligro del acecho norteamericano, que siempre estuvo y estará ahí. Sin embargo, creo que el riesgo mayor ha quedado atrás. Los oficiales que se comprometieron con el golpe de Estado y con la contrarrevolución estaban fuertemente conectados con la embajada y el gobierno norteamericanos. La mayoría se fue. Se hizo un deslinde bastante evidente entre los apátridas y los patriotas. Estoy convencido de que nuestras fuerzas armadas, desde los cuadros máximos y los altos mandos hasta los cadetes, están muy conscientes de eso.

La decisión de sacar la misión militar norteamericana de Fuerte Tiuna fue respaldada por la mayoría de los oficiales. Ellos fueron incluso los que diseñaron el proyecto de hacer una escuela allí. Un capitán me comentaba la posibilidad de traer a ese lugar a los indios y los pobres para que estudien y puedan disponer de dormitorios. Es decir, un hotelito y una escuela para que los venezolanos más humildes pasen cursos sobre hidropónicos y organopónicos.

El riesgo de una nueva acción norteamericana siempre existirá. Ellos nunca abandonarán la idea de captar, de comprometer a la gente contra una Revolución que ha dicho claramente que el imperio es su principal enemigo. Pero encontrarán una gran resistencia dentro de la Fuerza Armada. No se puede subestimar la gran fortaleza ideológica, doctrinaria y nacionalista de nuestros militares. Sobre todo ese su gran sentimiento nacionalista.

Voy a salir con dignidad

El 4 de febrero de 1992 me llevaron preso unas horas déspues del inicio de la rebelión. Cuando estaba en el Ministerio de la Defensa, en la misma oficina donde hoy está García Carneiro –allá mismo me llevaron y al rato me vi sentado tomando café, fumando, muy preocupado, y oyendo lo que hablaban los generales–, me di cuenta de que iban a comenzar a bombardear a los muchachos de Maracay y Valencia. Me dirigí a un almirante y le pedí que me permitiera hablar con mis compañeros en esos lugares: “Tienen que evitar ustedes una matanza; ya hemos depuesto las armas.”

Incluso llegué a pedir un helicóptero para ir a Maracay a hablar con Jesús Urdaneta, que no quería atender razones de nadie. Él me había dicho el día anterior, en el mismo lugar donde diez años antes habíamos hecho nuestro juramento en el samán de Bolívar: “Compadre, si esto falla, yo no me rindo.” Urdaneta estaba dispuesto a inmolarse. Cortó los teléfonos y no quería recibir a nadie. Lo tenían rodeado y ya iban a bombardear el comando de los paracaidistas. En ese instante les pedí a los oficiales que me permitieran ir en helicóptero a hablar con él y convencerlo de que se rindiera. Pero no aprobaron esa solución.

Se me ocurrió entonces una idea quizás pueblerina, pero práctica: “Manden a llamar a alguien de Radio Apolo, que lo oyen mucho en Maracay, y yo les transmito el mensaje por esa vía.” Ahí surgió la idea de incorporar todos los medios –incluida la televisión–, que no fue exactamente a mí a quien se le ocurrió. Uno de los almirantes –inspector de la Fuerza Armada– dijo: “Chávez, podríamos llamar a los medios para que usted lance su mensaje de rendición a toda la gente.”

Estuve de acuerdo y así se hizo. Ellos querían entonces que escribiera mi mensaje y yo me negué de plano: “No voy a escribir nada. Voy a llamar a rendición. Les doy mi palabra de honor.” Pedí mi boina, mi fornitura, porque recordé a Noriega, a quien los americanos lo sacaron todo doblado, desmoralizado. “Yo voy a salir con dignidad”, pensé. Entonces salí y dije lo que ustedes ya conocen.

Después, en la cárcel, descubrimos que, antes de la rebelión del 4 de febrero de 1992, habían intentado asesinarme. Ocurrió tres meses antes, en diciembre de 1991. El movimiento fue penetrado por ciertas organizaciones de extrema izquierda –que ahora son de extrema derecha–, grupos que siempre han sido mercenarios, algunos procedentes de Bandera Roja, de la gente de Gabriel Puerta Aponte y otros.

Bandera Roja infiltró el movimiento militar a espaldas de los comandantes. Habían estado incitando a los oficiales subalternos, a los capitanes y a un grupo de sargentos, para que desconocieran nuestro liderazgo. Yo me negaba a incluirlos a ellos en el comando. Teníamos informaciones de cuáles eran sus tendencias y sabíamos que estaban empujando a un sector de las fuerzas armadas para que se lanzara a una la rebelión contra nosotros, con la idea de apoderarse de la dirección.

Cuando detectamos la infiltración, la combatimos muy duro. Recuerdo que ese diciembre llegué hasta aquí, hasta Miraflores, a conversar con unos oficiales que teníamos comprometidos. Vine a decirles, en persona: “Nadie mueve un soldado si yo no doy la orden directamente. Ustedes conocen mi letra y mi firma.” Hice lo mismo en el Batallón de Tanques y en el de los paracaidistas.

El primero que me alertó fue el negro Chourio, que era teniente de mi batallón: “Mire, mi comandante, me llamaron a una reunión y me dijeron que si yo estaba dispuesto a sacar el batallón a espaldas suyas. Esto es muy grave, se está cocinando una traición.” Después de la alerta comencé a investigar con un grupo de comando. Logramos frenar lo que hubiera significado el aborto del movimiento. En ese momento, Bandera Roja discutió la posibilidad de matarme, de sacarme del medio, y planificó el asesinato... Una noche, incluso, me invitaron a una reunión y yo fui, inocentemente. Pero los que tenían la misión no se atrevieron a atentar contra mi vida.

De eso me enteré después, en la cárcel, cuando uno de los implicados en aquel intento de asesinato me hizo toda la historia, una noche en que estábamos cantando con una guitarra y viendo la luna por la ventana: “Mire, mi comandante, yo tengo algo por dentro y quiero decírselo, porque ahora sí lo conozco. Me habían convencido de que usted había vendido la Revolución, que estaba desmontando el movimiento, entregándolo a los generales, que había negociado. Yo fui designado para matarlo.” Me contó todo. Fue el único intento de asesinato que conocí, así, por un testimonio directo.

Abril de 2002

¿Lo que más me doliódel golpe? Sin duda alguna: los inocentes que cayeron frente a este Palacio, abatidos por los fran-cotiradores contrarrevolucionarios... Este es uno de los dolores más grandes de aquellos momentos terribles en abril de 2002, y luego hubo muchos dolores, ¿no? Los traidores duelen también. Pero al igual que me ocurrió cuando me enfrenté a la pérdida de la abuela, tuve una reacción de vida. Resurgí con mayor vitalidad.

Decía Carlos Marx que a la revolución le hace falta el látigo de la contrarrevolución. El látigo duele, pero enseña si ese dolor se transforma en fuerza.

Sin embargo, usted, como San Francisco de Asís, ha perdonado mucho.

Perdón no es la palabra. En verdad no los perdono. Por ejemplo, la traición de Luis Miquilena nunca la perdonaré. Perdonar sería como justificar. Sería como decir: “Está bien, te perdono y vamos a trabajar juntos...” No. Los traidores están allá, en el otro extremo. No están condenados por mí. Ellos están marcados y condenados por la historia.

Pero, los golpistas están en la calle…

No porque yo los haya perdonado. Ni siquiera me han dado esa posibilidad. Si se hubiera podido seguir un juicio civil o militar, como debió hacerse, y a mis manos hubiese llegado la decisión de indultarlos, no los habría indultado. Las condenas definitivas pasan por mis manos y me toca decidir, incluso, si un juicio de esta naturaleza continúa o no, así de sencillo, según nuestras leyes civiles y militares. Pero eso nunca ocurrió. Si ocurriera, no los perdonaría.

Firmé la baja, por medida de expulsión disciplinaria, de algunos que fueron grandes amigos míos, y no me tembló la mano. No hay ningún perdón allí. Existe la imagen de que soy, además de noble, indulgente, y que he perdonado demasiado. No es así, entre otras razones porque en estos casos no me ha correspondido tomar una decisión acerca de esas personas.

Aquí vinieron a entrevistarme tres fiscales, designados para el antejuicio. Aporté todas las pruebas que tenía a mi disposición –y fueron muchas– para tratar de condenar a los golpistas. Solo que allá en el Tribunal Supremo, allá, los perdonaron. Fuero ellos, no yo. Si por mí fuera, estarían presos. Claro, con todo respeto hacia sus derechos humanos: sin torturar a nadie, respetando su dignidad.

Algunos dicen que el día del golpe yo regresé y mandé para sus casas a un grupo de personas que estaban detenidas. Era lo correcto: ponerlos a la orden de la Fiscalía. No podía mantener aquí, en un sótano, a mujeres y hasta algunos niños que se habían quedado encerrados en el Palacio, mientras los pejes gordos estaban fuera. Así que lo primero que dije, cuando me informaron que tenían a todas aquellas personas aquí, fue que las soltaran. Ni siquiera las vi. Sí, he sido generoso. No me arrepiento de ello, ¿sabes? No me arrepiento de ello.

Un padre

Su hija María Gabriela nos dijo hace un rato: “Quiero a Fidel como a un abuelo, porque él quiere a mi padre como a un hijo.”

Es verdad. Fidel es como un padre. Así lo veo yo también, y una vez hasta se lo escribí. Él ha sido, desde hace mucho tiempo, una referencia para mí. En la cárcel leí mucho La historia me absolverá, Un grano de maíz, sus discursos y entrevistas… ¿Saben qué le pedí a Dios en la cárcel?: “Dios mío, quiero conocer a Fidel, cuando salga y tenga la libertad para hablar, para decir quién soy y qué pienso.” Pensaba mucho en eso: en salir para conocernos.

Luego se produjo el encuentro en La Habana –ahora en diciembre se cumplirán 10 años–. Esa reunión fue para mí maravillosa; no olvidaré aquel contacto, las primeras horas de conversación. A medida que han pasado los años, Fidel se ha venido erigiendo como un padre. Así lo vemos mis hijos y yo, y hasta el nieto Manolito, que dicen que se desternilló de la risa cuando vio a Fidel.

El día que él entró a la casita de la abuela en Sabaneta tuvo que agacharse. La puerta es bajita y él, un gigante. Yo lo veía, ¿no?, y le comenté a Adán, mirándolo allí, como si fuera un sueño: “Esto parece una novela de García Márquez.” Es decir, 40 años después de la primera vez que escuché el nombre de Fidel Castro, él estaba entrando en la casa donde nos criamos. Recuerdo aquel acto en la Plaza Bolívar, que pusieron la tarima donde no era por un problema de seguridad: ¡Ay, Dios mío! Esto es como una novela de esas que escribe el Gabo, pero en vez de 500 años de soledad, nosotros tendremos 500 años de compañía.

Fidel para mí es un padre, un compañero, un maestro de la estrategia perfecta. Algún día habrá qué escribir tantas cosas de todo esto que estamos viviendo y de los encuentros que he tenido con él… Se ha venido fraguando una relación tan profunda y tan espiritual, que estoy convencido de que él siente lo mismo que yo: ambos tendremos que agradecerle a la vida el habernos conocido.

No voy a traicionar mis orígenes

No voy a traicionar mi infancia de niño pobre de Sabaneta. Inmediatamente después que enterramos a la abuela Rosa Inés, en enero de1982, me fui para la casa de Adán y allí, en la noche, junto a una lamparita que él tenía en su pequeño, estudio escribí un poema dedicado a ella.

Me salió de un tirón. Fue una especie de juramento ante Rosa Inés, una memoria que es para mí sagrada:

Quizás algún día,

mi vieja querida,

dirija mis pasos

hacia tu recinto.



Con los brazos en alto

y con alborozo

coloque en tu tumba

una gran corona

de verdes laureles.

Sería mi victoria,

sería tu victoria,

y la de tu pueblo

y la de tu historia.



Y entonces,

por la Madre Vieja

volverán las aguas

del río Boconó,

como en otros tiempos

tus campos regó,

y por sus riberas

se oirá el canto alegre

de tu cristofué

y el suave trinar

de tus azulejos

y la clara risa

de tu loro viejo.



Y entonces,

en tu casa vieja

tus blancas palomas

el vuelo alzarán.

Y bajo el matapalo

ladrará Guardián,

y crecerá el almendro

junto al naranjal.



Y también el ciruelo

junto al topochal

y los mandarinos

junto a tu piñal

y enrojecerá

el semeruco

junto a tu rosal

y crecerá la paja

bajo tu maizal.



Y entonces,

la sonrisa alegre

de tu rostro ausente,

llenará de luces

este llano caliente

y un gran cabalgar

saldrá de repente.

Y vendrán los federales

con Zamora al frente,

y el catire Páez

con sus mil valientes,

las guerrillas de Maisanta

con toda su gente.



O quizás nunca, mi vieja,

llegue tanta dicha

por este lugar.



Y entonces,

solamente entonces,

al fin de mi vida,

yo vendría a buscarte,

Mamá Rosa mía,

llegaría a la tumba

y la regaría

con sudor y sangre,

y hallaría consuelo

en tu amor de madre

y te contaría

de mis desengaños

entre los mortales.



Entonces,

abrirías tus brazos

y me abrazarías

cual tiempo de infante

y me arrullarías

con tu tierno canto

y me llevarías

por otros lugares

a lanzar un grito

que nunca se apague.



Esos versos han sido y seguirán siendo mi compromiso con ella y conmigo mismo. Al lado de Rosa Inés conocí la humildad, la pobreza, el dolor, el no tener a veces para la comida; supe de las injusticias de este mundo. Aprendí con ella a trabajar y a cosechar. Conocí la solidaridad: “Huguito, vaya y llévele a doña Rosa Figueredo esta hallaca, este poquito de dulce.” Me tocaba ir, en su nombre, repartiendo platicos a las amigas y a los amigos que no tenían nada, o casi nada, como nosotros. Y siempre venía también de vuelta con otras cositas que mandaban de allá: “Llévele a doña Rosa esto.” Y era un dulce o alguna otra cosita de comida, que si una mazamorra o un bollito de maíz. Yo aprendí con ella los principios y los valores del venezolano humilde, de los que nunca tuvieron nada y que constituyen el alma de mi país. Traté de decirle a Rosa Inés en ese poema que nunca voy a olvidar sus enseñanzas y que nunca voy traicionar nuestros orígenes.

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"Defendemos Cuba desde los sentimientos y desde la razón. Con la cabeza y el corazón juntos"

"Defendemos Cuba desde los sentimientos y desde la razón. Con la cabeza y el corazón juntos"

Palabras pronunciadas en la concentración en solidaridad con cuba y contra las nuevas agresiones de Bush a la isla. Plaza de Sant Jaume de Barcelona. Octubre de 2004

Victor Ríos
Rebelión


Seguramente, no estará de más comenzar recordando algunos datos básicos que nos ayuden a responder la cuestión principal: defender Cuba, ¿por qué? ¿de quién?

UN POCO DE GEOGRAFÍA...

Cuba es una isla de 110.861 km2, con algo más de 11 millones de habitantes. Un territorio 3 veces y media mayor que Cataluña y con casi el doble de población que nosotros.

Los gobiernos de los Estados Unidos, desde los años 60, vienen diciendo que Cuba es una amenaza para ellos y la tratan como a un enemigo peligroso. Hace más de 40 años que dura el bloqueo más largo de la historia.

Pero, en realidad, ¿quién amenaza a quien? Un pequeño ejercicio de geografía comparada resulta bastante clarificador.

Estados Unidos tiene una extensión de 9.372.614 km2, es decir 84,5 veces el territorio de Cuba. Es la proporción que hay entre Cataluña y un país más pequeño que Andorra, como la mitad de la isla de Menorca, aproximadamente. Esa es la proporción.

Estados Unidos tiene una población de 268 millones de habitantes, 24 veces más que Cuba. Es como si comparásemos la población de Badalona y San Adrián del Besós con la del total de Cataluña. Esa es la proporción.

La distancia entre Miami y Cuba es de 90 millas, unos 144 kms. Están más cerca que Barcelona y Mallorca (132 millas, 211 kms).

¿Quién puede ser una amenaza para quién? Cualquiera de los niños y niñas, de los muchachos y muchachas aquí presentes saben la respuesta.

Entonces, si esto es tan claro, ¿qué pasa? ¿Por qué los gobernantes norteamericanos piensan que Cuba es tan peligrosa? Para contestar esta pregunta podemos ayudarnos de la historia.

... Y UNA OJEADA A LA HISTORIA

La historia de Cuba desde 1959 es la historia de un país que hizo una revolución con dos consignas básicas, con dos ideas básicas: patria libre y soberana y derechos sociales para todos. Ante la dependencia colonial, ante el colonialismo y el imperialismo norteamericano, patria libre y soberana, y derechos sociales para todos. Nuevos valores políticos y morales.

Esto inició un proceso de liberación nacional, antiimperialista y hacia el socialismo; pero ya antes de que se fuera perfilando un modelo de economía socialista, el gobierno de los Estados Unidos comenzó la guerra económica contra Cuba. La comenzó quince meses después del triunfo de la revolución. En el año 1960 ya el gobierno de los Estados Unidos se propuso obstaculizar la inserción normal de Cuba en la economía internacional e impedir el desarrollo social que se proponía la revolución cubana. El cerco comenzó a plantearse en 1960 y, por tanto, Cuba tuvo que cambiar la orientación de sus relaciones económicas internacionales.

El bloqueo efectivo comenzó dos años después y las relaciones económicas con el entorno más próximo y lógico de la economía cubana se vieron afectadas de inmediato. Éste fue ya un primer golpe importante.

En ese contexto se inició un nuevo modelo de relaciones económicas en los años 70 con el Consejo de Ayuda Mutua Económica, el CAME, la comunidad económica de los países socialistas. Esto significaba para Cuba mercados seguros, precios justos, suministros garantizados y, por tanto, posibilidad de desarrollar el modelo económico y social por el cual habían optado soberanamente.

La desaparición del CAME supuso un golpe muy duro para la economía y el pueblo cubano. Entonces la idea principal fue preservar el proyecto socialista, distribuir lo más equitativamente posible los costos de esta nueva situación y buscar una nueva inserción en la economía mundial. En este punto el papel del estado cubano fue clave y el papel de la planificación, también.

Y aquí hay que decir que todo el mundo planifica: las multinacionales planifican, los gobiernos capitalistas planifican...; lo que ocurre es que cuando se planifica con otros objetivos, con otros modelos, y con participación popular, se criminaliza la planificación. Pero Cuba planificaba como todo el mundo, sólo que por objetivos diferentes y con resultados distintos. Eso era la planificación socialista.

Esto conllevó importantes transformaciones en la política económica para hacer posible una recuperación productiva. Fueron años muy duros en Cuba. En dos años, de 1989 a 1991, Cuba perdió sus mercados de exportación, perdió los precios especiales y el poder de compra de sus exportaciones se redujo a la mitad. Además, se perdieron el 50% de las importaciones y eso tuvo un grave impacto económico. El Producto Interior Bruto se redujo en un tercio en 4 años, del 1989 al 1993. Todo ello, además, sin poder recurrir a fuentes de financiación internacional La traducción para la gente, para el pueblo, de un tercio de reducción del Producto Interior Bruto quiere decir menos calorías, y menos proteínas. Eso supuso una reducción del 35% de las calorías y del 40% de las proteínas de la alimentación del pueblo cubano respecto a los niveles de 1989.

Además, las condiciones de la economía internacional fueron particularmente desfavorables por la crisis económica generalizada en 1997. Y a las desfavorables condiciones económicas externas se añadieron problemas climáticos importantes, sequías, huracanes... El huracán Michelle, el año 2001, ocasionó daños por valor de un 6,3% del PIB del país. Isidore y Lili, en septiembre del 2002, supusieron daños estimados en un 2,4 del PIB. Y el huracán Charley del pasado agosto, ocasionó pérdidas por más de mil millones de pesos.

UN APUNTE SOBRE LA ECONOMÍA CUBANA HOY [i]

Sin embargo, desde 1994, a partir de las medidas de política económica adoptadas por el gobierno cubano, se está produciendo la recuperación de la economía y, con ella, del bienestar social. La economía cubana ha ido creciendo en un 4% de promedio anual. Hoy está situada, aproximadamente, en el 95% de los niveles de 1989.

También se han dado cambios estructurales importantes. El papel del turismo ha pasado a ser decisivo. Y ha tenido un efecto multiplicador al reanimar otras actividades, como la construcción y la agricultura. Ha generado ocupación directa y, al mismo tiempo, indirecta. Por dar alguna cifra, desde el año 1990 hasta hoy, los ingresos por turismo en Cuba se han multiplicado por seis. En el año 2003 hubo dos millones de visitantes, aproximadamente. La ocupación generada por el turismo se ha doblado. Ello ha supuesto también un cambio en la composición de los ingresos externos de Cuba. El turismo representaba un 4% en el año 1990; hoy representa, aproximadamente, un 40% de los ingresos. Por otra parte, la participación de los productos nacionales en el abastecimiento del sector turístico ha pasado del 18% al 1993, al 69% al año 2003.

Este cambio estructural y este papel del turismo es importante para entender el por qué de la nuevas medidas de bloqueo norteamericano: intentar asfixiar, hoy, la economía cubana de la manera que les parece más eficaz; afectando al sector turismo y a las divisas externas. Esto explica el por qué de la importancia económica, del peligro de las nuevas medidas aprobadas por el gobierno norteamericano en mayo de este año..

También ha habido cambios en el sector energético. Cuba produce hoy ya el petróleo y el gas suficiente para suministrar más del 50% de la energía que necesita la Isla. Se ha producido un importante esfuerzo de modernización de las centrales termoeléctricas, así como un desarrollo de nuevos sectores basados en el conocimiento, en las biotecnologías, en la tecnología de la información.

Se ha reestructurado el sector del azúcar. El año 1959-1960 con una tonelada de azúcar se podían comprar 8 toneladas de petróleo, hoy con una tonelada de azúcar se puede comprar, a los precios actuales, sólo media tonelada de petróleo.

Esta situación ha obligado a una importante reestructuración económica y a poner por delante un principio que desde el año 1997 está muy claro en Cuba: eficiencia, eficiencia “a tope” de la economía; pero, a diferencia de los países capitalistas, a diferencia de lo que pasa en Europa, eficiencia con equidad, eficiencia con bienestar, no a costa del bienestar. La eficiencia en un proyecto socialista como el cubano no es contradictoria, sino que refuerza el bienestar social. Y, por tanto, en Cuba esta eficiencia no quiere decir menos bienestar, quiere decir más programas sociales, nuevos programas sociales, descentralización participativa de la economía cubana. Todo eso está pasando hoy en Cuba.

Está claro que eso es lo que el imperialismo norteamericano quiere combatir.

CUBA, SOLIDARIA CON VENEZUELA

El peligro de Cuba, la amenaza de Cuba, no es su tamaño, ni sus armas. Su poder, su “arma de destrucción masiva”, son los valores socialistas. Es mostrar una opción, dar ejemplo de que es posible una alternativa al capitalismo.

Desde hace 40 años, y en estas condiciones, Cuba resiste y Cuba avanza. Por esto, Cuba resulta peligrosa, por el ejemplo, porque supone una alternativa.

Y, además, una alternativa solidaria. No sólo una alternativa nacional, sino una alternativa solidaria. La solidaridad internacionalista de Cuba es hoy tan fuerte como nunca, más fuerte que nunca. Yo creo que ha sido decisiva para el impulso y los logros de los importantes procesos y cambios que se están produciendo en la actualidad en América Latina.

En estos momentos se está dando un proceso fundamental en América Latina: el de Venezuela. La República Bolivariana de Venezuela también está mostrando que ya son posibles otras políticas. Venezuela está mostrando que hay alternativa al neoliberalismo y al capitalismo salvaje.

Y Cuba está con Venezuela. Cuba está dando un apoyo ejemplar a la revolución bolivariana y contribuyendo a los resultados sociales, a los logros sociales de esta revolución.

El programa “Barrio Adentro” en Venezuela, que surge en abril de 2003, es fruto de la cooperación en las políticas de salud en el marco del convenio entre Cuba y Venezuela. Hoy “Barrio Adentro” es ejemplar para América Latina y para todo el mundo. Lo ha reconocido la Organización Panamericana de Salud, la Organización Mundial de la Salud. Desde la India, desde Pakistán, desde diversos lugares se interesan por estos programas y en América Latina todos lo reconocen. Se trata de un programa para garantizar el acceso a los servicios de salud a toda la población excluida mediante un sistema de gestión participativa, de salud integral y preventiva, con una red de ambulatorios, de consultorios, de clínicas populares y con presencia permanente de los médicos en las comunidades que no tenían acceso a los hospitales existentes.

La mayoría de los médicos venezolanos no quisieron participar en este programa. Este programa lo está garantizando el gobierno venezolano gracias al apoyo del estado cubano y la solidaridad cubana. En “Barrio Adentro”, a mediados de octubre, había 13.181 médicos cubanos y 38 médicos venezolanos. Estos 38 médicos venezolanos son muy valiosos y se están formando más médicos en Cuba para incorporarse rápidamente a este programa. Pero los 13.181 médicos cubanos suponen hoy una contribución decisiva a este programa.[ii]

En odontología se han atendido 900.000 casos en los últimos meses. Y la participación de los odontólogos cubanos es también fundamental.

Pero además, y como dice Ignacio Ramonet [iii], Cuba hace milagros en estos momentos. Hace milagros como recuperar la vista a más de 5.000 venezolanos que han ido a operarse a Cuba, y, ahora, pueden ver. Operaciones que nunca se hubieran podido hacer en su país.

Esta es la solidaridad cubana con los excluidos, con los humildes, con los pueblos.

LA POLÍTICA DE LOS EE.UU. Y LA COMPLICIDAD DE LA UNIÓN EUROPEA

Esta es la razón por la que en los Estados Unidos, tanto unos como otros, tanto Bush como Kerry, están decididos a intentar acabar con este proceso, con este ejemplo.

La forma en que lo está haciendo Bush, está clara, la conocemos todos. John Kerry, en este final de campaña, está dirigiendo anuncios diferentes a la comunidad cubana en los Estados Unidos. Pero son anuncios diciendo que los cambios en la política de Bush no favorecen lo que para ellos es esencial: “dar pasos que lleven al final del régimen de Castro de una manera pacífica y democrática”. Es decir, no nos engañemos: Bush representa el Imperio del mal hoy, y es necesario derrotar sus políticas, las tenemos que derrotar; pero no nos engañemos con Kerry.

Derrotar a Bush es importante, pero mantener la vigilancia extrema en el caso de que ganara Kerry, es imprescindible. Que no nos durmamos, si se produjera un cambio que no altera todo lo sustancial de los 40 años de agresión norteamericana; sean republicanos o se llamen demócratas, no nos confundamos.

Las nuevas medidas adoptadas por el gobierno de los EE.UU. son muy peligrosas. De algunas ya se ha dado información en este acto, no me extiendo en explicarlas. Están teniendo ya unos primeros efectos y son medidas que, además, los gobernantes norteamericanos no ocultan.

El 9 de octubre, hace pocos días, Dan Fisk, vicesecretario de Estado adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental, daba una conferencia en la Asociación Cubano-Americana en Miami, y en esta conferencia proporcionaba datos de lo que ya están haciendo para intentar frenar a la revolución cubana. Decía: “Hemos proporcionado fondos adicionales por 14,4 millones de dólares de los 29 millones que han sido propuestos como ayuda adicional” para eso que ellos denominan “desarrollar la sociedad civil en Cuba”, es decir, para el sabotaje, para el terrorismo, para actos criminales. Para realizar estos esfuerzos, ya han sido transferidos 6 millones de dólares a la USAID para ampliar notablemente esta tarea y “se canalizarán los restantes 8,4 millones para un nuevo proceso diseñado para utilizar las ideas innovadoras de los activistas democráticos de todo el mundo”. [iv]

Tenemos ya algún ejemplo concreto de a dónde han ido a parar aquellos 8,4 millones de dólares para utilizar ideas innovadoras de los “activistas democráticos de todo el mundo”. Un “activista democrático de todo el mundo” es Aznar. José Mª Aznar, que se fue a reunir a Praga, en la sede del Senado checo, para continuar la guerra de propaganda contra Cuba. Allá se reunieron, alojados en hoteles de 5 estrellas, yendo al Senado en limousines oficiales y generosamente pagados por el Departamento de Estado norteamericano a través del llamado Comité Internacional para la Democracia en Cuba (CIDC) para impulsar desde Europa la guerra de propaganda contra Cuba. [v]

Y esto forma parte de una estrategia. No es casual que después de que el embajador español en Cuba hiciera una tímida declaración de que la Unión Europea había fracasado –no lo dijo así, lo dijo de forma mucho más diplomática y eufemística, dijo que “no han sido eficaces”... las medidas de la Unión Europea-. Es decir, han fracasado rotundamente, porque lo que Cuba no ha hecho nunca, ni hará, es rendirse a las presiones, rendirse al chantaje, venga de los EE.UU. o venga de la Unión Europea. Es igual, Cuba no se rinde al chantaje ni a las presiones. Y cada vez que intentan endurecer las medidas de presión, fracasan y fracasarán.

Pues bien, esta estrategia de la guerra de propaganda contra Cuba es una estrategia planeada y financiada, como reconocen ellos mismos sin ningún problema, por el gobierno norteamericano a través de su “agencias”.

Después fue cuando el embajador Zaldívar dijo el 12 de octubre en la embajada [vi], que las medidas no han sido eficaces, por tanto hay que reconsiderar la Posición Común de la Unión Europea, y... esta reconsideración es para conseguir –eso lo digo yo- influir y condicionar la soberanía de Cuba. Claro, él no lo dijo así, pero es de eso de lo que se trata, de intentar influir y condicionar lo que llaman “el proceso de transición en Cuba”.

Pues, bien, ante eso, rápidamente, al día siguiente, ya estaba en París el diputado Moragas del PP, tomando un vuelo de Air France y anunciando que iba a reunirse, una vez más -porque eso no es nuevo, la novedad era sólo que lo anunciaba a “bombo y platillo”- con los “disidentes cubanos”. Claro, llega a Cuba, en una táctica completamente programada y, con pleno derecho y justicia, no le dejan entrar al país, porque llega vulnerando las leyes cubanas, una vez más. Pero ya basta, ¿no? ¡Ya basta! ¡Ya está bien!

Y, después de eso de Moragas, tenemos a Loyola de Palacio. Loyola de Palacio que también se ha lucido con su declaración. Todo esto es una estrategia, pagada, muy bien pagada: Aznar a Praga, Moragas a La Habana y Loyola de Palacio poniendo la guinda, aprovechando de forma mezquina el accidente de Fidel cuando bajaba de la tribuna de un acto público.

Yo aquí quiero decir con claridad que el pueblo de Barcelona y de Cataluña declaramos nuestro rechazo, el asco que nos han producido declaraciones como las de Loyola de Palacio, Vicepresidenta de la Comisión Europea, ante el accidente sufrido por el presidente cubano, Fidel Castro. Loyola de Palacio, nos da asco eso que dijo usted, vergüenza y asco. “Todos deseamos que Fidel Castro se muera cuanto antes”, dijo esta opusdeista, esta falangista reciclada!

¡Mentira! Nosotros desde aquí le deseamos una larga vida y con buena salud al servicio de su pueblo a Fidel Castro y le transmitimos nuestra solidaridad. Nuestra solidaridad y el deseo de una rápida y total recuperación después de su accidente. Y queremos hacer llegar este sentimiento y este deseo del pueblo de Cataluña al presidente Fidel Castro y al pueblo de Cuba. Por tierra, mar y aire, que le llegue, ¡que le llegue este saludo fraternal desde esta plaza de Sant Jaume de Barcelona!

NUESTRO COMPROMISO CON CUBA

Y nosotros ¿qué podemos hacer? Nosotros podemos y tenemos que luchar por un cambio de posición de la Unión Europea, un cambio urgente. Porque la Unión Europea no está siendo sino cómplice vergonzosa y descarada de la actitud agresiva de los Estados Unidos contra Cuba.

Hay una oportunidad fantástica ahora, dentro de cuatro días. La Asamblea General de la ONU discute el informe presentado -como cada año desde hace trece- por Cuba para que se condene el bloqueo. El Informe, excelente informe con muy buena documentación “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba” [vii], se presenta y se vota el 28 de octubre. Estaremos vigilantes, esperamos que la Unión Europea no la cague –con perdón por la claridad de la expresión- otra vez, como la cagó en Guadalajara no hace mucho en la Cumbre Latinoamericana del Caribe y de Europa.

La Unión Europea tiene que cambiar su Posición Común. Exigimos el cambio de esta Posición Común. Lo exigimos... pero por dignidad, no porque no sean eficaces las medidas tomadas contra Cuba. No, no, por dignidad, por reconocimiento de unos principios que tienen que ser muy claros en la política internacional, el principio de respeto a la independencia, de respeto a la soberanía nacional.

Son los principios que cualquier Estado, cualquier gobierno exige de los otros. Y Cuba, también; pero no es la única. Todo el mundo ha de exigir este respeto a los principios del derecho internacional. Y, ahora, con Cuba, es la ocasión que se haga igual, un cambio por dignidad.

Nosotros tenemos que informar, explicar, dar apoyo, recoger firmas, pedir que nuestras instituciones se pronuncien. Ayuntamientos, como ya lo han hecho; pero más, más ayuntamientos, empezando por los más grandes, que den ejemplo los más grandecitos. Y el Parlamento de Cataluña también tendría que decir alguna cosa.

68 parlamentarios de la India acaban de enviar a Koffi Anan un manifiesto firmado, condenando el bloqueo contra Cuba impuesto por el gobierno norteamericano.

El Parlamento de Cataluña tiene 135 diputados y aún quedan 4 días, antes de la votación del 28 de octubre. Y en Cataluña también tenemos un gobierno. El Gobierno de la Generalitat también tendría que decir algo, seguramente, sobre el bloqueo. ¡Que lo diga! Y que lo lleven al Parlamento Español, al gobierno del Estado, al Parlamento Europeo, y que se lo hagan saber a la ONU.

Nosotros, desde las organizaciones populares ya lo estamos haciendo. Los que están en las instituciones, que asuman su responsabilidad.

Ahora, más que nunca, amigos y amigas, es necesaria esta solidaridad.

Defendemos Cuba y no lo hacemos por fanatismo, lo hacemos por convicción, que es muy diferente, no somos “dogmáticos trasnochados”.

Somos soñadores con los pies en la tierra y no sólo damos apoyo a Cuba, nos apoyamos en Cuba. Comparto totalmente el escrito que nos ha hecho llegar Belén Gopegui. [viii]

Defendemos Cuba por solidaridad.

Defendemos Cuba por decencia, por dignidad. Valores más necesarios que nunca.

Defendemos Cuba desde los sentimientos y desde la razón. Con la cabeza y el corazón juntos. Sin ambigüedades. Sin esquizofrenias.

Defendemos Cuba por su ejemplo, por sus valores, porque muestra que otro mundo es posible, además de necesario y urgente.

Defendiendo Cuba, defendemos también, nuestra dignidad.

Muchas gracias.

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[i] Los datos sobre la economía cubana proceden del trabajo de Elena C. Alvarez González, Directora del Instituto Nacional de Investigaciones Económicas de Cuba, Características de la evolución de la economía cubana a partir de 1990, expuesto por la autora en el Taller “Cuba socialista hoy” en el Congreso “Marx Internacional IV” celebrado en París del 30 de septiembre al 2 de octubre de 2004.

[ii] Datos citados por Hugo Chávez en el Programa Aló Presidente nº 208, del 17-10-2004.

[iii] Ignacio Ramonet, Milagros en Cuba, 13-10-2004. Publicado en Rebelión, sección Cuba frente al Imperio.

[iv] Tomado del Servicio de Noticias del Departamento de Estado de Estados Unidos, publicado el 14 de octubre de 2004. Noticia: Funcionario de EE.UU. describe esfuerzos para impulsar libertad en Cuba.

[v] Ver Salim Lamrani. Guerra de propaganda contra Cuba: la Cumbre de Praga, 7-10-2004 y Liberación. Cónclave de chacales en Praga, 18-9-2004. Ambos en la página de Rebelión Cuba frente al Imperio.

[vi] Ver el Discurso del Excmo. Sr. Embajador de España en Cuba con ocasión de la Fiesta Nacional, versión facilitada por la Embajada y publicada el 15-10-2004 en la página de AméricaEconómica.com .

[vii] Informe de Cuba sobre la resolución 58/7 de la Asamblea General de las Naciones Unidas. “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”. La Habana, 30-9-2004. Puede consultarse íntegramente en Rebelión, 1-10-2004.

(La Resolución de la Asamblea General de la ONU del 28-10-04 ha condenado el bloqueo a Cuba con 179 votos a favor, 4 en contra –Estados Unidos, Israel, Palau e islas Marshall- y una abstención –Micronesia-.)

[viii] El texto de Belén Gopegui puede consultarse en la página www.cubasolidaridad.org

El objetivo último de todo este esfuerzo es transformar, mejorar al hombre

Una reflexión sobre la cultura y el ocio en Cuba

Alpidio Alonso


Intervención de Alpidio Alonso, presidente nacional de la Asociación Hermanos Saíz, durante la sesión plenaria del VIII Congreso de la UJC

Querido Raúl:

Queridos compañeros:

Fidel nos ha dicho, que el socialismo cubano tenemos que hacerlo sin urna de cristal, a la intemperie, al descampado de una interacción con el resto del mundo. Y nos ha dicho que la cultura es el único antídoto frente a la penetración mortal del capitalismo. Con esa óptica cultural, de verdadera profundización en los conocimientos y la preparación de nuestra gente, nos ha convocado a luchar. Nos ha expresado que una Revolución solo puede ser hija de la cultura y de las ideas, y sobre esa base, se han erigido muchas de las realizaciones concretas de esta gran Batalla. Como bien ha recalcado él, no han sido solo conceptos, principios, teoría, réplicas y contrarréplicas, sino hechos, cosas palpables que se revierten en beneficio de la juventud y del pueblo, y que sustentan esas ideas, las reafirman.

Pues de eso se trata: pienso que con ese mismo espíritu debemos enfocar el tiempo libre de nuestros jóvenes. Yo diría que muchas de las cosas que tenemos logradas dentro de la Batalla de Ideas, tributan a un uso más culto del tiempo libre y a pensar la recreación de un modo diferente, sin condescender a estereotipos que la reducen a la discoteca o a la pipa de cerveza.

Es obvio, que si convenimos en considerar a la escuela como la primera y más importante institución cultural, las transformaciones y beneficios que vive esta, se revertirán también más allá de ella, con lo que sus estudiantes habrán aprendido y crecido allí. Es decir, que en el orden estratégico todo comienza allí, y de ahí también entonces, la importancia que vienen a jugar los instructores de arte en esos centros, en la elevación de los niveles de apreciación estética de los niños y jóvenes y en la orientación del gusto estético, de sus modos de participación y recepción del hecho artístico. El instructor viene a ser entonces un orientador, un verdadero animador cultural, un promotor de lo mejor del arte y la cultura universal, atento a la vida cultural de su entorno, de su territorio, y también a lo que se transmite por la radio y la televisión. En ese camino, su trabajo entronca con la creación de una nueva ética, de una nueva actitud.

A ese trabajo en la escuela, se suma la labor de otros importantísimos programas que tienen en el fondo un sentido profundamente cultural, y que lógicamente tributan a una transformación de nuestros conceptos de recreación y abren un espectro de posibilidades en el uso del tiempo libre. Por solo mencionar algunos, hablaría de las Ferias del Libro, del Plan de Publicaciones Territoriales, del desarrollo de la enseñanza artística, de las Bibliotecas Familiares y Populares, de los Talleres Vocacionales de Ballet, de los Videos Club Juveniles, del desarrollo de las bandas municipales, de la ampliación y reapertura de Museo de Bellas Artes, y, muy importante, de la creación de los dos nuevos canales educativos en la Televisión Cubana, así como de espacios como Universidad para Todos y la Mesa Redonda, que hacen una importantísima contribución también a este propósito.

Es decir, aquí no se ha estado cruzado de brazos, y en el orden estratégico se está yendo a la raíz, que es ir a la escuela y empezar desde los primeros años a formar un gusto por lo cultural, por lo verdaderamente valioso desde el punto de vista artístico.

¿Y todo esto por qué? Pues por dos razones: la primera, porque al ser humano le gusta reírse, cantar, divertirse, bailar, ser feliz. Al cubano le gusta ir al cine, o al teatro, o al campismo, o al estadio, o al cabaret, o necesita ir a la galería, al museo o a la playa, o prefiere escuchar música, o compartir entre amigos, o disfrutar leyendo un libro. Eso forma parte de las necesidades de todos los seres humanos y, en buena medida, definen la calidad de vida de este en una sociedad, al tiempo que constituye un importantísimo índice para validar su verdadero acceso a la democracia.

Y la segunda razón, es porque, en una guerra a muerte contra el capitalismo, con un enemigo que nos odia y que es rico, poderosísimo, con recursos que le permiten enmascarar toda su diabólica maquinaria de explotación y presentar incluso la guerra como un espectáculo; que tiene tecnología y dinero para lucir atractivo, moderno, seductor, y entablar en ese orden, una rivalidad desigual y criminal con nosotros, habría que ser tonto para no darnos cuenta que también ahí nos estamos jugando la Revolución.

Y es justamente ello lo que me lleva a esta reflexión. Pareciera que quienes estamos responsabilizados con esto no tuviéramos suficiente conciencia de que tenemos que terminar de ponernos de acuerdo. Que para luego es tarde. Que frente al imperio rico e implacable, nuestro recurso más importante sigue siendo la unidad: la unidad que convoque a nuestra inteligencia, nuestra creatividad, nuestro talento, nuestra voluntad de vencer.

Acabemos de entender, sí, que esos jóvenes que en las noches llenan los parques de nuestras cabeceras de provincias y municipios, sin un sitio a donde ir, son también nuestro problema. Que nuestra creatividad tiene que funcionar no solo en el verano, sino los 12 meses del año. Que tenemos el deber de sintonizarnos con los jóvenes, con los gustos de nuestros jóvenes, también para transformarlos.

Dejemos a un lado al triunfalismo; el triunfalismo no es revolucionario, no ayuda, porque no nos deja ver nuestros defectos y nos impide superarnos.

Revisemos entonces el funcionamiento de nuestras Comisiones de Recreación. Borremos esquemas y concibamos la recreación con un criterio más amplio, sin reducirlo a la programación cultural que puedan ofrecer solamente las instituciones del Ministerio de Cultura.

Sin ánimo de patetismo alguno, sino tratando de graficar lo que sin dudas es un síntoma, contrastante con todo lo que ya son avances indiscutibles en la formación de nuestros jóvenes, preguntémonos por qué hoy es tan recurrente que nuestras jóvenes (incluso excelentes estudiantes), al cumplir 15 años prefieran como regalo de cumpleaños un video casero, en el que por obra y gracia de la más absoluta mediocridad, aparecen doblando a Olga Tañón, o Cristina Aguilera, o abrazadas —en patético romance— a David Bisbal o a Leonardo Di Caprio en la cubierta del Titanic.

O ¿por qué, a esta altura de la Revolución educacional y cultural del país, es creciente el número de personas que consumen novelitas de Corín Tellado o entran en el circuito clandestino de alquileres de antenas y cables que a la vista de todos han ido proliferando, extendiendo el consumo de películas, novelas mexicanas y programas made in Miami del peor gusto?

Semejantes patrones de gusto no nacen de la nada, se conforman obedeciendo a causas que, en el caso de Cuba, son múltiples y de distinta naturaleza, y que, por ello mismo, su solución nos concierne a todos: a artistas e instituciones culturales, a organizaciones de creadores, a estructuras administrativas y dirigentes. Al INDER, el Campismo, el Turismo y la Gastronomía. A organizaciones políticas y de masas, a la escuela y la familia. Y, por supuesto, a los medios de difusión: la prensa plana, la radio y la televisión.

No tenemos otro camino que el de buscar la unidad en el esfuerzo de todos. La verdad no la tiene nadie en particular y por ello es imprescindible colegiar criterios, ofrecer soluciones y experiencias, abrirse a la cooperatividad con conciencia de que es bien serio "el juego en que andamos".

Particularmente los medios, y en especial la radio y la televisión, tienen una responsabilidad mayúscula en este empeño; por su alcance y credibilidad entre los cubanos, y por su capacidad para fijar paradigmas y referencias.

Ojo entonces, con la permisibilidad al facilismo y a la chabacanería en nuestros programas estelares. Ojo con tanto karaoke, que es ya la sublimación del ridículo, con tanto chisme farandulero en pantalla, con tanto viaje al extranjero y tanto triunfo pregonado, con tanto reggeaton lamentable, con tanta agrupación de segunda y tercera categoría, con tanto tatuaje y tanta cadena de oro, y tanto lujo extravagante, y tanta Operación Triunfo, y tanta frivolidad y superficialidad a seis pisos del cubano de a pie.

La misma televisión que no tiene ni un solo anuncio comercial, la misma que ha diseñado una excelente presentación de nuestra Serie Nacional de Béisbol y de nuestra programación deportiva, la misma de los programas de Torres Cuevas o de la programación educativa, no puede seguir siendo rehén de un criterio que subordina el rigor y la calidad de los programas estelares a lo que se dice, gusta y pide la gente.

Y no es que seamos apocalípticos ni hipercríticos con la televisión, sino que tenemos el deber de denunciar y criticar modelos y conductas muy dañinos que, con mayor o menor responsabilidad, desde allí se promueve.

No seamos ingenuos: ellos, allá, desde el poder despiadado y el dinero, con todos sus canales y satélites, con sus películas y sus anuncios de neón, nos dicen qué color debemos usar, qué cantantes debemos escuchar, qué película debemos ver, qué noticia debemos creer, qué marca de zapatos debemos usar. Ellos deciden la altura de nuestros tacones, y nos dicen cómo debemos lucir el pantalón: si subírnoslo hasta el ombligo o bajárnoslo hasta la cadera, si de corte más tubo o más campana. Y nosotros, como si de verdad ellos hubieran inventado la varita del gusto, nos juzgamos cheos o gente con swing, de acuerdo con lo que ya de antemano, ellos, sin consultarnos ni tomarnos en cuenta, predeterminaron que debía ser. Ellos ordenan, y nosotros, obedientes e ingenuos, les hacemos el juego.

Y lo que realmente complejiza todo esto, es que uno percibe que tenemos dentro del país una determinada capa social que reproduce este modelo y proyecta esa especie de cultura CUPET como símbolo de éxito hacia un entorno ávido de opciones, al que nuestros desatinos mediáticos, muchas veces no logran prevenir.

En dos palabras, compañeros: hablamos y hablamos criticando la globalización seudo cultural y su modelo banalizador y enajenante, y, sin embargo, no nos damos cuenta de que muchas veces somos nosotros mismos los portadores y transmisores de ese germen que desmedula y daña lo mejor de los valores que estamos cultivando. En el afán de ayudar, incluso, y de ampliar las opciones de recreación, improvisamos, y la chapucería nos lleva a terminarle el trabajito a nuestros "amiguitos" de Miami.

Tenemos, sí, muchísimo que hacer. Pero con el ejemplo fidelista y martiano que nos convoca a ser creativos en todo, y no copiar mecánicamente fórmulas que no están hechas para nosotros, y que desde hace rato debimos haber superado.

No hay que creer que para divertirse hay que desmontar la máquina de la inteligencia. No hay que condescender al criterio que por años nos han hecho creer, en virtud de su poder y su propaganda, de que ellos son los dueños de lo divertido, lo desconectante, la abundancia, el placer y la seducción. El capitalismo es cruel y enajenante, y su modelo asociado al dinero, al vicio, a la violencia, a la pornografía, a la droga, a la prostitución, no tiene nada que hacer entre nosotros.

Nadie como Cuba, está en condiciones de aportar a la satisfacción y la felicidad de sus jóvenes mediante un modelo de recreación nuevo, diferente, creador, que ponga la cultura en el centro de ese proyecto.

No tenemos necesidad de salir a buscar ídolos a otra parte: aquí nos sobran. Explotemos entonces esa fortaleza creada por la Revolución y potenciemos no la idolatría, ni el fanatismo, pero sí la admiración sincera —que es una fuerza revolucionaria— hacia nuestras grandes figuras del deporte, de la cultura, de la ciencia. Acabemos de una vez de empatar a nuestros medios con esa vanguardia.

Aprovechemos esa cantera en nuestro trabajo político ideológico. Apropiémonos de lo que la Revolución ha creado y hagámonos más convincentes a base de esos argumentos. No dilapidemos esa cantera que son nuestras propias conquistas, para nuestro trabajo político: nada necesitamos copiar de ellos para convocar y convencer. Todo lo contrario.

Con Raúl, soy de los que piensa que ¡sí se puede! Y si algo lo prueba, es precisamente lo que hemos hecho.

Hay una frase de Fidel, muy sencilla, que debiéramos difundir mejor: ¿Habrá un placer mayor que leer?, nos decía él.

Es decir, la lectura asumida no solo como fuente de conocimientos y de información, sino al mismo tiempo, como fuente de placer. A eso tenemos que aspirar, a que leer llegue a ser una fuente de placer que se masifique; y, por esa vía, a que nuestras formas de recreación y de uso del tiempo libre, no tengan que renunciar a lo elevado, y a lo realmente alto y creador, para lograr atractivo y placer.

Por eso hablar de la música en sus diferentes modos de disfrutarla: respondámonos con sinceridad si conocemos realmente los lugares adonde van nuestros jóvenes
—sobre todo, los fines de semana— a oír música y bailar. Tendremos tristemente que decirnos que las ofertas que no son en divisa, escasean casi hasta lo inexistente —sobre todo en la capital— y que la responsabilidad de convocatoria y de la calidad de la música que allí se pone, se la hemos dejado a un DJ que se despacha a su antojo no solo los dólares que cobra por ese servicio, sino también amplificando a todo volumen —con el consentimiento de todo el mundo— un producto que nadie controla, generalmente de muy baja calidad estética, pero que ya tuvo previamente su debut y su apoteosis en los medios.

Y así, ocurre una retroalimentación mutua, que pasa, además, por el casi exclusivo consumo de la música pirata que se vende en diferentes puntos a 45 y 50 pesos el disco grabado, sin que logremos una real contrapartida en ese mercado que, por supuesto, masifica y difunde lo peor, y que tiene precisamente en los medios —fundamentalmente en la radio— su principal vocero y promotor.

No abogamos aquí por el aburrimiento, ni el elitismo, y mucho menos venimos a alentar el síndrome de la prohibición. Todo lo contrario. Nuestro llamado va dirigido a no descuidar un flanco tan importante en nuestro trabajo de relación con nuestros jóvenes, y a generar opciones diversas, de distinta naturaleza, pero sin hacer concesiones en la calidad. Este, que desde una mirada superficial, pareciera un tema ajeno y sin mucha importancia, tiene no solo un eje económico y financiero imprescindible, sino también otro, de carácter ideológico, que no podemos soslayar ni subestimar.

Necesitamos de una diversidad cultural, donde, sin dar bandazos, la calidad no siga siendo lo alternativo: la canción inteligente, la nueva trova y la nueva canción en general, que constituyen cosecha pura del trabajo cultural en el período revolucionario, están prácticamente desaparecidas de nuestros medios y casi sin espacio para su disfrute en otros lugares; y aún, en la difusión de la música bailable por la radio y la TV, uno siente que ha habido un retroceso.

Cuba cuenta, como pocos países, con una música que la distingue y que le gusta a nuestra gente. Hay en ella una invaluable fuerza de alegría, de convocatoria, de cohesión y de reafirmación identitaria. Aprovechemos esa patria profunda de nuestra música y de nuestra cultura, en función de lo que realmente queremos para nuestros jóvenes.

La alegría, el verdadero disfrute, el goce y la plenitud espiritual, la verdadera fiesta de la libertad, solo pueden ser patrimonio del socialismo. Solo el socialismo puede aspirar a esto, porque solo el socialismo se centra en el hombre, en desarrollar y potenciar lo mejor de él; solo al socialismo le importa realmente transformar, mejorar, educar al hombre.

Pasemos entonces a la ofensiva y desatemos nuestra creatividad e inteligencia, sin olvidar que estamos en un combate y que hay, en ese campo de batalla, quien quiere robarnos la iniciativa y minar nuestra credibilidad, quien quiere desmovilizarnos y desacreditarnos en nuestra capacidad para conseguir una plena felicidad.

Por eso, vale la pena traer aquí, aquellos versos del poeta —recuperados, por cierto, al calor de esta Batalla— tallados, con mucha sabiduría, en el ébano duro de su voz:

...Al diente de la serpiente...

...Al veneno y al puñal.

Cierra la muralla.

O aquella frase del Che, cortante, tajante, definitiva, que en muy pocas palabras expresa todo lo que yo hubiera querido decir:

...Al imperialismo..., ni un tantico así.

Punto de maduración en la estrategia de Guerra de Todo el Pueblo

Ejercicio estratégico Bastión 2004

María Julia Mayoral
Granma


El ejercicio estratégico Bastión 2004 tiene objetivos de un rigor nunca antes concebido por nuestro país en su preparación para la defensa, sustentada en la concepción de Guerra de Todo el Pueblo, asegura el general de división Leonardo Andollo Valdés, segundo jefe del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Fijado para la semana próxima (del 13 al 19 de diciembre), Bastión 2004 se realizará bajo la dirección del Comandante en Jefe Fidel Castro, y tiene como objetivo primordial entrenar, preparar y comprobar a dirigentes, jefes, órganos de dirección y de mando, para cumplir sus misiones de tiempo de guerra, destaca el general Andollo.

Su ejecución, añade, servirá para generalizar nuevos conceptos de lucha concebidos para llevar a cabo la Defensa Nacional y Territorial contra un enemigo que nos supera tecnológicamente. En los últimos años, comenta, hemos continuado perfeccionando sin descanso nuestras concepciones defensivas en el plano táctico y operativo, y perfilando la estrategia de la Guerra de Todo el Pueblo; ello se pondrá a prueba en esta ocasión.

En las maniobras, con participación de la Defensa Antiaérea y Fuerza Aérea, la Marina de Guerra y las tropas terrestres, saldrán a la luz equipos y armamentos producidos o modernizados por la industria nacional; ellos son una muestra de las capacidades defensivas que hemos creado para enfrentar al enemigo. Mediante los reportajes de la prensa, el pueblo podrá conocer detalles del asunto, anuncia el alto jefe militar.

Según opina, un rasgo esencial de la dirección política y militar en nuestro país ha sido su capacidad para adelantarse a los acontecimientos y modelar nuestras acciones al considerar no solamente las doctrinas vigentes en las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos en cada momento, sino también sus proyecciones futuras; ello nos permite afirmar que las guerras contra Yugoslavia, Afganistán e Iraq han ratificado la justeza de las apreciaciones cubanas, el valor y alcance de las concepciones para librar con éxito la Guerra de Todo el Pueblo.

—¿Cuáles son las diferencias entre un ejercicio estratégico como el que está por hacerse y los que tienen lugar en el ámbito de los ejércitos y los territorios?

—Resultan distintos por su envergadura, los niveles de dirección que intervienen y los objetivos que se persiguen. Un ejercicio estratégico Bastión, como el organizado esta vez, posee una altísima complejidad. En él participarán el Consejo de Defensa Nacional, todos los consejos de defensa provinciales y municipales, una gran cantidad de los creados en las zonas de defensa, el total de las jefaturas y estados mayores de los ejércitos, las regiones y sectores militares, las principales unidades de las FAR, una parte considerable de otros órganos de dirección y de mando del nivel táctico, unidades de las Milicias de Tropas Territoriales, Brigadas de Producción y Defensa y formaciones combativas del Ministerio del Interior.

Otro factor de complejidad es que actuarán tropas y entidades hasta los niveles inferiores, por tanto las decisiones que se tomen en los niveles superiores tendrán una expresión práctica hasta el soldado; si son buenas, los combatientes dirán la última palabra, si son malas sucederá lo mismo.

Estarán presentes más de 1 000 órganos de dirección de empresas y otros objetivos económicos y aproximadamente 100 000 personas durante las dos primeras etapas del ejercicio; es decir, sin contar su tercera parte (los Días Nacionales de la Defensa, fijados para el 18 y 19 de diciembre), que contará con la participación de millones de ciudadanos.

Un ejercicio de tantos grados, de esa envergadura, con tropas y entidades de los niveles inferiores participando, es para nosotros la forma superior de preparación de los órganos de dirección y mando. Después de esto no hay nada más elevado en complejidad, solo la guerra.

—Hace 18 años que el país no ejecuta un entrenamiento de esa magnitud, ¿por qué hacerlo ahora, si la situación económica no resulta holgada?

—La decisión responde a la situación del escenario político-militar presente y futuro. Estamos obligados a probar y entrenar todo el sistema defensivo del país ante la creciente agresividad y las amenazas por parte del Gobierno de los Estados Unidos.

En Bastión 2004 cumpliremos el precepto de la concepción estratégica de Guerra de Todo el Pueblo: en caso de agresión militar contra nuestro país cada revolucionario, cada patriota cubano tendrá un medio, un lugar y una forma de combatir al enemigo, y con ello estaremos dando un paso más hacia la materialización de lo que consideramos la forma principal de ganar la guerra: evitándola.

El ejercicio estratégico debe dejar claro un mensaje a nuestros adversarios: van en ascenso la voluntad, la decisión de lucha y las capacidades movilizativa y defensiva de los cubanos. Cualquier país no hace lo que haremos la semana próxima durante Bastión y, además, con pleno apoyo popular.

Es cierto que la situación económica es compleja, pero ¿qué factores nos permiten efectuar el Bastión? Primero está la voluntad política y la necesidad de ejecutarlo ante el peligro de agresión enemiga. Segundo, si lo comparamos con el realizado en 1986, el del 2004 no llegará ni al 40% del gasto material de su antecesor, pues hemos ido a la búsqueda de eficiencia. Nos proponemos alcanzar una eficiencia superior, lograr la mayor cantidad posible de objetivos invirtiendo un mínimo de recursos.

Durante el Bastión las tropas regulares no acometerán ninguna maniobra excepcional, no prevista en el presupuesto, solo se han reestructurado las contempladas en el Año de Preparación para la Defensa. Otro elemento a tener en cuenta es que la mayor parte del ejercicio se dedicará al entrenamiento y preparación de los órganos de dirección y de mando, lo que no genera gastos importantes porque en la práctica lo que se produce es solo un cambio de labor. Por ejemplo, los grupos de trabajo del Consejo de Defensa de un municipio, están integrados por los mismos compañeros que trabajan en el Gobierno del territorio; la única diferencia durante la próxima semana es que se dedicarán a prepararse para tiempo de guerra.

El desarrollo de las telecomunicaciones, la automatización y avance de la esfera audiovisual durante los últimos años, gracias a la Batalla de Ideas, también han dotado a la nación de una importante infraestructura en municipios y localidades que ahora utilizamos en la preparación para la defensa. Así ocurre con los Joven Club de Computación y Electrónica y las salas de video. Buscamos el máximo de resultados con el mínimo de inversión. Y las experiencias de este Bastión nos permitirán seguir perfeccionando los conceptos de la Defensa Nacional y Territorial, de acuerdo con las características del combate moderno.

Bastión 2004 marcará un punto de maduración en las concepciones tácticas y operativas dentro de nuestra estrategia defensiva de Guerra de Todo el Pueblo.

El Tribunal Benito Juárez juzgará a EEUU por crímenes contra Cuba

Silvia Casado
Rebelión


El pasado día cuatro de diciembre, en el marco del Encuentro en Defensa de la Humanidad celebrado en Venezuela, se dio a conocer el Tribunal Benito Juárez, encargado de juzgar los crímenes del gobierno de los EEUU tanto militares como políticos y económicos contra la República de Cuba en los últimos cuarenta y cinco años. La rueda de prensa fue ofrecida por el antropólogo e investigador mexicano Gilberto López y Rivas y otros nueve miembros de dicho tribunal, entre ellos Ramsey Clark, antiguo fiscal general bajo el gobierno de Jhonson y actualmente abogado internacional y Leonard Weinglas, abogado defensor de los cinco ciudadanos cubanos prisioneros en los EEUU.

“El tribunal Benito Juárez surge por la preocupación de mexicanos y latinoamericanos sobre la política agresiva de los EEUU hacia distintos países. Vimos la posibilidad de que se produjera una agresión militar contra Cuba, incluso contra Venezuela, precisamente a través del Plan Colombia. Ante esta situación, consideramos fundamental hacer una síntesis de lo ha sido la política de agresión de los distintos gobiernos norteamericanos en los últimos cuarenta años hacia el pueblo cubano” explicó Gilberto López y Rivas.

“Se trata de un tribunal civil, tal y cómo lo establece el sistema jurídico mexicano, en el que diferentes personalidades de trayectoria intachable van a participar en función de jueces –añadió-. El alcance del Tribunal es político y moral, pero no tiene ninguna posibilidad de hacer un juicio con efectos jurídicos. Sus antecedentes los encontramos en el tribunal Russell, creado para juzgar los crímenes de la guerra de Vietnam, en el que participó en calidad de juez el filósofo francés Sartre, o en el recientemente creado en Bélgica para los crímenes de la guerra de Irak” .

“De esta manera -continúo López y Rivas-, en el mes de febrero se va a presentar un alegato inicial muy fundado, por lo que hemos pedido al gobierno cubano que prepare un testimonial, tanto de personas individuales como de diferentes organizaciones, para que expongan ante este Tribunal cómo ha afectado la política de los EEUU a Cuba, y en particular el inhumano bloqueo tanto económico como político. Este alegato se entregará en la embajada de los EEUU en México. Si el gobierno norteamericano no respondiera en cuanto a defender sus posiciones tendrá derecho, según establece el sistema jurídico mexicano, a abogados de oficio”

En la misma rueda de prensa Ramsey Clark y el padre François Houtart explicaron las razones por las que habían aceptado formar parte de este tribunal: “El objetivo del Tribunal Benito Juárez es desenterrar todas las acciones violentas dirigidas desde Washington hacia Cuba y crear un precedente para que algún día los EEUU puedan ser juzgados por un tribunal internacional por crímenes de guerra contra distintos países, y entre ellos Cuba” exclamó Ramsey Clark. Para el padre Houtart “ la eficacia de este Tribunal va a depender en gran parte de los medias, por la importancia de la difusión de dicha información para crear opinión”

“Cuba sintetiza por un lado la agresión sistemática y criminal de una nación poderosa, y por otro la dignidad y soberanía

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

"El capitalismo ha perdido toda esencia humanista, vive del derroche y para el derroche. Baste decir que en Haití, Cuba tiene 450 médicos y los países industrializados no pueden enviar 50"

Discurso pronunciado por el presidente cubano Fidel Castro en la clausura del VIII Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas. La Habana. 5 de diciembre de 2004

La Pedrada


Queridos delegados, invitados y participantes en el VIII Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas:

Una parte de los conceptos que voy a expresar hoy han sido dichos y publicados; algunos se han desarrollado más en medio de la lucha; otros se refieren a las metas alcanzadas; otros son reflexiones.

Un día como hoy, en que ustedes me invitan a dirigirles la palabra, trataré de explicarles cómo y por qué es un día muy especial para todos nosotros.

Lamentablemente la responsabilidad que cayó sobre mí a lo largo de este intenso y difícil proceso revolucionario, y de modo particular mi relación con la Batalla de Ideas, me obligan a referirme a discursos, reflexiones y conceptos propios, lo cual no me agrada, y pido por ello de antemano excusas. Siempre he pensado que las ideas no giran en torno a los hombres públicos, son estos quienes deben girar en torno a las ideas.

El grado en que me atreví a pronosticar acontecimientos que hoy comienzan a confirmarse como irrefutables verdades, está asociado únicamente a la experiencia acumulada. Pude morir tempranamente, como otros muchos revolucionarios cubanos a lo largo de nuestra historia. Los adversarios de ayer y de hoy hicieron lo posible y lo imposible por lograrlo, pero tuve el privilegio de haber luchado durante muchos años, desde que en los primeros meses de 1953 concebimos la idea de ocupar las armas del Regimiento de Santiago de Cuba para iniciar la lucha, y el privilegio no constituye un mérito; el mérito verdadero está en aquellos que creyeron y estuvieron dispuestos a sacrificar hasta la vida por los objetivos que proclamábamos.

Cuando hace apenas tres días algunos me felicitaban, recordándome que se cumplía el 48 Aniversario del desembarco del Granma, mi primera reacción fue de sorpresa. ¡Cuánto tiempo transcurrido y cuántos hechos acontecidos! Absorbidos por los actuales deberes, algunos de nosotros que participamos en aquella acción apenas disponemos de un segundo para recordar los inicios de la larga marcha que estábamos emprendiendo en los días del Moncada y del Granma. Yo lo definiría todo como un largo aprendizaje en el que la propia ignorancia con que iniciamos aquel inédito camino nos asombra.

Acudo al recurso de recordar, en apretadísima síntesis, utilizando muchas veces frases textuales, lo esencial que expresé en tres momentos que precedieron la Batalla de Ideas que hoy preside el espíritu del VIII Congreso de nuestra prestigiosa Unión de Jóvenes Comunistas.

El 8 de octubre de 1997, en el Informe Central al V Congreso del Partido, expresé:

«Es evidente la necesidad de un trabajo más fuerte, un trabajo más intenso en nuestras filas juveniles, puesto que estos tiempos y este Partido exigen seguir nutriéndose de cuadros y de militantes procedentes de la juventud.»

«Creo que más que nunca, más que en ninguna otra época, por ser esta la más difícil, la más dura, se requiere de un trabajo especial con la juventud y en la formación de nuestros jóvenes, porque no puede ser que los que vengan después de esta generación dejen de ser mejores.»

«Queremos que tengan el máximo de conciencia de su papel, de lo que pueden hacer por su país, de lo que pueden hacer por la Revolución, de lo que pueden hacer por su futuro.»

En mis palabras sobre la juventud en la clausura del V Congreso del Partido, el 10 de octubre de 1997, señalé:

«Tenemos el Partido, tenemos nuestra magnífica juventud —sí, así con esas palabras, ¡magnífica juventud!—, a la cual, desde luego, le pedimos y siempre le pediremos más, y le pediremos más trabajo político; trabajo político que no es lo mismo que usar una consigna. El Partido también, durante mucho tiempo, a veces fue esquemático, dogmático, trabajó con consignas, no siempre con argumentos.»

«Hay que trabajar con los ciudadanos en concreto, uno a uno; no es solo el trabajo a través de la prensa y de la televisión, o de las conferencias, o de los mítines políticos. El trabajo de convencer y persuadir a los seres humanos uno por uno es histórico. Las religiones se crearon de esa forma y han durado miles de años.»

«Nosotros los revolucionarios tenemos que hacer lo mismo. Nuestros cuadros y los de la juventud tienen que trabajar así, y nunca dar a nadie por perdido.»

«A partir de la más profunda convicción de que tenemos la razón y defendemos lo más justo, lo más hermoso, lo más humano, discutir todo el tiempo que haya que discutir, explicar todas las veces que haya que explicar, enseñar, educar. No se puede hacer trabajo político en abstracto. Profundizar en los conocimientos, en las ideas, en lo que pasa aquí y en lo que pasa en el mundo. Ser francos, ser valientes, ser veraces.»

«En el Partido hay 780 mil ciudadanos, y luego están todos los demás revolucionarios que no son miembros del Partido. Es tarea de todos la de convertir en regla lo que en muchos casos es excepción y la de generalizar nuestras mejores experiencias. ¿Cómo sería posible que no lo lográramos? ¿Qué somos? ¿Qué valemos si no podemos? Con todo lo que conocemos hoy día, con todas las posibilidades que tenemos, hay que hacerlo. Esa sería la verdadera victoria de las ideas.»

El 10 de diciembre de 1998, en el VII Congreso de la UJC, afirmé:

«Hay que reunirse, en medio de la batalla, con la tropa elite para debatir, analizar, profundizar, trazar planes, estrategias, abordar temas y elaborar ideas, como cuando se reúne el estado mayor de un ejército.»

«Utilizar sólidos argumentos para hablar con los militantes y con los que no son militantes; para hablar con los que pueden estar confundidos, o incluso para discutir y polemizar con aquellos que tengan posiciones contrarias a las posiciones de la Revolución, o porque estén influidos por la ideología del imperialismo en esta lucha tremenda de ideas que libramos desde hace años precisamente para llevar a cabo la proeza de poder resistir al más poderoso imperio en el terreno político, militar, económico, tecnológico y cultural que haya existido jamás. Los cuadros de la juventud tienen que estar bien preparados para esa tarea.»

«En esta lucha de tipo ideológico las armas fundamentales son las ideas, el arsenal de municiones más importante es también el de las ideas. Tenemos que pertrechar de ideas a nuestros cuadros, para que ellos, a su vez, las vayan transmitiendo a toda la juventud y a todo el pueblo.»

«Este ejército conoce su plan, conoce su estrategia, y los enemigos que se vayan enterando sobre la marcha. Vuelvo a asociar la idea de esta lucha a una gran batalla que libra un ejército de vanguardia, una tropa elite de la Revolución. Ubico en primer lugar la Revolución y el Partido, que son al fin y al cabo la misma cosa.»

«En la breve reunión con el nuevo Comité Nacional pude hablarles con un poco más de libertad, por ser un número más reducido de compañeros, y en una reunión con el Buró Nacional podríamos hablar con mayor libertad todavía, más argumentos y elementos de juicio.»

«Este VII congreso —dije entonces— ha sido un excelente congreso, uno de los congresos en que se ha discutido con más amplitud, en que bajo ningún concepto se trató de rehuir uno solo de los temas; al contrario, hubo una exhortación constante a que se abordaran todos los temas por espinosos que fuesen, por complejos que fuesen, precisamente para obtener de esta reunión todo el provecho posible, y me parece que lo hemos logrado.»

«Ha sido posible, es necesario expresarlo categóricamente, gracias a un trabajo extraordinario que se ha realizado a lo largo de un año, bajo la dirección del Buró Nacional de la UJC. Realmente aquí donde se han hecho reconocimientos, hay que hacerles un reconocimiento muy sincero, muy sentido a los compañeros del Buró y a los numerosos cuadros que, bajo la dirección de Otto, trabajaron desde la convocatoria hasta este mismo minuto.»

«Hemos aprendido todos, no solo ustedes sino también nosotros.»

«El congreso —les añadí— refleja un creciente fortalecimiento de la UJC para llegar a disponer de experiencia y organización superiores a las que haya tenido nunca, también de un prestigio y una influencia superiores a los que haya tenido nunca, y en sectores claves, verdaderamente estratégicos de la sociedad de hoy y, aun mayor, de la sociedad futura, del país futuro; de una organización como la que se requiere en estos tiempos, ¡en estos tiempos históricos!»

«Una de las cosas extraordinarias de nuestra Revolución es que desde que vino al mundo —y pudiera decirse que las ideas de nuestra Revolución se engendraron en aquella colina universitaria— hubo estrecha vinculación de hermanos gemelos, y casi casi podría decirse de hermanos siameses, entre Revolución y juventud. Vayan a buscarla en algún otro país del mundo en un grado tan alto como el que existió, existe y existirá siempre en este profundo proceso revolucionario. Nuestra Revolución cada día renace, porque las ideas que representamos, la justicia que defendemos, la causa por la que luchamos, es hoy la causa, y no puede haber otra causa que la causa de miles de millones de personas en este planeta.»

«Y digo ideas porque esta lucha de la que estamos hablando va a ser fundamentalmente una lucha de ideas; no serán guerras. Los problemas del mundo no se resolverán con armas nucleares, es imposible, ni se resolverán mediante guerras; e incluso digo más, no se resolverán mediante revoluciones aisladas que, en el orden implantado con la globalización neoliberal, pueden ser aplastadas sencillamente en cuestión de días o cuando más de semanas.»

«No por ello, sin embargo, podemos descuidar la defensa ni un minuto, porque con las crisis inevitables, un cambio de administración, un grupo fascistoide o una extrema derecha en el poder, es suficiente para que el imperio vuelva a sus viejas andanzas. Los peligros de agresiones militares no pueden descartarse. Hoy la batalla real es batalla de ideas.

«La Revolución pudo resistir porque sembró ideas.»

«Aceleradamente se globaliza el mundo, aceleradamente se establece un orden económico mundial insostenible e insoportable. Las ideas son la materia prima con la que se forman conciencias, son la materia prima por excelencia de la ideología. Prefiero llamarlas materia prima de la conciencia para expresar que no se trata de ideología estricta y rígida, sino de una conciencia avanzada, es decir, una convicción a la que van a ir arribando inevitablemente cientos de millones y miles de millones de personas en este planeta, y que será sin duda la mejor alternativa para que esas ideas lleguen a triunfar en todo el mundo.»

«No son las armas; son las ideas las que van a decidir esta lucha universal. Y no son las ideas por sus valores intrínsecos, sino por lo que tan estrechamente se ajustan a las realidades objetivas del mundo de hoy. Son ideas a partir de la convicción de que matemáticamente el mundo no tiene otra salida, de que el imperialismo no puede sostenerse, de que el sistema que han impuesto al mundo lo conduce a un desastre, a una crisis insalvable, y me atrevería a decir que más temprano que tarde.»

«Es a partir de esas premisas y de esas convicciones que valoro lo que hemos analizado y lo que estamos haciendo en estos días; no es lo único ni mucho menos, pero tiene el valor de lo esencial.»

«Esta batalla que ustedes están librando no puede perderse. Sin las tareas que ustedes tienen que cumplir, sin el trabajo que ustedes van a realizar —y lo van a realizar, no tengo la menor duda, de forma absolutamente exitosa—, no se podría hablar de lo que soñamos, no solo para nuestros compatriotas sino para todos los habitantes de este planeta.»

«Nunca, en ningún sitio, ningún pueblo hizo lo que el pueblo de Cuba está haciendo hoy. Y lo que está haciendo hoy con ideas, sembrando ideas, cultivando ideas y desarrollando ideas, será imposible que pueda terminar de otra forma sino con la victoria de las ideas, con la seguridad de que esta Revolución no desaparecerá ni se derrumbará (Aplausos), porque está sedimentada sólidamente sobre ideas que se profundizan y desarrollan.

«Las ideas justas son invencibles. Y Martí dijo de ellas: `Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras'; y `una causa justa desde el fondo de una cueva puede más que un ejército.'»

«Las ideas no solo son un instrumento para crear conciencia para que los pueblos luchen, sino que las ideas se han convertido en el principal instrumento de lucha en este momento; no en una inspiración, no en una guía, no en una orientación, sino en el principal instrumento de lucha.»

«No somos ni podemos ser dogmáticos; sin dogmas de ninguna clase, con una mentalidad verdaderamente dialéctica y flexible, lo cual no admite, ni en lo más mínimo, el oportunismo o el pragmatismo.»

«Somos flexibles y somos dialécticos a partir del más rígido apego a los principios y a los objetivos de nuestro proceso revolucionario, y a las nuevas metas que no le pedimos a nadie, que no ambicionábamos, que no pretendíamos, sino a las nuevas metas que la vida y la historia de lo ocurrido en estas décadas hizo recaer sobre nuestro país y sobre nuestros revolucionarios. Y si así ha sido, no nos queda otra alternativa que luchar con todo el entusiasmo, pensando no solo en nosotros sino también en todo el bienestar que puedan significar para tantas personas en el mundo los frutos de nuestras luchas.»

BATALLA POR LA JUSTICIA Y LA FELICIDAD DE TODO NUESTRO PUEBLO

Había transcurrido un año exacto de estas últimas palabras cuando quiso el azar que se desatara la colosal Batalla de Ideas que nuestro pueblo ha estado librando desde hace hoy exactamente cinco años.

El 5 de julio del año 2000, al condecorar a Juan Miguel González con la Orden "Carlos Manuel de Céspedes", recordaba cómo lo conocí un año antes, precisamente un 2 de diciembre, y cómo comenzó la batalla por el regreso de Elián. Aquel día señalaba:

«Le hice numerosas preguntas que él, en medio de su visible dolor y tristeza, respondía con argumentos persuasivos e incuestionables pruebas sobre su relación afectuosa, intachable y constante con el niño.»

«En ningún instante dejé de percibir en su rostro los rasgos de un hombre noble, sincero y serio. Le expresé mi convicción de que a través de trámites judiciales jamás devolverían al niño. Se trataba de un caso en que los tribunales de Estados Unidos no tenían jurisdicción alguna, y que solo correspondía a las autoridades de Inmigración de Estados Unidos el deber de proceder a la inmediata devolución de su hijo; pero conocía suficientemente bien cuán arrogantes, arbitrarias, parcializadas y cómplices se comportaban las autoridades de Estados Unidos en todo lo relacionado con las fechorías y crímenes que se cometían contra nuestro pueblo. La devolución de ese niño solo podría lograrse mediante una intensa batalla política y de opinión pública nacional e internacional.»

Al día siguiente —como comenté en aquel acto— intercambié con los compañeros de nuestra dirección, y sin perder un minuto me comuniqué con los dirigentes de la Unión de Jóvenes Comunistas y de la Federación Estudiantil Universitaria. Los jóvenes y los estudiantes serían la vanguardia en esa lucha con el pleno apoyo de todas las fuerzas revolucionarias.

Cuarenta y ocho horas más tarde, un domingo por la noche —como hoy, hace exactamente cinco años—, se produjo la primera protesta ante la Oficina de Intereses de los Estados Unidos, en la que participaron mil jóvenes de las Brigadas Técnicas Juveniles que concluían una conferencia nacional.

Así comenzó la épica lucha por la liberación de Elián. Aquel combate por un niño se transformó rápidamente en una batalla por la justicia y la felicidad de todos nuestros niños y todo nuestro pueblo.

Con la más profunda convicción, ya expresada en mis palabras al clausurar el VII Congreso de la Juventud que aquí recordaba, de que las ideas son el arma esencial en la lucha de la humanidad por su propia salvación, la batalla que emprendimos fue de pensamiento, de argumentos, de réplicas y contrarréplicas, pero también de hechos y realizaciones concretas.

En la coordinación y el impulso de alrededor de 200 programas de la Revolución puestos en marcha como resultado de este combate, ha laborado la Unión de Jóvenes Comunistas como parte del grupo de trabajo de la Batalla de Ideas.

A las tareas de intercambio, análisis y orientaciones con ese grupo constituido en su mayoría por dirigentes de la Juventud Comunista y representantes de los trabajadores, los estudiantes y las mujeres, bajo la dirección de nuestro Partido, he dedicado en estos años más de siete mil horas de provechoso e inolvidable esfuerzo.

Se ha trabajado durante todo ese tiempo profundizando en la visión crítica y no autocomplaciente de nuestra obra y de nuestros objetivos históricos. Se han puesto en práctica revolucionarios conceptos que barren con el formalismo y el conformismo y aceleran los procesos de transformaciones necesarias para el futuro del país.

Entre ellos están algunos tomados de los propios apuntes de los cuadros de la Juventud y de otros participantes en nuestras reuniones:

Ningún joven debe quedar abandonado y ningún ciudadano depender de su suerte.
No hay problema sin solución, de lo que se trata es de encontrar alternativas.
La labor de coordinación que se ejecuta debe contar con el estudio constante para la toma de decisiones, información actualizada que tome en cuenta con toda precisión los detalles; meditar y pensar bien cada acción, actuar con rapidez y no perder nunca un minuto.
Encontrar nuevos métodos y mecanismos de coordinación para que todos los organismos y entidades participen bajo el concepto de que la prioridad está en los intereses del país por encima de contradicciones burocráticas, ansias protagónicas y celos institucionales.
Lograr una alta implicación y compromiso de los cuadros y trabajadores que participan en cada uno de los programas.
Aplicar la crítica y la reflexión oportunas.
Cada idea nos conduce siempre a otra nueva y esta a otras y otras. Una idea nueva, por buena que parezca, debe ser sometida a pruebas y experimentos serios en condiciones reales.
La discreción y compartimentación son principios básicos en la labor de conducción y coordinación de los programas. Solo se divulgarán estos cuando ya sean realidades; evitaremos así promesas que puedan no cumplirse o promesas cumplidas que luego se descuidan, olvidan y abandonan.
Las empresas que participan no deben tener ninguna ganancia ni tampoco pérdidas. Las obras se deberán ejecutar de manera rápida, al costo, con calidad y uso óptimo de los recursos.
Se garantizará el mantenimiento de los equipos y de las instalaciones puestos a disposición de los programas. Todo debe estar siempre como el primer día.
A esta sencilla muestra de lo que quedaba en la mente de los cuadros se pueden añadir cientos de observaciones más ante la necesidad de actuar con urgencia y asegurar el éxito. Había que ganar todo el tiempo perdido por la rutina, el esquematismo y otros hábitos que detienen los avances y objetivos que solo un sistema verdaderamente socialista puede alcanzar.

Un día expresé textualmente:

«La Revolución, más allá de los derechos y garantías alcanzados para todos los ciudadanos de cualquier etnia y origen, no ha logrado el mismo éxito en la lucha por erradicar las diferencias en el status social y económico de la población negra del país, aun cuando en numerosas áreas de gran trascendencia, entre ellas la educación y la salud, desempeñan un importante papel.»

Las palabras de este párrafo en concreto fueron pronunciadas por mí, sin vacilación alguna, el día 7de febrero del pasado año en la clausura del Congreso Internacional Pedagogía 2003, que tuvo lugar en medio de la Batalla de Ideas. Era algo que llevaba por dentro y deseaba exclamarlo; triste herencia de la esclavitud, las sociedades de clases, el capitalismo y el imperialismo.

Nunca existió en ninguna parte una verdadera igualdad de oportunidades. La posibilidad de estudiar, superarse y obtener un título universitario fue siempre patrimonio exclusivo de los sectores que poseían más conocimientos y recursos económicos. Solo por excepción los pobres escapaban de este fatalismo.

Los enormes avances alcanzados por el socialismo habían creado las bases, pero faltaba dar el salto. Podemos afirmar que, gracias a la Batalla de Ideas, la vida de los niños, los adolescentes, los jóvenes y la familia cubana hoy no es igual a la de cinco años atrás.

En la escuela primaria un maestro atiende en la actualidad a solo 20 niños, lo que permite una mejor instrucción, atención diferenciada a cada uno de los alumnos y su familia, y una educación más integral.

Cuentan con televisores, videos y laboratorios de computación, instrumentos de increíble eficiencia que, puestos en función de la enseñanza, permiten multiplicar los conocimientos de nuestros niños. Ni un solo niño de Cuba ha quedado sin acceso a estos modernos medios. Las escuelas que carecían de electricidad, hoy disponen de paneles solares para utilizar la computadora, el televisor y el video.

La computación comenzó a impartirse desde preescolar. Doce mil 958 profesores de computación básica formados en cursos emergentes llegaron a las aulas y a su vez todos los maestros de primaria recibieron cursos idóneos en esta materia.

Los niños con necesidades educativas especiales también han recibido nuevos y modernos medios de enseñanza para su formación. Hace dos años inauguramos la primera Escuela de Autismo, discapacidad olvidada en casi todos los países del mundo.

Ahora los niños comienzan a estudiar el idioma inglés desde tercer grado por video clases. Aprenden masivamente el ajedrez en las escuelas y reciben la labor cultural y de promoción artística a través de los primeros 3 mil 271 Instructores de Arte graduados el pasado 20 de octubre, los que serán reforzados cada año con una cifra similar o mayor de instructores que laborarán no solo en el sector educacional sino también en el resto de las instituciones culturales y sociales de la comunidad.

Hemos logrado mejorar la alimentación en las escuelas que tienen servicio de almuerzo escolar, que son ya la inmensa mayoría de las que lo requieren.

Se brinda atención sistemática a todos los niños detectados con problemas nutricionales cuando se aplicó el primer programa para medir el peso y la talla de todos los niños hasta 15 años, en el 2001.

Hace poco concluyó un Estudio Integral de toda la Población Infantil, que evalúa aspectos como el estado nutricional, la atención educativa, el medio familiar y condiciones de vida, que están recibiendo la debida atención.

Todas estas transformaciones han permitido tener un verdadero sistema de doble sesión de clases y han posibilitado que nuestros niños de Primaria aprendan hoy 2,2 veces más en Matemática y 1,5 veces más en Español que hace cuatro años, cifras que deben crecer a medida que nuestro sistema educacional prosiga el desarrollo programado. Se han igualado las posibilidades reales de conocimiento y oportunidades de desarrollo físico y mental para todos los niños sin importar su lugar de residencia, color de la piel y origen social.

Los extraordinarios cambios que tienen lugar en la Primaria se han hecho con modestos recursos, utilizados con inteligencia y sentidos de igualdad y justicia, y por encima de todo brindando las mismas oportunidades a todos los niños del país.

De igual forma se trabaja y continuará trabajando intensamente en el perfeccionamiento y desarrollo de los demás niveles de enseñanza escolar.

En las escuelas Secundarias Básicas también se emprendieron transformaciones radicales, al experimentar un modelo educativo diferente que rompe con las viejas concepciones de enseñanza para niños y adolescentes de séptimo, octavo y noveno grados, que en el resto de los países afrontan una profunda crisis.

Esta enseñanza cuenta ahora con un profesor general integral responsabilizado con la atención de 15 alumnos, el cual imparte todas las materias excepto Inglés y Educación Física. Es un tutor, un educador, un preceptor para cada estudiante, quien se libra con ello del excesivo número de profesores de diferentes asignaturas, con lo que no era posible lograr la integración de los conocimientos y la influencia educativa necesaria en esta etapa decisiva de la vida.

Gracias a este paso la relación de la escuela con la familia ha mejorado cualitativamente, lo que permite su más amplia cooperación e incluso cambios en las actitudes y el tratamiento de muchos padres a sus hijos.

Las clases de Matemática, Español, Historia, Inglés y Física las reciben a través de videos con clases elaboradas por los más prestigiosos docentes del país, lo que apoya considerablemente el esfuerzo de los profesores y eleva la calidad y profundidad de los contenidos que se imparten.

Se incrementó la frecuencia de clases en Matemática, Computación, Español e Historia, con lo que los alumnos reciben más contenido y multiplican sus conocimientos en estas materias.

Los nuevos instructores de arte también están en nuestras Secundarias Básicas promoviendo la cultura y acercando a nuestros adolescentes a las mejores tradiciones de Cuba y el mundo.

Se programó que los estudiantes de Secundaria Básica recibieran merienda escolar o almuerzo, lo que les permite afrontar en adecuadas condiciones alimentarias la doble sesión de clases y ofrece una mayor garantía de seguridad para los alumnos de este nivel, que no tienen que salir de sus escuelas hasta el final del horario docente.

El pasado 2 de diciembre de 2004, 307 mil 339 alumnos y 38 mil 246 trabajadores de 591 Escuelas Secundarias Básicas Urbanas estaban recibiendo ya gratuitamente la merienda escolar. Faltan por incorporar los estudiantes de 83 de estas escuelas, que recibirán los beneficios de este programa en los primeros tres meses del próximo año.

Los estudiantes de las Escuelas de Conducta cuentan con la atención de los trabajadores sociales, los cuales son los encargados de organizar la acción de la sociedad para modificar las causas y condiciones que originan la desventaja social y los trastornos de conducta de estos adolescentes.

ESTOS PROGRAMAS HAN SIGNIFICADO POSIBILIDADES INÉDITAS PARA JÓVENES Y ADULTOS

Nuestros jóvenes, desde los 16 años en adelante, han estado también en el centro de estas profundas transformaciones.

Se crearon las Escuelas de Trabajadores Sociales, que han graduado ya a 21 mil 485 jóvenes, como un verdadero contingente de apoyo y solidaridad social que actúa en casi todos los Consejos Populares del país. Cada año se preparan otros 7 mil jóvenes con el empleo de nuevos conceptos pedagógicos, organizados no solo en las escuelas destinadas a ese objetivo, sino también en sus propios municipios, ubicados en las llamadas casas-escuelas, utilizando para ello televisores, videos, computadoras, bajo la guía de experimentados profesores y vinculados directamente a las realidades sociales de sus comunidades. Todos al graduarse tienen acceso directo a numerosas carreras universitarias afines a su multifacética actividad.

Se crearon los cursos de Superación Integral para Jóvenes de 17 a 30 años, que habiendo aprobado el noveno grado, que ya es el nivel general en esas edades, no estudiaban ni trabajaban.

Esto ha permitido que más de 150 mil jóvenes se vinculen a los programas de superación integral recibiendo un ingreso adecuado a su edad y necesidades.

Los resultados obtenidos han posibilitado que 48 mil 406 egresados de estos cursos hayan ingresado ya en diferentes carreras universitarias, incluidas las Ciencias Médicas, con resultados altamente positivos.

En el transcurso de la Batalla de Ideas se alcanzó un viejo sueño: la universalización de la educación superior, abriendo el acceso a las universidades a todos los jóvenes egresados de los Programas de la Revolución y a los trabajadores en general.

Este programa ha significado posibilidades inéditas para jóvenes y adultos que antes no podían llegar jamás a la Educación Superior y ahora se incorporan al propósito revolucionario de alcanzar una cultura general integral para todos los ciudadanos, con independencia del trabajo social que desempeñen.

Estos programas han dado lugar a que el país cuente hoy con la mayor matrícula de su historia en la enseñanza superior, 380 mil estudiantes; de ellos, 233 mil 11 se forman en las 938 sedes universitarias existentes en los 169 municipios del país.

Respuesta decidida y comprometida han dado los 65 mil 427 profesores y tutores que trabajan en la Universalización, provenientes de la gran masa de más de 700 mil profesionales formados por la Revolución con que cuenta el país, a pesar del constante robo de cerebros de que son víctimas los países del Tercer Mundo.

Nuestra aspiración de contar con centros de excelencia en la educación superior dio lugar al surgimiento de la Universidad de las Ciencias Informáticas, primera institución de su tipo surgida en la Batalla de Ideas.

En apenas dos años y tres meses de inaugurada esa ya prestigiosa institución universitaria, estudian allí más de 6 mil jóvenes de todos los municipios del país, bajo novedosas concepciones y métodos revolucionarios de trabajo, obteniendo rápidamente significativos logros en la enseñanza y la actividad productiva.

El espíritu y los conceptos aplicados a la Universidad de las Ciencias Informáticas debemos extenderlos a los politécnicos de esta rama que en todo el país preparan a casi 40 mil técnicos medios en Informática.

Este proyecto relacionado con los Politécnicos de la Informática, acordado recientemente, pudiera calificarse como el último programa de la Batalla de Ideas correspondiente al período del 2000 al 2004. Para ello se asignarán los recursos materiales y equipos necesarios. El Ministerio de Educación, el Ministerio de la Informática y las Comunicaciones y la Unión de Jóvenes Comunistas han recibido ya las instrucciones pertinentes.

Para todas las familias cubanas la Batalla de Ideas ha significado mucho por las perspectivas de seguridad y desarrollo físico y mental que ofrece sin excepción alguna a sus hijos.

En una esfera tan vital como la salud, reciben el beneficio de importantes inversiones, que abarcan la totalidad de los 444 policlínicos, 107 de ellos ya totalmente transformados y 34 en ejecución. A esto se añaden las labores de reconstrucción y modernización que se llevan a cabo en 27 hospitales, como parte de un programa que abarcará igualmente a todos; la apertura de 217 salas de fisioterapia en los policlínicos, los que en su totalidad contarán con este servicio a fines del próximo año; se han creado 24 nuevos servicios de hemodiálisis, 88 ópticas y 118 centros de terapia intensiva en los municipios que por carecer de hospitales quirúrgicos no disponían de este valiosísimo recurso médico que ha salvado ya miles de vidas.

El programa de reequipamiento tecnológico en plena marcha beneficia a la totalidad de los servicios primarios y secundarios con que cuenta el país, con la gran ventaja adicional de acercar los servicios médicos más importantes y de calidad a los hogares y lugares de residencia de la población.

En los asentamientos campesinos sin electricidad y con difícil acceso, se han inaugurado mil 905 salas de televisión, que permiten la información, la recreación y el acceso a los programas televisivos docentes a más de medio millón de cubanos que residen en esos lugares, los últimos que carecían de ella.

La ampliación de los Joven Club hasta 300 centros ha permitido la formación de 436 mil 753 compatriotas en técnicas de computación en los últimos cuatro años, desde principios de abril del 2001, cuando fueron inauguradas las nuevas instalaciones, elevando hasta 3 mil las computadoras asignadas. Este excelente programa se está ampliando con otros 300 centros adicionales, 100 de los cuales están ya concluidos.

Las Ferias del Libro se han convertido en una gran fiesta de la familia cubana. Ampliada de su recinto tradicional en la Capital a 19 ciudades del país en el 2002, y este año hasta 34 de ellas, ha acogido en las últimas tres ediciones a 9 millones y medio de participantes y se han puesto a la venta más de 15 millones de libros.

La Biblioteca Familiar contribuyó al acceso de nuestro pueblo a lo mejor de la literatura cubana y universal, a precios asequibles. Se produjeron 100 mil colecciones de 25 títulos. Está lista editorialmente una segunda colección.

Dos nuevas y modernas imprentas de gran capacidad han sido adquiridas, una de ellas está en pleno funcionamiento y la segunda en proceso de inversión. Se asignaron recursos para la reparación y modernización de todas las instalaciones de la Unión Poligráfica Nacional.

La Universidad para Todos, vinculada a la televisión, surgida el 2 de octubre del 2000, se ha convertido en la más masiva y variada Universidad del país. A través de ella se han impartido 43 cursos con mil 721 horas de contenido. En este momento se transmiten seis cursos. Han participado en los cursos impartidos y en marcha 775 profesores, de los cuales 265 son Doctores en Ciencias y 134 son Másters.

Los programas desarrollados para convertir las prisiones en escuelas han tenido notable impacto en las familias, contribuyendo a fortalecer la vinculación entre la familia y los jóvenes sancionados.

Los estudios a personas discapacitadas han posibilitado resolver situaciones críticas de atención a estos ciudadanos y sus familias. Han permitido alertar a éstas sobre riesgos de enfermedades hereditarias, y han posibilitado que 6 mil 52 madres hayan podido dedicarse totalmente a la atención de sus hijos con graves discapacidades, recibiendo para ello un salario.

Fueron estudiadas 366 mil 864 personas con discapacidades físico-motoras, sensoriales, orgánicas y otras, incluido el retraso mental. Participaron en el estudio nacional más de 30 mil profesionales de las ciencias y personal de dirección y apoyo.

El 5 de agosto del 2003 se inauguró el nuevo Centro Nacional de Genética Médica.

Como resultado de este colosal esfuerzo por lograr el más alto nivel de justicia para nuestro pueblo y propiciar la más plena igualdad de oportunidades para todos se han creado en estos cinco años, fruto de los Programas de la Revolución, más de 380 mil empleos, que benefician mayoritariamente a los jóvenes.

Según información recibida del Ministerio de Trabajo, se ha reducido ya el desempleo, a fines del presente año, a menos del 2%, algo absolutamente imposible en ningún país capitalista industrializado.

Se han formado 44 mil 979 nuevos maestros y profesores en apenas tres años, lo que equivale a once graduaciones de los cursos regulares diurnos de los Pedagógicos entre 1988 y 2000.

Contamos, como ya se dijo, con 21 mil 485 trabajadores sociales. En el año 2000, cuando comenzó la Batalla de Ideas, la Seguridad Social tenía sólo 795 trabajadores sociales en todo el país.

Se han concluido hasta el 20 de noviembre labores de construcción, reconstrucción o ampliación en 5 mil 810 obras; de ellas, mil 732 de la educación, mil 537 de la salud, 32 importantes instituciones de la cultura, entre las cuales está la reconstrucción capital y la ampliación del Instituto Superior de Arte, y 2 mil 508 de otros programas de la Revolución.

Han recibido reparación capital 913 escuelas. Se han construido 32 nuevas. La nación cuenta hoy con 5 mil 270 nuevas aulas para la educación.

Se han producido más de 25 millones de casetes en apenas año y medio de labor y se edifica una nueva fábrica productora.

Los acuerdos que acabamos de suscribir con China garantizan la adquisición de 100 mil computadoras por año, que serán dedicadas fundamentalmente a la docencia de niños, jóvenes y adultos y a la superación de la creciente masa de técnicos y profesionales de nivel superior en nuestro país.

También llegará el día de su uso masivo para dialogar con el mundo. Ningún pueblo tiene más cosas que informar ni preparación para hacerlo mejor, tomando en consideración su cultura política y el creciente esfuerzo por el dominio del Inglés y otros idiomas.

El primer millón de televisores comprados a la República Popular China ha posibilitado que 827 mil 322 núcleos familiares del país tengan un televisor a color de 21 pulgadas y excelente calidad, que consume 120 watts menos que el televisor soviético en blanco y negro. Esto tiene un profundo y masivo impacto en el nivel de información y cultura de nuestro pueblo y sus posibilidades de recreación. El resto de los televisores se ha dedicado a los programas de educación, salud y otros de carácter social del país; ochenta mil de ellos se emplearon en la cooperación internacional; se están recibiendo también de China 300 mil adicionales de 21 pulgadas. Varias decenas de miles de 29 pulgadas, que están siendo ya usados en la docencia, son de otras procedencias.

El sistema educacional dispone en las aulas de 109 mil 117 televisores y 40 mil 858 videos, convertidos en excelentes medios de enseñanza.

Han surgido dos nuevos canales educativos que, junto a Cubavisión y Tele Rebelde, transmiten 394 horas semanales de programación educativa, que representan el 62,7% del total de las transmisiones de la Televisión Nacional. De ellas, 247 son destinadas a los planes de estudios.

Si cuando realizábamos el anterior Congreso de la Juventud discutíamos con preocupación la baja producción de libros y publicaciones para nuestros niños y jóvenes, hoy podemos decir que se han producido en estos cinco años 457 millones 840 mil 862 ejemplares de libros, tabloides, folletos y otras producciones poligráficas para los distintos programas y misiones.

De ellos:

41 millones 25 mil 778 libros, tabloides y folletos para los programas de formación educacional.

15 millones 979 mil 198 libros para las Ferias del Libro.

35 millones 371 mil 157 tabloides de las Mesas Redondas y Tribunas Abiertas.

15 millones 905 mil 758 tabloides de Universidad para Todos.

En el año 1999 existían solo ocho escuelas de artes plásticas en el país. Hoy se ha extendido esta enseñanza a todas las provincias existiendo escuelas de ese tipo en 17 ciudades.

La matrícula de la nueva Escuela Nacional de Ballet con capacidad para 300 alumnos se amplió a estudiantes de todas las provincias.

Hoy 4 mil 21 niños de todos los municipios de la capital acuden dos veces a la semana a los talleres vocacionales que se desarrollan en la Escuela Nacional de Ballet. Otras escuelas de danza realizan actividades similares.

Seis mil 789 bibliotecas públicas y escolares recibieron colecciones de enciclopedias, diccionarios, atlas y otros libros con los que renovaron su fondo bibliográfico.

Dos millones 365 mil 234 niños y jóvenes han recibido un libro de estímulo en su acto de graduación.

Unos 10 millones 900 mil compatriotas han participado en las 161 Tribunas Abiertas realizadas.

Once millones 800 mil participantes han sumado las 18 Marchas efectuadas.

Mil treinta Mesas Redondas se han realizado hasta hoy. Éstas se han convertido en una universidad política, con información actualizada y oportuna y análisis profundos y veraces sobre las groseras mentiras y pérfidas agresiones del imperio contra nuestro pueblo, y sobre importantes temas de política internacional, economía, cultura, ciencias, deportes y otros tópicos de interés.

TENEMOS QUE SENTIRNOS ORGULLOSOS DE NUESTRA JUVENTUD

Por ser la Batalla de Ideas como dijimos una vez "la batalla del humanismo contra la deshumanización, la batalla de la hermandad y la fraternidad contra el más grosero egoísmo; la batalla de la justicia contra la más brutal injusticia; la batalla por nuestro pueblo y la batalla por otros pueblos," tenemos en estos momentos 23 mil 413 profesionales y técnicos de la salud cumpliendo humanas y solidarias misiones en 66 países. Un elevado número de ellos desempeñan su actividad en los barrios más pobres de la gran Patria de Simón Bolívar, actualmente en pleno proceso de cambios revolucionarios, bajo la conducción de un nuevo y extraordinario líder político, bolivariano y martiano, amigo entrañable de Cuba: Hugo Chávez Frías (Aplausos).

El impacto de la Batalla de Ideas, sus principios, sus conceptos de trabajo, no solo se han revertido en la transformación de la educación y la vida de nuestro pueblo, sino también en el fortalecimiento y el prestigio de la Unión de Jóvenes Comunistas, que arriba a este Congreso con la mayor cantidad de militantes de la UJC de la última década:

557 mil 298, lo que representa 104 mil 692 militantes más que los que tenían en el VII Congreso.

Hoy la organización juvenil cuenta con 49 mil 54 organizaciones de base, 8 mil 756 más que en 1998.

Si en el último Congreso del Partido le señalamos críticamente a la Juventud sus debilidades en el aporte de militantes a nuestra organización de vanguardia, hoy vemos con satisfacción que la atención que le han brindado a este vital asunto y el propio fortalecimiento de la organización permiten que la UJC le esté aportando al Partido 63 de cada 100 militantes que cumplen 30 años, y que en total, incluyendo aquellos jóvenes militantes menores de esa edad que han sido procesados de manera especial, la UJC haya fortalecido al Partido con 133 mil 283 nuevos militantes como respuesta concreta a aquellas justas críticas recibidas.

El sustento principal de estos resultados han sido los cuadros juveniles, para quienes la batalla ha exigido multiplicar su capacidad de acción y su preparación, y les ha obligado a transformar cualitativamente sus métodos de trabajo para mantener la atención a la vida interna y al accionar diario de la UJC, y a su vez responder a las nuevas tareas emanadas de los programas de la Revolución.

La experiencia, estabilidad y resultados de trabajo han permitido que la organización aporte más cuadros al Partido. En los dos últimos años 215 cuadros de la UJC han pasado al trabajo profesional del mismo.

Lo logrado hasta aquí es fruto del esfuerzo heroico de nuestro pueblo y de su magnífica juventud. Mucho aún nos queda por hacer. Ustedes saben dónde existen viejas y nuevas dificultades.

Hay que mantener a los profesores que hoy están en nuestras aulas, e incrementar su reserva, cuidar celosamente los recursos humanos jóvenes que hemos formado en estos años, enfatizando en su profesionalidad y superación; continuar analizando las necesarias transformaciones a que debe ser sometida la enseñanza técnica profesional y el preuniversitario; perfeccionar el proceso de universalización de la educación superior, y lograr que todas las universidades del país transiten a partir de esta idea hacia esa excelencia académica y revolucionaria que el país demanda de sus estudiantes y profesores universitarios.

Debemos intensificar y profundizar el trabajo político con todo el personal de la salud para que la calidad de los servicios a la población se corresponda con el esfuerzo inversionista que desde el punto de vista constructivo y tecnológico se desarrolla en el sector, y con el prestigio que ha alcanzado la medicina cubana con la presencia solidaria de nuestros profesionales y técnicos en diversas partes del mundo.

Urge proseguir la tarea de propiciar una recreación sana, culta y útil para nuestros jóvenes, en la que utilicemos todas las posibilidades abiertas y los recursos con que hoy contamos gracias a los programas de la Revolución.

Deberemos continuar nuestro más decidido combate contra los casos de corrupción, las indisciplinas sociales y cualquier indicio de consumo de drogas.

Se requiere la mayor integración entre todas las instituciones implicadas en el trabajo de difusión masiva, las que pueden y deben estar enteramente al servicio de los conocimientos, la cultura, la recreación y la defensa de los valores e intereses más sagrados de nuestro pueblo.

Hay mucho que reparar, edificar y mejorar todavía en todas nuestras instituciones sociales. Se ha demostrado que es posible.

Como ya señalé una vez "quizás lo más útil de nuestros modestos esfuerzos en la lucha por un mundo mejor será demostrar cuánto se puede hacer con tan poco, si todos los recursos humanos y materiales de la sociedad se ponen al servicio del pueblo."

Los gastos en divisas de la Batalla de Ideas, incluidos las construcciones, los materiales de todo tipo, miles de equipos médicos, estomatológicos y ópticos de alta calidad y estandarizados, computadoras, videos, incluyendo los pagos realizados por el crédito para televisores que se destinaron a la población y a las instituciones, y otros pagos similares, son inferiores al 2% del gasto total en divisas del país en los 5 años transcurridos.

A esto hay que añadir, a modo de ejemplo de racionalidad, que el costo del millón de televisores procedentes de China se compensa prácticamente con el ahorro en electricidad que se logra durante los 8 años de amortización del crédito recibido.

Cuando hacemos un recuento de lo que han sido estos años heroicos, de intenso trabajo y no pocos desafíos, tenemos que sentirnos orgullosos de nuestra juventud, de sus valores, de su estirpe, de su temple.

De ella surgen hombres como Juan Miguel, quien tan ejemplarmente ha cumplido sus deberes de padre y de patriota .

De nuestra juventud salieron nuestros Cinco Héroes prisioneros del imperio, que, víctimas de la venganza y el odio, sufren injusta y cruel prisión en las cárceles norteamericanas sin que su honor, su entereza y su lealtad a la Revolución y a nuestro pueblo hayan podido ser quebrados.

Ellos son símbolos e inspiración para los que harán cambiar el mundo. No descansaremos un segundo hasta que se haga justicia y sean devueltos a nuestra Patria. ¡Tarde o temprano, con el apoyo de los demás pueblos del mundo, ganaremos también esa batalla!.

Los datos contenidos en estas palabras con que respondo a la invitación de ustedes pueden producir asombro a muchos, algunos ni siquiera los creerán, otros los ignorarán olímpicamente.

El imperio se enfurece y proclama con pasmoso cinismo que hay que liberar a Cuba, traer la democracia a este pueblo esclavizado y enseñarlo además a leer y a escribir, según proclaman en su programa de transición hacia el capitalismo. Las masas, en parte todavía engañadas por el diluvio de mentiras y calumnias que emanan de los poderosos medios de divulgación imperialistas, nos creerán cada vez más a medida que vayan despertando a las realidades que les esperan y comprendan que la diferencia entre nuestro sistema y el que propugna el imperio es abismal.

El capitalismo ha perdido toda esencia humanista, vive del derroche y para el derroche, de esa enfermedad congénita e incurable no puede escapar. Baste decir que en Haití, el pueblo más pobre del hemisferio, Cuba tiene 450 médicos; los países industrializados no pueden enviar 50, poseen capital financiero, pero carecen de capital humano.

Ni agresiones, ni bloqueos, ni acciones terroristas, ni desintegración del campo socialista, ni dominio unipolar del mundo, ni la toma del poder en Estados Unidos por la extrema derecha que advertimos en 1998 como algo posible y hasta probable, ni las amenazas de exterminio, pudieron quebrantar el espíritu de lucha de nuestro pueblo heroico.

Hemos conocido la independencia real y la verdadera libertad. ¡Jamás nos resignaremos a vivir sin ella! ¡Y estamos dispuestos a pagar el precio necesario de que habló Martí!.

Seguiremos creando y luchando. Ya nadie tendrá jamás fuerzas para volver a encerrar en la botella el genio de un pueblo que escapó para siempre del saqueo, la humillación y el oprobio (Aplausos).

Como dijo Camilo Cienfuegos, aquel extraordinario combatiente que aparece junto a Mella y el Che en el emblema de la Juventud Comunista de Cuba y que al morir tenía sólo 27 años, en su último discurso el 26 de octubre de 1959: "De rodillas nos pondremos una vez y una vez inclinaremos nuestra frente, y será el día que lleguemos a la tierra que guarda 20 mil cubanos para decirles: '¡Hermanos, la Revolución está hecha, vuestra sangre no cayó en vano!'"

“Desdolarización” de Cuba: más vale tarde que nunca, dice Shangó

Manuel David Orrio
Colectivo Cádiz Rebelde


A mi maestro Néstor Baguer (Agente Octavio), in memoriam.

La Habana, noviembre 27 (especial para Cádiz Rebelde).- El pronto arribo de las fiestas navideñas y de Año Nuevo comienza a mostrar sus primeros y ya tradicionales síntomas, tanto en Cuba como en La Habana. De la noche a la mañana los establecimientos comerciales que venden en divisas iniciaron su oferta de manzanas a 40 centavos de dólar la unidad, léase ahora peso convertible cubano.

Poco a poco los mercados habaneros ven aumentar sus flujos de ventas, clientes o mirones. A través de las ventanas abiertas se descubre la temprana presencia de muchos arbolitos de Navidad, mientras los devotos de Shangó compran con antelación suficiente los tres componentes de un rito que tendrá lugar en muchos hogares cubanos, en la noche del 3 al 4 de diciembre: la vela roja, el vino tinto y la manzana bien escarlata.

Shangó, dios de la guerra en el culto de Ifá, representado en las imágenes católicas del sincretismo cubano por Santa Bárbara, la diosa de los artilleros, quizás haya sido deidad protectora de una gigantesca operación financiera realizada por el Gobierno de Cuba entre el 27 de octubre y el 14 de noviembre, cuyo propósito fue ganar a la Administración Bush la última de tantas batallas habidas y aún por venir. En poco más de 15 días la Isla eliminó el curso forzoso del dólar en un conjunto de transacciones, y sustituyó a esa moneda por el peso convertible cubano, burocráticamente llamado CUC y popularmente “chavo”, o “chavito”, equivalente 1 x 1 al billete del Tío Sam. De este modo, la nación caribeña respondió a las recientes acciones de la Casa Blanca, en dirección de obstaculizar o impedir un correcto manejo de sus divisas, tanto en sus movimientos nacionales como internacionales.

De acuerdo con diversas fuentes de prensa, la operación, preparada en el secreto que saben guardar los cubanos y bajo la dirección personal de Fidel Castro, significó echar adelante un proceso donde se realizaron casi 2 millones 600 mil transacciones de canje, se atendieron unas 18 mil llamadas telefónicas --de las cuales el 40 % aportó sugerencias que ayudaron al éxito-- y se transportaron unas 203 toneladas de billetes y monedas fraccionarias, en tanto inversionistas extranjeros manifestaron su interés por operar con la moneda cubana convertible, al simplificar ésta sus transacciones al interior de la patria de José Martí. Por su parte, fuentes diplomáticas de España, citadas por el diario miamense El Nuevo Herald, expresaron que la decisión de prohibir la circulación del dólar estadounidense no repercutirá en el funcionamiento de las empresas españolas en la Isla ni en la balanza comercial bilateral.

Guste a quien guste, pese a quien pese, el hecho cierto: el pueblo de Cuba expresó un apoyo muy mayoritario a las medidas oficiales y acudió en masa a los centros de canje para vender sus dólares o abrir cuentas bancarias en divisas, más allá de que economistas británicos hayan hecho vaticinios casi apocalípticos, entre los cuales vale citar el de Richard Lapper, editor para América Latina del Financial Times, quien afirmó a la BBC de Londres que “ En principio esta medida va a complicar la vida para la población cubana que padece una grave crisis de energía, de agua. Un resultado es que la población acudirá a la economía negra o informal en vez de cambiar sus dólares en las tiendas oficiales. Esa práctica ha existido antes y ha sido muy reprimida, pero la economía informal en Cuba es gigantesca.”

Sin dudas, y por razones que leyes norteamericanas como la muy condenada internacionalmente Helms-Burton explican muy claramente, la cifra de cuántos dólares recaudó Cuba en los últimos días es un secreto de Estado. No obstante, si se parte de estimaciones muy conservadoras de la Comisión Económica para América Latina correspondientes a 1999, y se toma en cuenta el elevado número de operaciones de canje, no es locura especular que el Banco Central isleño ingresó a sus arcas un monto que podría estar en el orden de los mil 500 millones de dólares, antes atesorados por la población y ahora en función de lo que deben estar: al servicio del país a la mayor brevedad posible…. sin menoscabo de los derechos ciudadanos. La eliminación del curso del dólar no significa la penalización de su tenencia, ni prohíbe al nacional, residente o turista poseer y operar cuentas bancarias o tarjetas de crédito y débito en dicha moneda, ni nada parecido, a excepción de un gravamen del 10 % a las transacciones en efectivo, bien explicada su razón: enfrentar los costos y riesgos que para una Cuba sujeta a las sanciones económicas unilaterales de los Estados Unidos significa el operar en dólares.

Shangó no blande su hacha de combate por amor al arte. Si por un lado la Isla halló rápidamente recursos defensivos ante las nuevas agresiones de la Administración Bush, por el otro encontró, como beneficio no tan marginal, la eliminación o disminución al mínimo de un fenómeno muy negativo para la economía cubana, dado por un atesoramiento masivo de pequeñas cantidades de dólares que, como bien escribió Carlos Marx, es ante todo una manifestación de irracionalidad.

Si a lo anterior se suma la promesa estatal de dedicar las recaudaciones logradas a garantizar íntegramente la convertibilidad de la divisa cubana, es claro para cualquier medianamente informado en Economía que se está actuando con una visión trascendente a la mera defensa del país ante las acciones estadounidenses. “Ni un solo centavo de los dólares recaudados…. en respuesta a la agresión de Estados Unidos, será gastado por nuestro país en sus transacciones comerciales; ese dinero, que constituye un monto importante, tiene el objetivo de garantizar el valor del peso cubano convertible”, aseguró Fidel Castro.

Dicho el pro, venga el contra, en opinión de este periodista

Que Cuba responda de manera tan sabia a las agresiones financieras de la Administración Bush, está muy bien. Pero también está muy mal que haya habido de esperarse a dichos ataques para llevar adelante un conjunto de medidas de política monetaria cuya racionalidad ningún conocedor discute, siempre y cuando se atenga a la ciencia y no a las manipulaciones políticas interesadas. Más si se fue capaz de realizar operación de semejante envergadura en apenas dos meses, contados desde el 15 de septiembre, cuando, de acuerdo con el vicepresidente del Banco Central de Cuba, Jorge Barrera, Fidel Castro dio un disparo de arrancada que hasta el 7 de octubre sólo fue “autorizado a escucharse” por siete funcionarios de absoluta confianza.

Escribió José Martí que la prensa no es “aprobación bondadosa o ira insultante; es examen, estudio, proposición, consejo”. Por lo menos desde el año 2000 existen datos públicos avaladores de la necesidad y utilidad de sustituir la circulación del dólar por el peso convertible cubano, tal como se acaba de hacer en el 2004, así como de la existencia de mínimos suficientes cuando no óptimos para llevarla adelante con la eficacia demostrada entre el 15 de septiembre y el 14 de noviembre.

Prueba al canto: el Presidente del Banco Central de Cuba, Francisco Soberón, declaró al diario Juventud Rebelde el 12 de noviembre del 2000 que ése “es un año de gran significación para el sistema bancario cubano. Celebramos el aniversario 50 del establecimiento de la Banca Central y el 40 de la nacionalización de los bancos. En esta ocasión, podemos expresar con júbilo que el país ya está dotado de las instituciones financieras y bancarias que se requieren para este período. Se ha acortado sensiblemente la distancia que nos separaba de los mejores sistemas bancarios en lo que se refiere a eficiencia. La automatización es total y para fines de año casi todo el sistema estará interconectado electrónicamente… Hoy, operamos bajo una superestructura moderna y clara. Tenemos normas de supervisión rigurosas y una Superintendencia Bancaria altamente exigente, que nos garantiza pulcritud y solidez. Hay disciplina.”

Soberón, al referirse al tema de la doble circulación de moneda (dólar-peso), expresó que “La doble circulación monetaria fue algo inevitable, con ventajas y desventajas. Ahora, con la economía en recuperación sostenida y creciente, y al ampliarse las relaciones interempresariales, se hace más compleja su existencia. Pero esto no se puede modificar con una simple decisión. Es necesario un conjunto de acciones y medidas donde juega un rol predominante el que la economía continúe desarrollándose y creciendo. Aspiramos a que el peso cubano sea la única moneda que circule en el país. De ahí que el trabajo del BCC en general y la política monetaria en particular, estén orientados a su fortalecimiento como uno de los caminos hacia una futura desaparición de la doble circulación. Fijar una fecha no es posible, pues son múltiples los factores que inciden.”

Por su parte, la colega María Julia Mayoral asistió a una conferencia de prensa ofrecida por Soberón, cuyo reporte fue publicado por el diario Granma el 4 de abril del 2001, bajo el título Reservas cubanas libres de la especulación. De acuerdo con éste, el titular del Banco Central expresó que el sistema financiero de Cuba opera en condiciones particulares por la feroz guerra económica de los Estados Unidos, dirigida también a interferir toda gestión de la Isla en el exterior, incluyendo un ridículo sistema mediante el cual son capaces de confiscar hasta un pago de 5 dólares hecho por cualquier ciudadano del mundo a la nación caribeña. Tenemos evidencias--dijo, según Mayoral--de sus contactos para intimidar a bancos extranjeros que operan con nosotros y de presiones a gobiernos con el mismo fin.

Todo lo aquí apuntado por este periodista indica al menos que Cuba estaba en condiciones de dar el estratégico paso de sustituir al dólar por el peso convertible desde mucho antes del momento en que finalmente se hizo, así como de LA NECESIDAD DE HACERLO PRECISAMENTE A CAUSA DE LA POLITICA DE LOS ESTADOS UNIDOS HACIA LA ISLA, tal y como finalmente ocurrió. Por ello, de suyo se desprende una interrogante: ¿Por qué hubo de esperarse a la agresión concreta y no se actuó preventivamente y como resultado de un análisis, donde la evidente conveniencia económica de recuperar lo más rápidamente posible la soberanía monetaria fuera el argumento fundamental?

Duro es decirlo, pero hay que decirlo, si uno se atreve a llamarse periodista revolucionario. Si en materia económica se va a actuar no en la dirección de una estrategia públicamente discutida y nacionalmente consensuada, sino en la de reaccionar ante las agresiones de la Casa Blanca, ¿quién dirige en realidad la economía cubana, Washington o La Habana? Nadie piense en esta pregunta como surgida de un cerebro “ideológicamente reblandecido”. Me la hizo un militante del Partido Comunista, teniente coronel retirado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y combatiente de la Sierra Maestra, Girón y Angola. Un hombre de pueblo, que cultiva plátanos para garantizar parte de la dieta ofrecida por la Revolución en las escuelas del país. Gratuitamente, dicho sea de paso.

“Más vale tarde que nunca”, dice el refrán. Pero la experiencia obtenida en las jornadas conducentes a la “desdolarización” de Cuba, invita a la reflexión sugerida por las interrogantes aquí formuladas, más allá del placer de ocasión que conlleve cantar, al estilo de la reina del punto cubano, Celina González, ¡Qué viva Shangó!

Nota Bene:

el inveterado humor cubano ya reaccionó ante la "desdolarización " de Cuba con este chiste:

" ¿Qué le dijo al dólar el peso convertible? ¡Quítate tú, pa'ponerme yo!".

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Disidentes liberados: ¿Quién presiona a quien?

Germán Piniella
Progreso Semanal


Con la concesión de “licencia extrapenal” –una especie de libertad condicional– a cinco opositores que cumplían condena de prisión, el gobierno cubano sorprendió a la opinión pública internacional, a gobiernos extranjeros y a los propios detenidos. Previamente, junto a otros 15 presos que fueron trasladados a La Habana desde cárceles del interior del país, habían recibido exámenes médicos en el Hospital Militar Carlos J. Finlay.

Todos ellos forman parte del grupo de 75 disidentes detenidos en marzo de 2003 y juzgados por colaborar con el gobierno de EEUU en los intentos norteamericanos por derrocar al gobierno revolucionario de Fidel Castro. Con la liberación de esos cinco detenidos, suman ya 12 los que el gobierno cubano ha puesto en libertad en los últimos meses, pero fuentes de la disidencia interna, así como familiares de los presos, presumen que otros serían excarcelados próximamente.

La noticia ha despertado comentarios diversos, desde considerar el hecho como un gesto de buena voluntad de Cuba hacia la Unión Europea, hasta asegurar que el Presidente Fidel Castro ha cedido a las presiones de gobiernos extranjeros, organizaciones internacionales e instituciones gremiales.

Observadores del panorama político cubano comentan que la liberación de Raúl Rivero, el más promovido de los 75 disidentes en el exterior, fue decidida por el gobierno cubano a partir de la petición del presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, y discutida por las delegaciones de Cuba y España en la reciente Cumbre Iberoamericana celebrada en Costa Rica a mediados del mes de noviembre. Los mismos observadores aseguran que para no centrar la atención en Rivero, Cuba lo incluyó en el grupo de encarcelados que serían dejados en libertad por problemas de salud, la misma razón por las que liberó anteriormente a otros siete.

Sin embargo, a pesar de que el propio Rivero expresó en una entrevista su agradecimiento a España por sus gestiones, autoridades norteamericanas atribuyeron la liberación de los disidentes cubanos a la presión internacional y negaron que hubiera sido consecuencia de las diligencias del gobierno español.

Según Europa Press, el vocero del Departamento de Estado, Richard Boucher, declaró que no podía considerar “esta decisión cubana como el resultado de alguna nación en concreto, una reunión cercana o algo por el estilo”.

Pero más que hacer una valoración equivocada, con estas palabras Estados Unidos trata de restar protagonismo a España, que una vez más se distancia de la política norteamericana. El enfoque de Washington pone en evidencia su temor de un ablandamiento de las posiciones de la UE hacia Cuba, situación que se viene anunciando desde hace un par de meses.

El pasado 12 de octubre, fecha de la llegada de Cristóbal Colón a América y que España celebra como Día de la Hispanidad, el embajador español en La Habana, Carlos López Zaldívar, dio el primer indicio de la intención de cambio de su gobierno. Ante los invitados a la recepción, entre los que se encontraban numerosos opositores al gobierno cubano, anunció que su país estaba reconsiderando la política hacia Cuba. Varios de los disidentes invitados se marcharon en señal de protesta por las palabras del embajador.

Pero habría pasos adicionales, ya que la actual política es una conducta común de la UE, por lo que España ha llevado la discusión de un cambio de actitud al seno de la Unión.

En 2003, un tribunal cubano juzgó y condenó a prisión a 75 disidentes. Paralelamente, fueron ejecutados tres secuestradores de una embarcación que tomaron como rehenes y amenazaron de muerte a decenas de pasajeros. Ese mismo año, a instancias del entonces presidente del gobierno español, José María Aznar, los países de la UE, como reacción a las medidas judiciales cubanas, acordaron un paquete de medidas aún vigentes –congelamiento del diálogo político, reducción de visitas de altos funcionarios europeos a la isla, suspensión de la ayuda a proyectos culturales y sociales. Al mismo tiempo, decidían invitar a opositores a recepciones y actos en sus sedes diplomáticas en La Habana. El gobierno de Aznar daba otro paso en su “relación carnal” con EEUU al liderar una versión europea de la política norteamericana hacia Cuba.

Con esa posición la UE no sólo desconocía las razones de La Habana para defenderse de lo que considera las agresiones de una potencia extranjera, apoyadas en ciudadanos cubanos que los tribunales de Cuba juzgaron y condenaron por colaborar con la política ilegal de EEUU, sino que de hecho se sumaba al bloqueo político y económico que Estados Unidos ejerce contra la isla desde hace 45 años.

Fuentes cubanas consideran que aunque las medidas políticas de la UE son inamistosas no hubieran sido suficientes para una reacción como la que tuvo La Habana. Pero recibir en sus sedes diplomáticas y anunciar un apoyo político a quienes Cuba califica de confabulados con un gobierno extranjero, fue percibido no sólo como acto inamistoso, sino como injerencia en los asuntos internos de la isla. No es de extrañar que el gobierno cubano tomara represalias.

En respuesta, La Habana decidió no solo que sus funcionarios de cualquier nivel no asistieran a las celebraciones diplomáticas de la UE, sino que cerró el grifo a todo tipo de contacto con los diplomáticos y las sedes europeos.

Ahora el nuevo gobierno de España, que dio un paso de política independiente al retirar sus tropas de Irak y anunciar su vocación europea y de puente hacia Latinoamérica, reafirma su plataforma con la nueva actitud hacia Cuba. Lo que expresaba el embajador López en La Habana era que dicha política de la UE impedía los objetivos de liberalización y las flexibilidades que tanto España como la UE pretenden de la parte cubana. Esta posición tiene un fuerte asidero en la realidad

Según un diplomático europeo, la respuesta cubana hizo que “el más simple contratiempo o problema que confrontemos, de cualquier índole, debemos resolverlo sin la asistencia de la cancillería”. Y agregaba que como “las funciones propias nuestras son las relaciones y los contactos…el gobierno (cubano) nos dejó frente a un espejo en el que solo cabemos nosotros y nuestros iguales”.

Para romper ese espejo, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero decidió replantear a nivel de la UE el enfoque sobre Cuba, heredado del gobierno de Aznar, que ideologizó las relaciones. Aznar, mediante presión, exigía que “Castro mueva ficha”. Ahora La Habana las mueve, libera prisioneros y sin presión –al igual que los anteriores. Solo ha bastado que España, sin negar los objetivos propuestos con relación a Cuba y que han sido reiterados por Zapatero, anunciara un replanteo que ha llevado al seno de la UE, donde ha encontrado una coincidencia esencial: la política vigente ha sido ineficaz y contraproducente.

Como respuesta a esa decisión, el gobierno cubano restableció la pasada semana plenos contactos con la sede española y ha iniciado la liberación de prisioneros, sin que aún haya habido modificación de la política común europea. ¿A quién le toca el próximo paso?

Germán Piniella es un escritor cubano y Editor Asistente de Progreso Semanal.

germán@progresoweekly.com

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